—Yo conozco esa voz —me dijo un día un hombre que encontré en el camino—. Tu eres el niño en el coro de Veracruz. ¡Ha pasado tanto tiempo! Me gustaba especialmente cuando cantabas el aleluya.
—¿Tienes algo de comer? —preguntó Farid.
El hombre se sentó conmigo y me dio pan y vino.
—¿A qué te dedicas? —preguntó el hombre.
—A robar —contesté—. Robo y mato por los caminos. Trataba de sonar peligroso, pero él sonrió y me dijo:
—Lo sé.
—¿Qué sabes tú?
—Que mientes porque no puedes hacer otra cosa.
Cuando desperté y vi que el hombre ya no estaba, supe que era Cristo. Que sabía que mentía porque él era verdad. Comencé a pensar en rogarle con nueva fe. Rogué por mi linaje, por los muertos, por los vivos, en aquel momento. Por todos los mártires que murieron en Tenochtitlan.
—Ojalá —murmuró— tengas a bien, un día, mostrarme el paraíso. Quiero ver la cara real de la virgen de las tribulaciones.
El viento en la copa de los árboles, se movió.
—¿Me dejas solo? —grité.
—No. Te quedas contigo.
—Quiero ir contigo.
—No es tiempo.
—¿Y si me empecino en ir contigo?
—Entonces yo tendré que empecinarme en decirte que aquí vas a quedarte hasta que yo vuelva.
El hombre rió y yo desperté. ¿Quién eres? —pregunté a los fantasmas. Y se movieron las copas de los árboles y escuché claramente su voz que dijo: Tú esperarás aquí a mi regreso. Esta bien —contesté—, pero no me dejes mucho tiempo, porque no puedo quedarme mucho tiempo conmigo ¿Qué? —Antonio había despertado. Nada. Vuelve a dormir.