Hace más de quinientos años, el puerto de Famagusta era un próspero mercado de esclavos. Los venecianos comerciaban aquí, en Chipre, con hombres como Farid: muchachos hermosos que, en realidad, aparentaban ser mucho más jóvenes. Tanto ellos como ellas podían servir para muchas cosas, incluida la prostitución.
En 2026, cuando Farid fue cuestionado por el agente chipriota, se sintió angustiado. Tuvo la impresión de que los griegos podían darse cuenta de que era, tal vez, un espía. Más cuando dijo que iba a Famagusta.
—Famagusta no existe —dijo el agente aduanal.
Sin embargo, su pasaporte del Vaticano y el hecho de que indicaba que había nacido en Chipre parecieron disipar las dudas del oficial.
—¿Cuál es su motivo para visitar Chipre? —preguntó el agente, deteniendo un último instante el pasaporte antes de sellarlo.
Temeroso, Farid mintió:
—Soy turista.
Lo dijo en griego. Ya con el pasaporte sellado, cruzó la frontera sin más contratiempos.
Farid había viajado a Chipre para recordar su infancia, el encuentro con Jorge. Quedaban huellas de un pasado que deseaba recuperar: volver a Famagusta, donde hace quinientos años había sido vendido junto con el alquimista. Al salir a la calle, lo invadió una sensación de náusea. Llevaba consigo el manuscrito de La Virgen de la Tribulación. Todo lo otro que había escrito durante tantos siglos lo había quemado en su apartamento en el Vaticano el día anterior.
Viajó en taxi hacia el Hotel Centrum, inmerso en sus pensamientos. El paisaje chipriota, con ese olor peculiar a frijol dulce y los enérgicos gritos de la gente en las calles, le ofrecieron, por un instante, una sensación de paz y nostalgia. Chipre, con su peculiar esencia y la vitalidad de sus calles, despertó en él una memoria casi enterrada.
Cuando llegó al hotel, la herida en el sexo volvió a abrirse. Avergonzado, se adelantó al hombre que llevaba su maleta y se encerró en el baño. Se sumergió en la tina, sus manos recorrieron su piel con una mezcla de dolor y sensualidad. La sangre se detuvo, como si respondiera a un antiguo pacto con su cuerpo. Fue entonces cuando comenzaron a surgir los recuerdos, difusos al principio, de la primera vez que tuvo contacto con La Virgen de la Tribulación.