Jorge se levantó, caminó por entre los invitados. Se hizo servir una copa de vino y se aproximó hasta el lugar en que Inés se había detenido para escuchar al pequeño Farid. El esclavo vestía como un joven príncipe oriental, de azul y verde. Cubría su rostro detrás de una mascarita tachonada de zafiros. Y tocaba el oud.
Voi ch’ascoltate … Al terminar, los invitados aplaudieron, qué hermoso. Jorge se aproximó al muchacho árabe por detrás y le quitó la máscara. Qué hermoso, seguían diciendo. Pero ya no se referían a la música, se referían a él. Al muchachito árabe que sonrió feliz de saberse deseado.
—¿Qué le parece, señora —dijo Jorge— mi esclavo árabe?
Ella sonrió y dijo:
—Qué maravilloso modo de cantar. ¿En qué idioma canta?
—No lo sé —dijo Jorge sonriendo. No ha aprendido a hablar un idioma cristiano.
Jorge ordenó a Farid que se sentara y con una mano, sin decir palabra ordenó. Canta. Vuelve a cantar. Para mí.
Voi ch’ascoltate in rime sparse… il suono. Así, sin la máscara del martedì grasso, la música de Farid parecía aún más hermosa. Y el esclavo árabe, lejos de sentirse avergonzado, se sentía orgulloso. Y cantaba mejor. Era un objeto, pero un objeto deseado. Era evidente, por la cara de los invitados que tenía razones para sentirse cómodo. Feliz. Fue entonces cuando Jorge lo supo. Porque ella había sonreído cuando él le quitó al esclavo la máscara. No se había sonrojado. Lo había mirado a los ojos. Inés había amado la cara desnuda del esclavo árabe. Y no había tenido la vulgaridad de ocultarlo. No, no era tonta. Supo que lo que había seducido al cardenal Ruffini era una suerte de veneno. Una peligrosa mezcla como la que producían los alquimistas de los Medici frente a la casa del cardenal del Monte: Aquella muchacha, casi una niña, no sólo era hermosa, a su modo era sensible. Terriblemente inteligente. Y sagaz.
Durante el banquete que siguió a la ceremonia se habló de negocios, de barcos, fincas y adelantazgos. Hakim había llegado un poco tarde a la Boda. Se había quedado leyendo el grimorio que encontró en la biblioteca Vaticana y más tarde se había perdido en la ciudad para mirar a escondidas a las mujeres y los muchachos que se prostituían en los callejones. La tarde era cálida pero habían encendido antorchas para iluminar y calentar a la gente. Cuando llegó a la reunión en casa del cardenal le condujeron amablemente por una serie de habitaciones hasta la más pequeña y elegante.
Luis hizo traer un rico licor de manzana que sabía a leche y con el que continuaron emborrachándose. El Señor del Carpio que parecía como un sol.
—Pues bien —dijo —. Su majestad la reina ya es dueña de toda la península. Se acabó Granada.
—Ni me lo digaa —respondió Inés. Se exaltó hablando mal de su reina porque parecía entender los pesares de estos hombres que habían sido expulsados de la península. En realidad Luis Méndez del Carpio estaba mintiendo. Él mismo había formado parte del consejo que había decidido expulsar a judíos y musulmanes de los reinos de Castilla y Aragón, pero ahora estaba necesitando del dinero de estos hombres. Y tenía un hijo con una judía. Con Inés.
Aquella era una pequeña reunión entre amigos. Jorge les había mostrado a todos cuadro de uno de sus nuevos sirvientes, un pintor. Descorrieron la cortina y él pudo ver un cuadro pequeño de un muchachito que despertaba. Es un ángel, dijo el cardenal. Se le notaba en la voz el éxtasis lánguido de una muchachita que dijese ello. Volvió a cubrirla, como para que las miradas no tocasen aquella desnudez que sólo él podía manosear.
Entre los asistentes había un hombre que conocía todos los secretos del papa. Era el espía del vaticano. Y era también un griego a quien no le interesaban los muchachos. Era un hombre que creía en Dios y le temía. Le había costado trabajo, pero se había decidido a ofrecer su castidad. Comía frutas secas, higos y unas uvas especialmente jugosas que no faltaban nunca en casa del cardenal. Se habló como siempre de los asuntos de la corte de Inocencio quien seguía muy enfermo. Ahí estaba aquel hombre, era un árabe de aspecto distinguido. Tenía, incluso, un aspecto un poco cándido. Como si fuese un niño. Marcel lo había visto en otras reuniones. Los dos habían notado la presencia del otro cuando se encontraron sus miradas aburridas frente al angelito desnudo que les había mostrado el cardenal.
Recordó haberlo visto unos días antes, cuando vagaba por las calles de la ciudad. Cerca del Pasquino. Aquel hombre estaba relacionado con los médicos del papa. Era él quien les informaba a todos. Durante la cena Marcel preguntó:
—¿Me recuerda su nombre?
Huséin al-Hákim bi-Amrillah tenía las cejas muy pobladas. Marcel estaba convencido de que por el rostro de un hombre podía saber muchas cosas, pero la cara de al-Hákim era particularmente esquiva. Tenía una sonrisa que uno no podía saber si era de burla o de satisfacción.
Llegada la hora de cenar Nicolás pidió permiso para partir y se llevó a Alberto. Los invitados se sentaron y sirvieron pato en vino. Como en toda comida elegante se habló justamente de comida. Marcel elogió particularmente la comida del barrio judío a la que se había vuelto muy aficionado. A Jorge le pareció interesante que un hombre tan sofisticado frecuentara barrios semejantes. Lo dijo con un poco de escándalo aunque era evidente que estaba dispuesto a charlar con él de esa clase de encuentros que tienen lugar en las noches en barrios como ese. Se habló del barrio de los genoveses y los florentinos. Al-Hákim sonreía y durante un tiempo se mantuvo ausente dando vueltas a la copa de vino. Mirándolo. Se pasó revista a los asuntos más importantes, como siempre, como si repetir lo que se dice cambiara algo. Se pidió disculpa al invitado árabe, pero se dijo igual que era una fortuna que por fin los reyes árabes hubiesen podido expulsar a los moros de Granada.
Al Hákim, sin dejar de ver su vino, dijo que le tenía sin cuidado el destino del reino nazarí. Sus antepasados eran de la rama chií de la que llamó, sin importar que se encontrara entre cristianos y acabara de comer puerto, la única verdadera religión. Por él, los nazaríes podían emascularse. El comentario dicho de modo tan vehemente causó risas discretas.
Lo importante en todo caso era que ahora que los reyes habían sentado sus reales frente a Granada, pronto la ciudad tendría que rendirse. Boabdil no tenía honor. El problema, apuntó al-Hákim no era, por supuesto haber asesinado a su padre. Eso no tiene importancia. El problema es haber sido incapaz de controlar a la población. Lo dijo suspirando, como si recordara alguna cosa lejana. La gente es idiota, comenzó a decir y merece ser tratada de modo violento.
Las capitulaciones de Granada se habían firmado, al menos, dijo el cardenal Acaya tratando de ser conciliador, se permite a los andalucís mantenerse en sus posesiones. Cuando salieron, al-Hákim le preguntó a Marcel que por qué no traía comitiva ni nadie que lo siguiera. Era una ciudad peligrosa. Lo dijo como si él no tuviese miedo. Y no, no tenía miedo.
—Muchas cosas han sucedido en mi vida como para tener miedo.
—¿Acaso hay algo que lo proteja? Al Hákim rio estrepitosamente.
—Venga —le dijo—, vamos a pasear. Y evaluó la posibilidad de contarle su pequeño secreto. El secreto de la sangre para el papa. Pero si se lo decía, pensó, tendría que matarlo. Y Marcel. A decir verdad. A al-Hakim le caía bien.
Jorge Comneno era un hombre intolerante, pero con las mujeres mucho más. Aún así, le resultaba imposible ser intolerante con la señora Inés quien a partir de entonces sería conocido como Inés Comneno. Est mujer no sólo era poderosa. Era hermosa. De una belleza que Jorge tan lleno de fantasías alquímicas, intuyó andrógina, justo como los magos renacentistas pensaban a la divinidad.
—Con la elección del papa Borgia, Roma está a los pies de Aragón. Tenemos razones para brindar, “Emperador.”
Jorge Comneno levantó su copa y miró divertido a Marcel. Era el encuentro amistoso de dos espías que en cualquier momento podrían entrar en guerra. Inés provenía de una familia venida a menos durante la Guerra Civil entre Enrique IV e Isabel la Católica. Pero ahora se encontraba en mucho peligro a causa de que era judía.
El conde de Aguilar observaba triste. Miraba a la mujer a la que amaga llamando a Jorge “estimado.” Y “amigo.” Decidió ignoraría con discreción. “Más adelante”, pensó, “cuando la necesite realmente” la llamaré. Y ella vendría corriendo. Pronto tendrían que ver qué sucedería con la elección. Los Borgia podrían Roma a los pies de Aragón.
Jorge era un infiltrado, todo mundo lo sabía, un espía, un sacerdote mercenario al servicio de las cortes de Castilla y Aragón. Pero ella era una de las amantes del papa. Y sus espías le habían comentado que Rodrigo Borgia era cariñoso con el pequeño bastardo de cinco años, Garci.
A Jorge le llamaban Emperador porque era el último de una dinastía que heredó durante quinientos años los imperios de Bizancio y Trebisonda. De aquello, claro, había pasado tiempo, el apodo había terminado por convertirse en una suerte de ironía, una broma cruel, pero las cosas cambiaron en poco tiempo; los reyes Isabel de Castilla y Alfonso de Aragón habían comprado el título de sucesores del Imperio Bizantino de modo que se había abierto ciertamente la posibilidad de que eso que en aquel entonces se llamaba La Cristiandad, volviese a hacerse con el Imperio Romano Oriental. Si eran capaces de correr a los turcos de Constantinopla, por supuesto, algo que no parecía viable en poco tiempo. Jorge sonreía ante el cambio de actitud de doña Inés, sobre todo porque cinco años antes, cuando su esposo vivía, ambos lo habían ignorado e forma grosera. Jorge los saludó durante la fiesta por la creación de cardenales y ella lo miró de arriba abajo y se fue.
En la enorme logia del castillo se organizaban las mejores fiestas de la ciudad. En las reuniones del Emperador los invitados bebían, blasfemaban y reían. Discutían de política y del mundo que estaba por volverse más grande. Los invitados de Jorge eran individuos dispares. Lo único que los unía era el placer por el cotilleo. Había alquimistas y militares, marinos y uno que otro religioso que se sentía un iluminado.
—Un alquimista —escuchó decir doña Inés— necesita de mucho tiempo.
Sin duda, se dijo. Tomó otro trago y el jefe de esclavos trajo más vino para servirle pero ella, discretamente, dijo que no. El Emperador, en cambio pidió más. Parecía encantado de escuchar al fondo de la logia a un muchachito árabe que tocaba el Kamancheh. Sonidos diabólicos, pensaba la señora. Demasiado hermosos para ser confiables. Con su silencio estaba presionando a Jorge quien, finalmente le dirigió la palabra con forzada amabilidad.
Ella pensaba en el joven monje tenía buen gusto y la señora del Carpio estaba hermosa. Espectacular. Sus ojos negros brillaban a la luz de las antorchas casi tanto como sus perlas, negras también. Se le mecían en el cuello impecable. Aprovechó las dotes que había heredado de don Juan Manuel. Miró a Alberto y con la más coqueta de sus sonrisas dijo:
—Entiendo que vive usted en san Onofre —comentó la señora.
—Sí —respondió Alberto quien, por alguna razón sintió como que era otro quien respondía. Otro muy lejano. El joven monje que esa noche pasaría por el huerto de las naranjas para dirigirse a rezar las completas. No supo ya que decir. Volvió a hacerse el silencio. Esta vez, se dijo la señora del Carpio, tendrá que ser Jorge quien encuentre un tema. La señora era consciente de que había tratado al Emperador poco y mal. Se vieron diversas veces durante los últimos años del papado de Inocencio VIII. Volverían a encontrarse, seguro. Ella sabía que Jorge no podía dejar de adularla. Si él era favorito de la Corona de Aragón, ella era amiga personal de Isabel de Castilla de modo que se necesitaban el uno a la otra.
El monje se había inclinado y elegantemente había rechazado la invitación a beber. Hizo una nueva reverencia y emprendió el camino del Lungotevere para llegar hasta el monasterio de San Onofre. Había comenzado a caer el sol y él no se había acostumbrado aún a ser familiar de un hombre tan extraño e importante como Jorge. Sólo unos días atrás creía ser un bastardo. Resultaba ahora que este hombre lo invitaba a sus reuniones. ¿Volvería a hacerlo?
—Espero que sí —se dijo Alberto en voz alta. Y como la gente volteó para mirarlo, extrajo de su sayo un rosario y comenzó a rezar. No se concentraba, sin embargo. El camino estaba lleno de pícaros y prostitutas. Olía a comida romana y a Alberto se le hizo agua a la boca. Sonaron las campanas en poco tiempo comenzarían las vísperas. Tenía que llegar. Comenzó a correr.
En la Casa de Dante la señora del Carpio y Jorge Comneno charlaban animosos.
—Necesito pedirle un favor, querido emperador.
Jorge abrió los ojos.
—Dígame.
—Haga —dijo la señora— que cante su esclavo musulmán. ¡Es tan hermoso!
Lo era. Se llamaba Farid. Jorge golpeó dos veces su copa de cristal y la gente hizo silencio.
—Farid —dijo—, canta para la señora una canción.
Farid puso a un lado su Kamancheh cogió un laúd y se levantó para agradecer los aplausos. A pesar de su edad y su condición de esclavo se movía como un artista de mundo, con delicadeza y simplicidad.
—A petición de mi amo, quiero cantar para ustedes Triste España sin ventura.
Inspiró y al exhalar emergió de su garganta el sonido más hermoso que hubiese escuchado la señora del Carpio jamás.
Alberto había llegado al monasterio de san Onofre. El hermano portero le abrió el portón y él inició a subir por el huerto de las naranjas. Volvieron a sonar las campanas. Alberto sonrió. Había llegado a tiempo. Podría incluso descansar un poco antes de ir a la capilla. Caminó hacia el mirador. Aquel 11 de agosto de 1492 hace quinientos años, Alberto Comneno aún creía ser un monje piadoso que deseaba rezar frente a la Virgen de las Tribulaciones en el Janículo, Roma. Sí, se habían visto y había comenzado la alquimia entre los ojos y el corazón.
Así terminó aquel 21 de enero de 1491. El año en que comenzó el largo trayecto de La Virgen de la Tribulación hasta el despacho en que, bajo su manto, mi padre se puso a escribir unas memorias que explotaron al interior de una vieja computadora Dell.