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Justamente en ese momento, Farid había ido a la popa y junto a él Isaac miraba la espuma del mar. Por fin el griego se había levantado y se había decidido a comer un poco a pesar de que se quejó del horrible sazón de la cocina. Cada viajero llevaba lo suyo, Antonio, cocinero, preparaba algunas cosas para quien pudiera pagarlo. Era tan malo su sabor que Isaac tuvo que beber del aguardiente que llevaba para regalar en Santo Domingo. Se emborrachó y se sintió feliz, imaginó que también él, como Farid, era un hombre del desierto, por más que el suyo hubiese sido como éste, un desierto de agua de mar. A lo lejos escuchó el tintinear de las campanas. Otra misa seca. Le sorprendió que Farid se mostrara interesado en ello, en la misa. A él, luego de tantas reuniones en la Casa de Datne, todos aquellos ritos le daban horror, Por eso se sorprendió tanto cuando Farid preguntó que por qué él no iba a Misa nunca.
—Por que soy Musulmán —dijo Isaac.
Evidentemente Farid sabía que estaba mintiendo. Si Isaac detestaba a los cristianos, más detestaba a los árabes entre otras cosas porque sus anfitriones en Trebisonda lo habían obligado a repetir hasta el cansancio que estaba convencido de que sólo hay un Dios y que Mahoma es su único profeta. El último, el que coronaba toda la obra de Cristo quien, decía Isaac, volverá al mundo para juzgar a los vivos y a los muertos en el Apocalipsis, pero sobre todo para acabar con todas esas cruces e idolatrías.
—Soy un bautizado ¿no es cierto? —Preguntó Farid.
Isaac levantó los hombros. Recordaba, en efecto, que cuando lo había comprado le dijeron que estaba bautizado. Que había estado a punto de morir después de la operación para castrarlo y le habían bautizado.
—Eso significa —dijo el muchacho árabe—que puedo comulgar.
Isaac sonrió.
—Supongo que no hay nada que te lo impida.
Farid volvió a cobijarse cerca Isaac, hacía un poco de frío, pero sobre todo había vuelto el mareo. La batalla interior había comenzado. ¿De verdad había salido de aquel sitio en el que se encontró el día en que lo castraron? ¿De verdad tenía algo que agradecer al Dios de los vendedores de esclavos? Se dijo que por lo pronto no creía suficiente en Dios y sin embargo, había llegado también a una extraña conclusión. Extraña porque de Jorge, de aquel único hombre al que amaba, aprendió que Dios no existía. O que si existía no se interesaba más en su creación que los hombres en los insectos que no lo molestan. En la Casa de Dante había escuchado hablar de toda clase de especulaciones en torno al Dios de Platón, de cómo interpretar al Trismegisto y sobre todo de cómo interpretar la Biblia, un libro extraño del que había escuchado hablar por primera vez ahí, en la Casa de Dante. Aquella tarde, después de comer, se aproximó a uno de los navegantes para pedirle una Biblia. Había visto que llevaban varios volúmenes. Se habían asegurado que tuviese un número de capítulos muy particular. Lo sabía porque vio a los guardias aduanales discutiendo. Uno de aquellos libros había sido arrojado al fuego de los textos que no era permitido llevar al Nuevo Mundo. Lo abrió y leyó en latín que en el principio creó Dios los cielos y la Tierra y que la Tierra era informe. Esta frase le golpeó en el pecho porque lo que significaba era claro. En casa de Dante había aprendido las ideas de Aristóteles que, aunque comenzaban a pasar un poco de moda entre los intelectuales, no habían llegado a ser sustituidas por completo por las ideas de Platón.
La tierra era informe porque no tenia aquella forma aristotélica que informa todo lo que toca, que da sentido a todo lo que toca. La tierra era informe porque era la materia prima de la que habló Aristóteles, porque no había en ella ningún alma y, sin embargo, lo decía el texto, más adelante, sobre las aguas revoloteaba el espíritu de Dios. La forma. En esas líneas había suficiente como para pensar las semanas que pasaban. Se fue a la borda a contemplar el mar y se aproximó a él el muchacho que le había facilitado la Biblia. Se llamaba Felipe, pero en ese momento a Farid no le importó. Se quedó pensando en el espíritu que sobre el agua del mar parecía darle vida, informarlo de algo tan poderoso que sólo podía definir como Dios.