F0416 · Es 26 de enero de 1531. Un terremoto destruyó Lisboa.

***

Es 26 de enero de 1531. Un terremoto destruyó Lisboa. 

México. Tenochtitlan. 1531. Hay una pequeña iglesia de madera. La primera catedral de México Tenochtitlan. Atardece. 

Y frente al atrio, la laguna infestada de lirios apesta a espíritus que al fondo practican conjuros. Tatas del cóncavo y convexo. Beben pócimas y formulan planes. 

Farid, mulato de quince años, mira directamente en los ojos de Juan, guerrero náhuatl de veintitrés. Farid y el guerrero están cerca. Tanto que huelen sus respiraciones. Parecen a punto de besarse. Hablan y tensan las mandíbulas. Un sonido discreto y espumoso sale de sus bocas. Los dos tienen el torso desnudo. La luz de la tarde le da a sus pieles un tono sepia, de película antigua. Tienen perlas de sudor sobre los labios que se mueven al ritmo de sus conspiraciones: Van a salir pronto, los dioses, van a salir salpicando espuma, vomitando cadáveres. Van a llover flechas en la última batalla contra Europa. Orden en el imperio que hoy cagan vuestros caballos. Orden desde el fondo de los basamentos pintados de sangre en el Templo Mayor. 

Emergerán un día, renacidos con flechas que unirán a Cuatilicue y a sus hijos, Huitzilopochtli y los Centzonhuiznáuac, en una alianza que olvidará las diferencias (esas de antes, cuando el tiempo no era tiempo): Habrá una última batalla contra El Marqués y sus aliados. Orden, otra vez en el Altépetl, orden ahí donde ahora, caóticos, caminan los caballos de Cortés y cagan junto a los basamentos teñidos de rojo que quedan todavía en el Templo Mayor.

Van a llover bolitas de pluma blanca. Cuando el atado de plumas toque el agua del lago, va a explotar como granadas chinas. Cada pluma un guerrero. Adolescente desnudo, invencible: David frente al Goliat que mira al niño, tan hermoso, que se abisma. 

Farid, cantante árabe, mira a Juan, guerrero nahua. 

Todos los muertos del martes trece van a salir de la laguna: Cada pluma, un guerrero. 

Huele a humedad. 

Farid, el encantador de serpientes, cierra los ojos. Juan lo besa en la frente. Se oscurece el cobertizo de olores rancios. En otro lugar y otro tiempo, comienza la música. 

Aquí, se abre una puerta en el barrio indígena. Sigue la música. Farid viste sayal que pica la piel. Es áspero, de tela café y huele a polvo. Sale de casa de Juan. 

 Los pies de Farid pisan charcos de lodo. Ríos de lodo despintado le manchan las piernas. 

Farid echa a correr. Viene tarde para la misa. 

Lo sabe porque suenan las campanas, en la Catedral de México Tenochtitlan y en el templo de los Franciscanos allá donde a principios del siglo veinte San Francisco. está a punto de llegar tarde a misa.

La mierda de los caballos forma mojones  y hay templos semidestruidos con basamentos en forma de serpiente que todavía están pintados de azul rey y sangre. Es un mulato de quince años, pelo chino que habla español con acento de árabe. Está castrado. 

Cruza calles pavimentadas con piedra, atraviesa por entre peregrinos que cargan muertos, perros flacos, cargadores de frutas, vendedores de pulque, nalgas de caballos negros, crines, sudor de puercos, gallos que saltan y lanzan gritos. Gritos seseados en un español de sabor a serpiente. Una mujer que extiende su manto verde, grita. 

Farid pasa corriendo frente a ella. La vieja: un tomín por puño de chapulines. 

Alto en el camino. Farid mira la gran Tenochtitlan. La música limpia los colores del aire. Un último golpe del rojo se oculta tras la montaña y Tenochtitlan es paisaje de colores chillones. 

Deforme caballero sin pierna, niño de labio leporino, prostituta de cara picada por la viruela, muñones, quemaduras, costras, cicatrices.

Todos se paran y ven al sol que se oculta. Farid se alinea con ellos. Está sofocado. Poco a poco los pulmones se calman. Huele a madera quemada en el atardecer. 

 Sobre los templos hay fuegos que humean. Suben chispas en espiral. Sigue la música. La voz aguda del soprano se enreda en el humo que sube. fuga y fuego se enredan en la espiral. 

Se rompen el espacio y el tiempo. Contrapunto. A la imagen de Tenochtitlan en ruinas, sigue el retrato de Farid ya en el coro: Ojos verdes, pelo chino que cae girando sobre la frente. Farid humedece los labios. Brillan rojos cuando se abren y él canta, aguda, una nota que se pega en el aire un rato tan largo, que los fieles pierden sentido del espacio y el tiempo: Caen hondo en la música. Pierden la respiración. 

Otro suspiro. La voz de Farid articula pausada, sílaba a sílaba, el inicio del salmo: Emmanuel, rex et legifer noster. 

Jorge mira a su alumno con la boca abierta. Los bajos responden: Legifer noster y otra vez la ciudad destruida y el sol que arrastra su capa. 

Estalla en el horizonte un último rayo violeta. Farid suspira. Toma aire, reemprende la carrera y otra vez, a pisar lodo: descalzo otra vez, manchar las piernas lampiñas en la hora parda. No hay sombras. México es una mancha de gris con puntos brillantes, antorchas. 

Se hace grande la catedral y apesta más la laguna. A cada paso de Farid, más grande se hace la catedral. Y la peste no hay quien la aguante. 

Pies desnudos, piernas, sayal que pica, cara del David que abismó a Goliat: pelo chino, largo, que con el sudor se pega a la nuca. La catedral ya está cerca. Ya. Encima de ti, de Farid. 

Suena la campana, aquí y al otro lado de la calle, en el templo de san Francisco. Llaman a misa. Las campanas compiten. 

Farid viene tarde para cantar. Pero en una película, todo se puede: Tiempo y espacio se rompen: Farid entra corriendo en el atrio:  Farid canta en el coro de catedral. Detrás de Farid hay una tronera por la que se meten moscos que buscan velas. Farid abre los labios húmedos.

De cuatro saltos, Farid cruza el atrio; toma a la izquierda, atraviesa de puntas frente al secretarium. 

Entra en una covacha. Casi no hay luz. 

En el coro, los infantes toman sus posiciones. Se empujan, bromean. Falta Farid. Farid no ha venido. Jorge, el maestro de capilla se truena los dedos, su señoría reverendísima está a punto de subir al altar. ¿Dónde está Farid?

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes