F0836 · Es el beso a Cristóbal. Cristóbal. Le avisarán que murió en el 2004.

Hace un par de días que espero a que vuelva mi hermano. Me acompaña el icono de mi padre y afuera El Ángel sobre Paseo de la Reforma.

Es el beso a Cristóbal. Cristóbal. Le avisarán que murió en el 2004.

Clímax

Cuatro historias de amor

El amor es un dolor, es un deseo irreal, irrepetible de abarcar al otro, de penetrarlo, estar en el otro hasta ser el otro, por eso es imposible. Quiero ser tú y abandonarlo todo, este cuerpo, estas miserias. Quiero tu nobleza, tu mansedumbre y misericordia. El amor es destructor, es el ángel exterminador, el que purifica y mata al viejo yo para mirar al otro, el que me saca de tí, me absorbe, me deja absorto. Anonadado en el estupor de la creación, de tú creación. En el tú en que se disuelve todo yo. 

Como Miguel quería de Carlos los ojos azules, como Basilio quería de Jorge la voz. Como Farid deseaba de Inés, mi abuela número 14 la placidez de las tardes en los jardines de la Casa de Dante, mirando comer piñones al monitoricé verde, mirando el atardecer y olisqueando naranjas, mirando cómo se mueve en su oreja el arete de perla. 

¿Cómo amar a Dios, cómo dolerse de desear ser en Dios hasta estar con Dios? Eso se preguntaba Alejo cuando decidió amarlo a Él porque todo amor es una cruz 

Desde el balcón del departamento de mi hermano Alejo, miro el Ángel de la Independencia. El sol, la luz del atardecer, es como una piedra que se disuelve sobre Paseo de la Reforma. Los autos encienden sus luces. Rojas y azules. El humo del cigarro me abre la garganta, el alcohol se me sube a la cabeza. Las memorias de mi padre son como el eco de la ambulancia que acaba de pasar. Una canción que se me ha quedado pegada. Es la voz del cáncer, del cascajo, lo que no consiguió derrumbarse del todo.

El 4 de abril del 2004 mi padre murió de un infarto. Todo lo que quería escribir, todo lo que pensó que debería sobrevivirun poco más dejó de tener importancia. Cuando volvimos del funeral, Alejo quiso encender la computadora y leer lo que mi padre había escrito.

—¿Cómo dices que se llama el documento? —le pregunté a mi madre. 

—Cascajo —respondí.

Alejo presionó el botón de encendido. No sucedió nada. 

—Está desconectada —explicó mi madre quien, ahora pienso, debe haberse sentido muy incómoda por lo que mi padre hubiese podido escribir.

Me hinqué para coger la clavija y, con cierto trabajo, la introdujo en el tomacorriente. Saltaron chispas. Se fue la luz.

—Se quemaron los discos duros —dijo el técnico.

—Debe haber algo que hacer, en alguna parte —comentó Alejo.

—Tendría que ser un servicio especial de recuperación. En México no existen, que yo sepa. Costaría mucho dinero solo para que les digan si es que hay algo allá adentro que puede salvarse o no. A pesar de sus intentos, la memoria de mi padre se volvió cascajo. La intención banal de hacer que la escritura le permitiese sobrevivir un poco más terminó repentinamente aquel 4 de abril. Su corazón se detuvo y todo lo que había deseado dejó de importar.

Después de que se salió de con los jesuitas, se dedicó al sexo, las drogas y el rock and Roll 

Me lo dije con sencillez, con una franqueza extraña e innecesaria. Había pasado mi periodo de promiscuidad en bares homosexuales y aunque no había conseguido el propósito de arrancarme la virginidad (era yo un puritano disfrazado de esteta) me suplía eso sí, de imágenes que me permitían, de noche, producirme el placer necesario para dormir. Todavía recuerdo a dos muchachos que se besan en la pista de un bar de intermitentes focos rosas. La mano del mayor bajaba por la espalda del menor y se metía dentro del pantalón. Aún lo recuerdo.

Debo haber tenido también miedo a la muerte. Cualquiera que haya visto morir a alguien de cáncer sabe lo fácil que es volverse hipocondriaco. Uno comienza a creer que cualquier cosa produce cáncer: el agua embotellada o el agua corriente. La mermelada o una pizca de sal. Fue el miedo a la muerte de mi padre lo que me condujo a ese trabajo, supongo. Lo importante, en todo caso, fue que en ese trabajo acepté en voz alta:

—Soy un pésimo escritor.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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