Cuando llegó la mañana, el fuego había desaparecido, pero estaba rodeado de carbón. La única parte que me pareció segura estaba detrás de mi, hacia la montaña. Había ahí una cueva y fui hacia allá y me refugié en ella. Hambriento y a oscuras, escuchando el rechinar de los rescoldos cuando se apagan, Eneas recordó que se llamaba Farid y que nació en un pueblo al sur de Damasco, esa ciudad en la que Pablo se convirtió. Que su madre era la mujer de un beduino y que él un día preguntó:
—¿Este hombre que te golpea es mi padre?
—No Farid—dijo ella—, tu padre es un monstruo en un lago verde como tus ojos y tiene el pelo rizado como tú.
Recordó la primera vez que miró el mar y recordó que había jurado rezar el día de su muerte por el médico otomano que le alivió las heridas. Y él, para seguir siendo el fiel niño que había deseado volver a tocar la mejilla helada de Rashid tantos años atrás, se puso a rezar.