F0810 · Sueño del cordero

Sueño del cordero 

Fiesta

 caminabas con Farid un jardín vomitado de colores, palios y aves y matorrales extraños. 

Una vez que seca la noche y el agua que vino luego de las maldiciones, caminamos un jardín vomitado de colores, palios y aves y matorrales extraños. 

Nos cobija y oculta un laberinto de aromas y gente ahí, donde se levantan las mantas y las columnas, donde el púrpura desviste lo verde. 

El tiempo arriva con más prisa que de costumbre, son las cinco y venimos a celebrar las bacanales de una familia que desconozco. Largo, flaco, tomo un poco de vino muy rojo. Los enfiestados beben y pierden las facultades:  

 Ríen y gritan y penetran, brindan y ladran. Revienta la signora Cornaro de todos los vinos que saturan los ojos y las hornas y el cuerpo y la piel con explosiones de aromas y vientos y colores demasiado claros para ser sensuales. 

Ferid y tú iban vestidos de niño veneciano. Bebías sin ganas. No tenías ganas de reír, pero flaco y largo, te metías en el cuerpo el vino que sabe a la sangre. Lucía bebe un vino seco que seca más todavía su vientre y su lengua. Ríe y un pergamino con el mapa del mundo se le cuelga del cuello que se agita como en un rito de cópula de especies extrañas que se celan en la espesura. Un hombre disfrazado de pastel y unas muchachas que fornican bajo el versículo más intolerante de todos los libros de todos los dioses en la geografía de tu piel. Eres un niño disfrazado de adulto: todos los niños que se disfrazan de adultos y, en la fiesta, se mecen y mezclan con nazarenos que se muerden y matan a piel. Hay uno, un muchacho que bebe aguas de colores y es Fabricio. Un mago y un grillo, una copa y un ciego. Vicio y el pozo en villa Cornaro donde miraste tus vanidades. Vestido de paje veneciano tejías sueños macabros: Un mago que guarda y arranca listones en mangas. Serpientes que adormeces bajo un vestido que descubre a todos las flaquezas de tu sexo castrado. El señor Cornaro es alto y es gordo. Tiene el pelo de espuma dorada y te besa con boca pintada de rojo. Sabía a sal la lengua y salía y entraba como una cobra húmeda para beberte la garganta. Te aprisionó con manos ligeras y blancas. 

Cárceles de suaves y ensortijadas florestas de gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el tiempo. Sin esperar ya nada. 

Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal. A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes. No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite que un violín destaque y suba hasta el cielo. El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del cuerpo de todos. La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran turco, el anticristo. Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús. No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre. El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros. Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también de tu destino de canto llano y mares y ultramares que celebran el porvenir. De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que detuvo la bacanal cuando cayó la daga. Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta. Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo. Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

 El tiempo llegó con más prisa que de costumbre. Eran las cinco y venías a celebrar las bodas de una familia que desconoces. Largo, flaco, tomabas un poco de vino muy rojo. Los enfiestados bebían dejando a un lado sus facultgades. Ríen y gritan y penetran, brindan y ladran. Revienta la signora Cornaro de todos los vinos que saturan los ojos y las hornas y el cuerpo y la piel con explosiones de aromas y vientos y colores demasiado claros para ser sensuales. Ferid y tú iban vestidos de niño veneciano. Bebías sin ganas. No tenías ganas de reír, pero flaco y largo, te metías en el cuerpo el vino que sabe a la sangre. Lucía bebe un vino seco que seca más todavía su vientre y su lengua. Ríe y un pergamino con el mapa del mundo se le cuelga del cuello que se agita como en un rito de cópula de especies extrañas que se celan en la espesura. Un hombre disfrazado de pastel y unas muchachas que fornican bajo el versículo más intolerante de todos los libros de todos los dioses en la geografía de tu piel. Eres un niño disfrazado de adulto: todos los niños que se disfrazan de adultos y, en la fiesta, se mecen y mezclan con nazarenos que se muerden y matan a piel. Hay uno, un muchacho que bebe aguas de colores y es Fabricio. Un mago y un grillo, una copa y un ciego. Vicio y el pozo en villa Cornaro donde miraste tus vanidades. Vestido de paje veneciano tejías sueños macabros: Un mago que guarda y arranca listones en mangas. Serpientes que adormeces bajo un vestido que descubre a todos las flaquezas de tu sexo castrado. El señor Cornaro es alto y es gordo. Tiene el pelo de espuma dorada y te besa con boca pintada de rojo. Sabía a sal la lengua y salía y entraba como una cobra húmeda para beberte la garganta. Te aprisionó con manos ligeras y blancas. Cárceles de suaves y ensortijadas florestas de gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el tiempo. Sin esperar ya nada. Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal. A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes. No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite que un violín destaque y suba hasta el cielo.

 El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del cuerpo de todos.  La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran turco, el anticristo. Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús. No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre. El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros. Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también de tu destino de canto llano y mares y ultramares que celebran el porvenir. De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que detuvo la bacanal cuando cayó la daga. Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta. Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo. Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

Ríen y gritan. 

Joden y chingan. 

Brindan y ladran.

  Revientan de todos los vinos y saturan los ojos y las hornas y el cuerpo y la piel con explosiones de aromas y vientos y colores demasiado chillantes para ser sensuales. 

Tu y yo, venimos vestidos de pajes,  vestidos de corte, de pastel: de Versalles. 

Yo bebo sin ganas; tampoco me río. Flaco, largo, solo me meto el vino que me recuerda la sangre. 

Una vez que seca la noche y el agua que vino luego de las maldiciones, caminabas con Farid un jardín vomitado de colores, palios y aves y matorrales extraños. 

Nos cobija y oculta un laberinto de aromas y gente ahí,

donde se levantan las mantas y las columnas, donde el púrpura

desviste lo verde.

El tiempo llegó con más prisa que de costumbre. Eran las cinco y venías a celebrar las bodas de una familia que desconoces. 

Largo, flaco, tomabas un poco de vino muy rojo. Los enfiestados bebían dejando a un lado sus facultgades. 

Ríen y gritan y penetran, brindan y ladran. Revienta la signora Cornaro de todos los vinos que saturan los ojos y las hornas y el cuerpo y la piel con explosiones de aromas y vientos y colores demasiado claros para ser sensuales. 

El tiempo arriva con más prisa que de costumbre, son las

cinco y venimos a celebrar las bacanales de una familia que

desconozco. Largo, flaco, tomo un poco de vino muy rojo. Los

enfiestados beben y pierden las facultades:

     Ríen y gritan.

     Joden y chingan.

     Brindan y ladran.

     Revientan de todos los vinos y saturan los ojos y las

hornas y el cuerpo y la piel con explosiones de aromas y

vientos y colores demasiado chillantes para ser sensuales.

     Tu y yo, venimos vestidos de pajes,  vestidos de corte,

de pastel: de Versalles.

Yo bebo sin ganas; tampoco me río. Flaco, largo, solo me meto el vino que me recuerda la sangre.

Ferid y tú iban vestidos de niño veneciano. Bebías sin ganas. No tenías ganas de reír, pero flaco y largo, te metías en el cuerpo el vino que sabe a la sangre. 

Lucía bebe un vino seco que seca más todavía su vientre y su lengua. Ríe y un pergamino con el mapa del mundo se le cuelga del cuello que se agita como en un rito de cópula de especies extrañas que se celan en la espesura. 

Un hombre disfrazado de pastel y unas muchachas que fornican bajo el versículo más intolerante de todos los libros de todos los dioses en la geografía de tu piel.

Hombre de luz

Una mujer en traje de noche bebe un martini muy seco: Ensequece aún  más su vientre y su lengua. Rié y el pergamino que cuelga de su cuello se agita como en rito de cópula de una especie extraña de papadas que celan. 

Un hombre disfrazado de pastel: Unas muchachas fornican bajo el versículo más intolerante de todos los libros. Un niño disfrazado de adulto: muchos niños disfrazados de adultos, juegan a mecerse y mesclarse, morderse y matarse… de piel. 

Hay uno, uno en especial que bebe aguas de colores. 

Hay un mago y un grillo; una copa y un ciego; un vicio y el pozo del que emergen todas las vanidades. 

Nosotros, vestidos de paje, tejemos pensamientos macabros. 

El mago guarda y arranca listones en mangas: Salta un conejo y el otro, vestido de noche, ríe bajo el frac y descubre a todos sus dientes y sus flaquezas. 

Un hombre. Alto y gordo, con pelo de espuma negra, nos besa de sal con su boca pintada de rojo. Su lengua sale y entra como una serpiente húmeda que busca beber nuestras gargantas. Nos aprisiona con manos ligeras y blancas: cárceles de suaves y ensortijadas florestas de mangas y mancuernas. 

 El señor Cornaro es alto y es gordo. Tiene el pelo de espuma dorada y te besa con boca pintada de rojo. Sabía a sal la lengua y salía y entraba como una cobra húmeda para beberte la garganta. Te aprisionó con manos ligeras y blancas. Cárceles de suaves y ensortijadas florestas de gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el tiempo. Sin esperar ya nada. 

     Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal. A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes. No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite que un violín destaque y suba hasta el cielo. 

     El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del cuerpo de todos. 

     La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran turco, el anticristo. 

     Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús. No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre. 

     El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros. Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también de tu destino de canto llano y mares y ultramares que celebran el porvenir. De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que detuvo la bacanal cuando cayó la daga. Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta. Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo. Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

de

gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho

reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el

tiempo. Sin esperar ya nada.

     Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal.

A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada

que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes.

No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que

detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite

que un violín destaque y suba hasta el cielo.

     El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos

telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del

cuerpo de todos.

     La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran

turco, el anticristo.

     Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin

tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús.

No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre.

     El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin

atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le

desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de

Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros.

Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más

alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se

inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también

de tu destino de canto llano y mares y ultramares que

celebran el porvenir.

De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que

detuvo la bacanal cuando cayó la daga.

Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó

del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al

cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta.

Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo.

Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

No hay tiempo para escapar. 

Borrachos, reímos sin pensar en la nada; fumando y matando el tiempo… no espero nada. Tú tampoco esperas nada.  

Entonces, llega a un muchacho que detiene la bacanal… 

El niño

… detiene la bacanal. 

No se arredra ni con el aroma de carne quemada que sube del pasto y la fiesta y las pieles de todos los oficiantes, ni con el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis y minimales que atardecieron del saxofón.  

Un sirviente, ridículamente ufano, extiende -amarillas- dos telas del techo y desciende a la fiesta un niño; la facha de un niño que viste el cuerpo de todos. 

La gente le brinda y un muchacho le insiste.  

Una mujer, histérica, grita: 

– Es él

Y todos brindamos y coqueteamos. Jodiendo y celebrando, sin tiempo para hincarnos o llorar, persignarnos o recordar;  sin tiempo ni siquiera para evitar la masacre. 

El niño amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tiene el rostro del hambre, la piel se desborda, se desgrana, se resiente y sólo alguno le pide. Un muchacho vestido de paje. Shhh: somos nosotros. 

Las plumas de la mujer que detuvo el piano en la nota más alta, se inclinan también y besan sus pies. Rojas y azules se inclinan y vibran como si también se lamentaran de nuestros destinos y llantos  y celebraciones. 

Algo sucede entonces: comienza a llorar ¡Llora por él! 

El muchacho-genio que detuvo la fiesta toma la daga. Enrojecido de ira y  lamento; traicionado por una lágrima incómoda: introduce en su vientre un filo plateado, lo penetra de daga y arranca la vida y vuelve el alma a posarse por entre las venas de su garganta. 

Es niño vestido de sangre. Se hace rojo, brillante… 

Ríen: lo beben, lo devoran, !Son tan orgullosos!

Baja 

Se abre al palio por sobre la carnicería y es un poco como el sol insolente que rompe las condolencias de la penumbra cuando son las nueve de la mañana.  Llueve dinero:  vuelve la duermevela y el gris remata las sombras.  No hubo tiempo de amanecer porque el día se arrepiente. Cede el lugar a las sombras. 

Los bacantes se inmutan.  No significa tampoco nada el gris que decolora los palios y destruye las fuentes y derrite los hielos y las nieves que llueven sobre nuestros escombros. 

Ahora: no es de mañana ni tarde. No llega tampoco la noche. El tiempo está detenido.  Hay que recordar a los muertos. 

Un árbol atestigua el fin del tiempo, el filo del palio que cubre los llanos y que al caer, deshace la puesta en escena.  Nosotros volvemos a ser nosotros y olvidados del tiempo, pensamos que lloverá. 

Desciende–sin tambores, ni ritmos funerarios ni tañir de campanas, un viejo demonio. ¡De verdad! Viene ataviado de sueño de niño:  En sepia y verde de dolor y pasado. Ha perdido de tal forma la sofisticación, que se solaza en su capa negra y en sus alas enormes y  sus patas de gallo. Es quizás un invitado más, con otros atuendos y sin embargo su altura no esconde sus facultades. 

Es un demonio que llora. Sus músculos revientan y en la medida que grita, se fortalece. 

Sufre más que nosotros: mucho más. La gente en la fiesta se calla un instante, se sorprende, se extraña, no tienen carácter capaz de inmutarse.  Todo sucede al instante. El dolor capta sus atenciones. Entre los pajes hay comunión y un poco de miedo. Estar en el borde del tiempo, gemir, llorar abandonados sin dios ni horizonte ni cielo.  Estiramos la línea y se eleva una libélula que grita chismosa que no creemos:  que somos paganos y tristes. Llorosos al borde del tiempo. 

No pasa nada, nunca pasa nada.  El tiempo detenido tampoco pasa.  La gota en la garganta del viejo no pasa, el soplo en la vida del niño no pasa, no pasa tampoco la nota en el instrumento ridículo del minimal;  hemos llegado al final… se detiene por fin el tiempo. 

Alguien comenta y vuelve la risa y el soplo constante del músico exhala los inventos del dios profeta, del fin del milenio y el inicio… del tiempo

Nadie se espanta cuando gira la rueda. 

Su Dios nos maldice pero Nada sucede.  Tampoco ríe la libélula, ni la saliva se corta… Dejamos de ser los pajes en una pesadilla de niño. 

Levanta el ángel sus alas enormes y tocan el cielo justo a tiempo para ser las siete cuando vuelve la noche sobre nosotros ahora sí: para siempre. 

Toma a su niño que rojo es él…más allá de todo aquello que comparece. 

Caminando por entre nosotros, esquivándonos porque no existimos, ellos beben y viven y cantan y ríen y nunca, ni por un instante se apiadan ni lloran ni gritan ni esperan ni mueren y dios nunca aparece. 

Destazan al niño

Eres un niño disfrazado de adulto: todos los niños que se disfrazan de adultos y, en la fiesta, se mecen y mezclan con nazarenos que se muerden y matan a piel. 

Hay uno, un muchacho que bebe aguas de colores y es Fabricio. Un mago y un grillo, una copa y un ciego. Vicio y el pozo en villa Cornaro donde miraste tus vanidades. 

Vestido de paje veneciano tejías sueños macabros: Un mago que guarda y arranca listones en mangas. Serpientes que adormeces bajo un vestido que descubre a todos las flaquezas de tu sexo castrado. 

El señor Cornaro es alto y es gordo. Tiene el pelo de espuma dorada y te besa con boca pintada de rojo. Sabía a sal la lengua y salía y entraba como una cobra húmeda para beberte la garganta. Te aprisionó con manos ligeras y blancas. Cárceles de suaves y ensortijadas florestas de gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el tiempo. Sin esperar ya nada. 

Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal. 

A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes. No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite que un violín destaque y suba hasta el cielo. 

     No se arredra ni con el aroma de carne quemada que sube

del pasto y la fiesta y las pieles de todos los oficiantes,

ni con el silencio de los músicos que detienen los cánones

cursis y minimales que atardecieron del saxofón.

     Un sirviente, ridículamente ufano, extiende -amarillas-

dos telas del techo y desciende a la fiesta un niño; la facha

de un niño que viste el cuerpo de todos.

     La gente le brinda y un muchacho le llora.

     Una mujer, histérica, grita:

     -!El anticristo!

     Y todos brindamos y comemos. Jodiendo y celebrando, sin

tiempo para incarnos o llorarnos, persignarnos o recordar a

Cristo;  sin tiempo siquiera para evitar la masacre.

     El niño amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos,

tiene el rostro del hambre, la piel se desborda, se desgrana,

se resiente y sólo un muchacho le llora. Un muchacho vestido

de paje y otro: somos nosotros.

     Las plumas de la mujer que detuvo el piano en la nota

más alta, se inclinan también para adorarlo. Rojas y azules

se inclinan y vibran como si también se lamentaran de

nuestros destinos y llantos, mareos y celebraciones.

     Algo sucede entonces: también el niño comienza a llorar:

Llora por él, llora por él; … por él.

     El muchacho-genio que detuvo la bacanal toma entonces la

daga. Enrojecido de ira y  lamento; traicionado por una

lágrima incómoda: violante, cachondo, introduce en su vientre

un filo plateado, lo penetra de daga y arranca la vida y

vuelve el alma a posarse por entre las venas de su garganta.

     Es niño vestido de sangre. Se hace rojo, sensual y

brillante…

     Ríen: lo beben, lo devoran, !Son tan orgullosos!

Baja el demonio

Se abre al palio por sobre la carnicería y es un poco como el

sol insolente que rompe las condolencias de la penumbra

cuando son las nueve de la mañana.  Llueve dinero:  vuelve la

duermevela y el gris remata las sombras.  No hubo tiempo de

amanecer porque el día se arrepiente. Cede el lugar a las

sombras.

Los bacantes no se inmutan.  No significa tampoco nada el

gris que decolora los palios y destruye las fuentes y derrite

los hielos y las nieves que llueven sobre nuestro decorado.

Ahora: no es de mañana ni tarde. No llega tampoco la noche.

El tiempo está detenido.  Es momento de recordar a los

muertos.

Un árbol atestigua el fin del tiempo, el fin del palio que

cubre nuestras florestas y que al caer, deshace la puesta en

escena.  Nosotros volvemos a ser nosotros y olvidados del

tiempo, pensamos que lloverá.

Desciende entonces –sin tambores, sin ritmos funerarios- un

viejo demonio. ¡De verdad! Es un demonio de pesadilla de

niño:  En sepia y verde de dolor y pasado y…   !Es típico!

y ha perdido de tal forma la sofisticación que se solaza en

su capa negra y sus alas enormes, sus patas de gallo y su

cola en punta de flecha. Parece un invitado, con otro

disfraz, pero su tamaño no niega que son otras sus

necesidades y por supuesto no ríe;  gime…

Es un demonio doliente, un demonio que llora. Sus músculos se

hacen visibles y en la medida que grita, se fortalece.

Sufre más que nosotros: mucho más. La gente en la fiesta se

calla un instante, se sorprende, se extraña, no tienen

carácter capaz de inmutarse.  Todo sucede al instante. El

dolor capta sus atenciones. Entre los pajes hay comunión y un

poco de miedo. Estar en el borde del tiempo, gemir, llorar

abandonados sin dios ni cielo.  Estiramos la línea y se eleva

una libélula que grita chismosa que no creemos:  que somos

paganos y tristes. Llorosos al borde del tiempo.

No pasa nada, no pasa nada.  El tiempo detenido tampoco pasa.

La gota en la garganta del viejo no pasa, el soplo en la vida

del niño muerto no pasa, no pasa tampoco la nota en el

instrumento ridículo del minimal;  hemos llegado al final del

tiempo…

Alguien comenta y vuelve la risa y el soplo constante del

músico exhala los inventos del dios griego, del profeta, del

fin del milenio y el inicio… del tiempo

Nadie se espanta. El demonio gime y nos maldice: Nada sucede. Tampoco ríe la libélula, ni la saliva se corta… Dejamos de ser los pajes en una pesadilla de niño y se revela La Verdad. Levanta el mal sus alas enormes; y llegan al cielo justo al momento en que son las siete y vuelve la noche sobre nosotros, para siempre. Toma a su niño que rojo se transforma en muchacho desnudo, azul, hermoso. Insultantemente hermoso incluso al lado de toda la mierda que comparece. En carácter de piedad, el demonio se eleva por encima de la bacanal y desaparece. Por entre ellos, no ha pasado ni siquiera la conciencia que atestigue los cambios de clima ni todos los prodigios. Caminando por entre nosotros, esquivándonos porque no existimos, todos beben y viven y cantan y chingan y nunca, ni por un instante se apiadan ni lloran ni gritan ni esperan ni mueren, porque nada podrá…

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes