Es Farid. Ahora se da cuenta. Es él el que grita y jala las
cadenas, se enreda en ellas sobre la cama, trata de correr a
la puerta, sube, escala la pared de madera, el piso sube con
él, sube más rápido, lo alcanza, se le pega a la cara, pero
no hay dolor ni pena aunque allá, a lo lejos escucha él mismo
sus gritos. La sensación del suelo le trae de nuevo el mareo
y luego el olvido. Desapareció el dolor.
Farid se arrastra en el piso. Se acomoda. ¿Mamá?
Abajo se escucha algo. Una voz. Es primero una voz muy
quedita que le susurra en la oreja. Es el hombre barbado, el
hombre de las hierbas y los filtros.
—Si te vas al infierno, Farid, acuérdate de Ibrahim.
Farid grita. De pronto se escucha claramente. De un
salto se levanta y arrastra la cama por toda la habitación.
—Tranquilízate, niño árabe. Van a venir a pegarte.
Gritos. Ahora todos son gritos y risas de Ibrahim que allá abajo murmura: —Parece que hueles la muerte, Farid.
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