1474–1483
Farid caminaba sobre el polvo caliente de Castilla. No tenía sombra, sólo memoria. En Tláyacac, un niño llamado Cuauhtlatóhuac hablaba con el maíz. Le contaba sus sueños. Le pedía permiso. El maíz lo escuchaba. Aquel niño sería llamado Juan Diego. Pero aún no. Aún era sólo barro animado por la plegaria de sus abuelos.
En ese mismo año, en Castilla, moría Enrique IV. Isabel ascendía. No como reina, sino como vértice. Como promesa. La Beltraneja lloraba en su cuna sin saber que el trono no se hereda: se disputa. Y la historia, cuando sangra, es la única que gana.
Poliziano recitaba hexámetros con labios aún adolescentes. Lorenzo de Medici lo miraba y ya veía en él el futuro del latín. Mientras tanto, en Quíos, Colón escuchaba las olas. No con los oídos. Con la piel. Pensaba en Cipango, pero aún no lo nombraba. Cada ola le susurraba un mapa.
Beccadelli moría con sus epístolas abiertas. Pedrarías Dávila afinaba su espada. Farid lo conocía. Sabía que cada letra que Beccadelli dejó sin terminar sería corregida por una lanza en Darién.
En 1476, Manrique escribía sobre su padre. No para honrarlo. Para salvarse. Isabel consolidaba su poder. Las cortes de Madrigal dictaban la Santa Hermandad. Castilla y Aragón ya eran algo más que corona. Eran proyecto. Eran obsesión. Guinea ardía bajo las velas portuguesas. El oro, los esclavos, el alma. Todo era una sola palabra. Comercio.
Leonardo era acusado de sodomía. Pintaba “La Virgen del Clavel” mientras el mundo lo observaba con sospecha. Farid lo visitaba en sueños. Le decía: “No temas, el mundo aún no sabe quién eres.”
En Roma, Sixto IV consagraba la Inmaculada. No como dogma. Como necesidad. La Virgen debía ser limpia. Porque sólo lo limpio puede justificar el imperio.
En 1479, Colón se casaba en Lisboa. No por amor. Por acceso. Por cartas náuticas. Por una línea que aún no existía, pero ya se dibujaba en su mente como una costra de sal. Jorge Manrique moría. Dejaba las “Coplas” flotando sobre los siglos. El tiempo ya no sería el mismo. Ya no sería solo reloj. Sería elegía.
En 1481, Leonardo pintaba mientras otros decoraban la Sixtina. No fue elegido. Fue apartado. Pero Farid lo sabía: lo rechazado a veces brilla más que lo canonizado.
En 1482, Savonarola llegaba a Florencia. La ruina del mundo ya tenía predicador. Las guerras en Granada hervían. Motolinía nacía. No con nombre. Con vocación. La vocación de quien entrega el alma sin saber si la recibirá de vuelta.
En 1483, nacían Lutero y Rafael. Uno dividiría al mundo. El otro lo embellecería. Ambos eran extremos de una misma cruz. Giovanni de Aragón tomaba Santa Sabina. En el Aventino, el cuerpo de San Alejo se movía. No lo veían. Pero Farid lo escuchaba respirar.
En la Capilla Sixtina, la primera misa. Sixto IV la consagraba. A la Virgen. A la eternidad. A la política. Colón era rechazado por el rey de Portugal. Pedía demasiado. Como siempre hacen los que ven más allá.
Y el ícono, en San Miguel de Allende, temblaba.
Porque sabía que todo lo escrito en latín, náhuatl o lágrimas volvería a reunirse. Porque sabía que Farid aún caminaba. Porque sabía que Isaac ya lo recordaba. Porque sabía que la historia aún no terminaba. Porque sabía que la resurrección es eso: recordar sin ser devorado.