Aquella noche, Jamila volvió a contar a Farid la historia del Rey Serpiente. Mecía a su hijo acariciándole la cara y la metía en el regazo de ella, como si aún estuviese en edad de buscarle su pecho. Jamila lo rechazó discretamente y el niño suspiró. Miró en el techo de la tienda cómo se descolgaba una arañita viajera. Más allá de la tela, la luna marcaba sus bordes sobre el gris del pabellón.