F1191 · LA ENCARNACIÓN

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LA ENCARNACIÓN

Farid no gritó.

No porque no hubiera dolor.

Porque el dolor no tenía ya dónde ir.

El cuchillo entró.

La carne cedió.

El mundo no.

No hubo tiempo para pensar.

Ni para rezar.

Ni para recordar a su madre.

Solo hubo un instante—

en el que todo se separó.

El cuerpo.

El sonido.

La respiración.

Y algo más.

Algo que no podía ser nombrado

porque aún no tenía forma.

—Así quiso Dios —dijo alguien.

Farid no creyó.

Pero tampoco negó.

Porque en ese punto,

creer o no creer

era irrelevante.

El corte

No fue la herida.

No fue la sangre.

Fue la interrupción.

El momento exacto

en que dejó de pertenecer

a lo que había sido.

El palo en la boca.

Las manos sujetándolo.

El fuego.

Todo eso ocurrió.

Pero no fue lo que lo transformó.

Fue esto:

que no pudo gritar.

Y en ese silencio,

algo se selló.

La música

No vino de afuera.

Siempre estuvo ahí.

El sonido no era flauta.

No era canto.

Era una forma.

Una forma que organizaba el dolor

sin eliminarlo.

—Yo moriré y él morirá… —dijo la voz.

Farid no vio al Encantador.

Lo reconoció.

Como se reconoce algo

que ya estaba antes del cuerpo.

El río

No era agua.

Era ausencia de peso.

Farid bebió.

No por sed.

Porque no había otra acción posible.

Y al hacerlo—

no olvidó.

Se desprendió.

De su nombre.

De su historia.

De su lugar.

No completamente.

Lo suficiente.

El reflejo

Se miró.

Era él.

Pero no le pertenecía.

La cicatriz estaba.

Pero ya no era herida.

Era marca.

Una marca que no dolía

porque ya no tenía función.

Hákim

No apareció.

Siempre estuvo ahí.

—Ven —dijo.

No como orden.

No como consuelo.

Como continuación.

Farid no dudó.

Porque no había nada que decidir.

Tomó la mano.

No por fe.

Por correspondencia.

El retorno

El mundo volvió.

Pero no como antes.

Las calles.

El mercado.

El sonido.

Todo seguía igual.

Pero Farid no estaba en el mismo lugar.

No afuera.

En otra capa.

El juramento

No se cumplió.

Se activó.

“Daré mi vida…”

No significaba morir.

Significaba esto:

no volver a ser

el que era antes del corte.

Jorge

—Ahora sí —dijo.

Farid lo miró.

—¿Qué?

—Ahora puedes quedarte.

Silencio.

—¿Dónde?

Jorge sonrió.

—Aquí.

Pausa.

—Donde ya no hay tiempo.

Hákim (otra vez)

—¿Recuerdas algo? —preguntó.

Farid negó.

No por ignorancia.

Por precisión.

—No.

Hákim asintió.

—Entonces está bien.

Silencio.

—¿Qué soy? —preguntó Farid.

Hákim no respondió de inmediato.

Miró el fuego.

Luego a él.

—Lo que queda cuando algo es usado

y no se rompe.

Silencio.

Farid no entendió.

Pero no lo rechazó.

Porque ya no buscaba entender.

Miguel

—¿Y nosotros? —preguntó.

Hákim lo miró.

—No todos cruzan igual.

Miguel bajó la mirada.

Rashid no dijo nada.

El límite

Esa noche, Farid no durmió.

No porque no pudiera.

Porque ya no había diferencia

entre estar despierto

y estar dentro.

Recordó la cueva.

El monte.

La flauta.

La sangre.

No como memoria.

Como presencia.

El tercer estado

No era niño.

No era hombre.

No era esclavo.

Era otra cosa.

Algo que no tenía nombre

porque no necesitaba uno.

Y en ese instante—

sin gesto,

sin ruptura,

sin anuncio—

Farid dejó de ser

el que había sido cortado

y se convirtió

en aquello

que el sistema no puede producir

pero sí necesita.

Y Hákim,

sin mirarlo,

lo supo.

(continúa)

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