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ALBERTO SE CONFIESA CON FLORIAN QUIEN COMIENZA A
ODIARLO. PERO LUEGO ALBERTO LE CUENTA POR PRIMERA
VEZ CÓMO OBTUVO LA VOZ Y QUE ANTES ERA GANGOSO Y
FLORIÁN VUELVE A AMARLO
Después de cenar, Alberto cruzó frente a La Virgen de las Tribulaciones. Aquel día tenía confesión y estaba preocupado. Sabía que Fabricio lo reprendería por haber llegado tarde a la CONFESIÓN vísperas.
Normalmente su hubiese detenido a rezar. No. Se sintió traicionado. No había icono ni jardín ni sitio, ni en Roma ni en todo el mundo capaz de darle la paz. No. No era la visión de aquella mañana. Alberto nunca había sido feliz. Sólo la música le había dado algo de paz. Igual le había abierto las puertas de este monasterio cuando llegó a roma. Porque claro, los jerónimos no lo hubiesen aceptado entre todos aquellos hermanos nobles, pero su madre, una griega necia como pocas lo trajo para entregarlo al convento y salvarlo de mendigar en las calles.
La Virgen de las Tribulaciones pareció mirarlo de lejos. Los tejados de Roma parecían incendiarse con el rojo de un sol que comenzó a descender. Alberto tuvo una extraña impresión, creyó escucharse a sí mismo. La voz venía del pozo. Era el sonido de todos aquellos muchachos con los que había aprendido a cantar cuando su madre lo dejó en este lugar que ahora, extrañamente ya no le parecía tan triste. Sus captores se habían alejado unos pasos porque creyeron que rezaría, pero Alberto ya no tenía fe. Las clases de teología se la habían quitado. Tal vez nunca la tuvo. A pesar de que se sentía en paz, estaba convencido de que todas las ilusiones humanas son vanas. Comenzó a llover. Era una lluvia delgada y fresca que casi no se metía por entre las pérgolas y los naranjales.
En cualquier momento vendría el hermano Fabricio a confesarlo. ¿Qué le diría? No quería confesarse con Dios, sobre todo porque estaba convencido de que era una patraña. No existían ni Dios ni el diablo, pensó. Lo único que había era el hombre arrojado en un jardín que cada día se hacía más amplio. Uno de los hermanos que pasó le regaló una manzana verde. Como la que le entrega a su niño La Virgen de la Tribulación.
Recordó la primera vez que la había visto. También en aquella ocasión había tenido un sueño profético. Se sentía atrapado. Era imposible pensar en cómo sería ese otro lugar alejado de la cabeza del mundo, de esta Roma que, estaba seguro, ya nunca abandonaría. De aquel pozo de la Virgen de las Tribulaciones emergía el sonido del sin-olvido. Aquí comenzaba su historia. No había nada antes, nada detrás. Pensando esto se fue aún más atrás en su memoria. Al día en que el ángel le regaló la voz.
—Despierta ——le había murmurado una presencia benigna—. Se cumplió el envío.
Alberto había sentido un pesar que lo dejó pasmado, temeroso. Una serie de voces como de pájaros se amontonaron en su cabeza. Junto a él, Hérctor que dormia en la cama. Se estiró inconsciente.
—Adán, murmuró el ángel—. Alberto abrió los ojos miró los ojos del ángel. Se perdió en ellos porque eran del mismo color violeta que los ojos de Dios.
En aquel tiempo no había música. Los ojos de los hombres estaban cerrados y todos éramos esclavos de la serpiente. La piel se nos iba cayendo en el desierto y no sabíamos de nuestra desnudez. En el valle, donde el campamento se extiende en focos de colores. Cuando la serpiente estaba a punto de destruir. Su madre rezaba a Dios. L o s gritos de los hombres en el valle se hicieron escazas y Farid como sabía que su canto se confundía con el canto del búho, comenzó a cantar. Por el puro placer de cantar grito de los chacales se fue perdiendo con el de los vendedores de esclavos. Madre e hijo se quedaron dormidos. Alberto cantaba en una corte que desconoce.
—Aquí no me llamo Eneas ¿Cómo me llamo?
—Eso —había dicho el ángel— es lo que tienes que averiguar.
El ángel echa a volar. Antes de volver al mundo de la conciencia, Farid soñó a Isaac el que sobrevivió al sacrificio. Estaba también un rey, el único rey de una enorme isla donde está el futuro del mundo. en una playa donde se pone para siempre se pone el sol. Habían nacido para estar unos segundos mirando los ojos. En el infinito de sus espejos había una guerra. Eran lo otro. Tú. Un pronombre que no puede ser dicho, Dios.
Fue después de ese sueño que su madre decidió llevarlo al monasterio. Abandonaron Bahía del Apóstol donde Elena rezaba aún al dios de sus ancestros. Tocó este lugar de la cara del hombre y aprendió a cantar. Y con su canto, se abrieron primero las bocas de todos los hombres y las mujeres del mundo y todos pudieron escuchar al Altísimo y al escucharlo pudieron verlo.
Los gritos de los hombres en el valle se hicieron escazas y Eneas (o Alberto) comenzó a sentir en la garganta una sensación que desconocía.
—Aquí no me llamo Eneas ¿Cómo me llamo?
—Eso es lo que tienes que averiguar.
El creador a través de su voz crea un mundo nuevo. El ángel echa a volar. Antes de volver al mundo de la conciencia. Alberto había soñado un sacrificio, una ciudad muy blanca al otro lado del mundo. El único rey de una enorme isla donde está el futuro del mundo. en una playa donde se pone para siempre se pone el sol. Habían nacido para estar unos segundos mirando los ojos. En el infinito de sus espejos había una guerra. Eran lo otro. Tú. Un pronombre que no puede ser dicho, Dios. Lo conducía hasta lo alto del risco desde el cual contemplaba el campamento del que había salido. Supo que estaba mirando por última vez a su padre yendo furioso por las tiendas coloridas como globos, buscándolos, a él y a Jemil. Miró a sus hermanos y el ángel soplaba en su oreja y le abría la boca para expirar en él la voz del desierto, el Espíritu, la Ruah.
—¿Por qué? —Preguntaba Alberto.
No debe ser tan mala la vida en el monasterio, pensó. Él miraba desde lo alto de la colina la redondez del mundo, mezclando el pasado y el futuro en un presente que en Roma le hacía creer. Cuando creía. El Pantócrator. Los mapas en la biblioteca de San Alessio. La localización del Paraíso. Gog y Magog, las ciudades míticas del Dragón y Eldorado y al centro, el árbol de la eterna juventud. Porque parecía un árbol, pero en realidad era una fuente que bañaba los ríos de todas las ciudades: Jerusalén y Roma, la Meca y una ciudad de garzas blancas. Cuando estaba a punto, supo que tenía que preguntar al ángel que le había regalado el don:
—¿Qué sucederá con mi madre?
El ángel había subido encima de él. Lo olfateaba como para besarlo. Y Alberto que en aquel entonces era un niño no se podía mover. Es un lunático, decían los mayores. Y sí, lo era. Un niño taciturno con rostro extraviado que, además, tiene una la voz gangosa de un idiota.
Cue entonces que volvió la madre junto a Fabricio quien en aquel momento le pareció un muchacho rubio de aspecto insignificante y moribundo. No debe haber tenido más de veinte años y a él me pareció un viejo. En la piel se le transparentaban las venas.
Elena le dijo que eran griegos, que venían a ver a Lionel. Fabricio, sin dejar de desgranar su rosario, los llevó hasta un salón amplio de paredes desnudas donde esperamos otro rato. Hasta que apareció Lionel. Los esclavos del monasterio trajeron sillas y se sentaron.
—¿Qué tienes para el monasterio?
—No tenemos dinero, pero acéptelo por favor.
—¿Sabes cantar?
Esta era la razón. Eneas lo había entendido. Supo que tenía que cantar.
—No —había dicho Elena—, no sabe cantar.
Lionel hizo una y mil preguntas y ninguna le pareció suficientemente buena como para tomarme bajo su dirección. Ninguna hasta que Alberto dijo:
—¿Sabe padre? El el infierno tenía miedo de mi voz.
Lionel soltó la carcajada. Lionel tenía concentrada su vista en el verde de los cipreses más allá de los ventanales. La Virgen. Entregaba a su hijo, un bebé apenas, una manzana verde. Lionel preguntó:
—Entonces, ¿sabes cantar?
—No sé cantar, pero cantar es una obligación ante Dios.
Fabricio pidió que se fueran, pero Elena no se movió. Lionel extrajo entonces de su sayo una naranja que comenzó a pelar muy cerca de su nariz. El olor agridulce picaba el hambre. Les dio un gajo a Elena y otro a Fabricio. Luego volvió a acercarse a mí y preguntó si quería. Yo le dije que sí, pero el me pidió, como condición para dármelo, una canción.
Así, a cambio de un gajo de naranja, Alberto comencé a cantar. Y cuando terminó, la madre le preguntó:
—¿Qué le ha pasado a tu voz?
Cómo explicar que La Virgen de la Tribulación, la misma que ahora me la quitaba, me la había dado.
Fabricio lo miraba sorprendido, mirando al suelo, como avergonzado. Fue la primera vez que Alberto admiró las pecas bajo tus ojos azules. Después de un silencio.
—¿Por qué cantas?
—No lo sé.
Alberto no iba a contarle la historia del ángel. Insistió y yo dije que había cantado sólo porque quería una naranja. Fabricio entonces interrumpió, dijo: el muchacho sabe cantar, prolonga las vocales y pronunciar con tanta delicadeza que es evidente, en la voz, en la cara y las manos que no estaba cantando palabras humanas. El maestro me pidió que opinara. Yo dije, arrogante, que por supuesto, que esas no eran palabras mías porque eran las palabras de Dios, eran los salmos transmitidas de generación en generación: de la boca del Ángel al oído del rey, bendito su nombre.
—¿Entonces por qué cantas?
—No lo sé. Porque cantar no sirve para nada, no compensa nada, cantar es un deber que tenemos con Dios.
Fabricio había llegado. Escuchó con desgano la confesión del monje, puso las manos sobre la cabeza de aquel muchacho y recitó lentamente una oración en latín para que la Virgen tuviera piedad de él y rezara por él ante el Altísimo. No le había pedido otra pena que arrepentirse de modo que, cuando Alberto se fue para ser entregado a su verdugo, esperó que hubiese podido cumplirla. Sospechaba que no. Alberto no era la clase de personas que se arrepienten. Al contrario. Durante la confesión había sospechado un rencor hacia todo lo santo que realmente le preocupaba.
El padre Lionel le había dado la orden de avisarle el destino que tenía para él.
—Ve hermano, acompáñame al jardín.
Alberto siguió a Fabricio por el huerto de las naranjas. Volvió a distraerse con el dulce olor de los jardines del monasterioaunque tuvo miedo de volver a ver la aparición, el cadalso frente a la Virgen de las Tribulaciones, pero éste no apareció. Los monjes llegaron hasta el icono y se sentaron junto al pozo.
Ahi le habló de lo que le había pedido el padre Lionel.
INÉS TAMBIÉN SE CONFIESA
* * * Lucía Cornero fue ese día y le dijo a su confesor se negó a perdonarla si no le decía todo a su esposo, a pero Lucía no lo hizo sintió que era un triunfo de su carácter. La atraía como nunca la mesa bien servida y los juegos de cartas se dedicó a rodearse de gente qué hermoso es este clima tenía tres años viviendo en esta encomienda
Su padre llamó a Farid, el oidor quiere verte. Estaba de mal humor. Pidió que fueran con él a Veracruz donde vería al oidor
Farid dijo que sí, vagamente lo recordaba.
Pablo fue con Pablo a Veracruz. Creyó que había cambiado su posición. Cuando caiga Tenochtitlan.
Cuando Lucía supo que estaría fuera de la encomienda unas semanas, se consternó tanto que estuvo llorando toda la tarde. Pablo le mostró que había en el vientre del muñeco una delgada línea roja.
—Ábrela —le dijo.
Era una prueba de amor.
Farid olvidó que su amor era fruto del despecho del deseo de ser otro.