F0065 · Había un problema, sin embargo. Un problema grave que tenía que…

Había un problema, sin embargo. Un problema grave que tenía que atender. La posibilidad de que un escándalo en la familia (una familia notoria en Castilla) pudiese echar el ojo sobre Inés y su pasado judío, sobre el pequeño Garci a quien era incapaz de pedir ni al rey ni al papa que lo convirtiese en un hijo legítimo a pesar de haber nacido fuera de matrimonio como podían hacer los grandes nobles del reino. Si Inés no fuese judía y si las leyes prescritas por Isabel no fuesen tan severas, Luis Méndez de Sotomayor podría, con toda facilidad tramitar la legitimación de Garci como su hijo legítimo, como su único heredero. Tienes que ser muy cuidadoso, se dijo el marqués. 

El problema era, claro que un escándalo en la familia, una familia tan notoria como la suya podría atraer el ojo sobre Inés y sobre esta niña, la pequeña Isabel y su pasado judío. Entonces el certificado de pureza de sangre no podría concedérselo ni el papa. Si Inés no fuese judía y si las leyes prescritas por la reina no fuesen tan severas, Luis Méndez de Sotomayor podría, con toda facilidad tramitar la legitimación de la pequeña Isabel. 

Tienes que ser muy cuidadoso, se dijo el marqués. Tienes que irte con pies de plomo en la venganza contra María y el músico de Jorge. Para comenzar tenía que permitir que el encuentro de los amantes tuviera lugar. 

Que Alberto y María, en efecto, se encontraran algo que, estaba convencido, sucedería muy pronto. Y tenía razón. Imaginó el escarceo amoroso entre su esposa y ese músico italiano que tenía todas las características del chichisbeo, del amante por conveniencia: de facciones finas y un hablar afectado. 

Los imaginó haciendo el amor y sintió por primera vez un extraño deseo por su esposa. Era un placer que se mezclaba con el dolor de sentirse engañado, utilizado, Con el paso del tiempo todo le pareció insufriblemente gris con excepción del amor adúltero que sabía que estaba por tener lugar. 

    Y Alberto caminaba hacia su propia destrucción con el mismo gusto con el que su hermano de logia esperaba cogerlo in fraganti, pensando que por primera vez se le presentaba la oportunidad de vivir realmente, de aprehender la manzana de la liberación de la que tanto se había hablado en las reuniones de la Casa de Dante. 

Era la posibilidad de aprehender una historia de apariencia sutil que, sin embargo contenía en sí misma la historia entera del ser humano. En la historia del hombre que sabe que va a perder el honor y quizá la vida por el amor de una mujer está contenida, se dijo, toda la sabiduría del mundo.

***

La marquesa despidió a sus acompañantes y le pidió al cantante que se sentara con ella. Cuando él lo hizo, ella le preguntó alguna cosa. Las palabras habían dejado de importar; era el momento de los gestos. ¿Acaso sentirá lo mismo que yo? Descubrió encantada que no le importaba en absoluto. Y es que en eso justamente estribaba el sentimiento con el que la había envenenado Alberto, su ángel exterminador, su ángel de la destrucción. Deseaba hacerse con él. Y no le importaba destruirlo. Ni destruirse a sí misma. Ni destruir a nadie más. Me lo merezco, murmuraba, y venían a su mente las muchas humillaciones que había sufrido de su marido. Cuando se movió, el arete de perla cayó. Y él lo recogió, pero ella le cerró la mano. La besó y le dijo. Te lo regalo. Era la comunión de la complicidad.

***

Alberto y la marquesa que dice que Alberto la sedujo para que lo maten

Cuando volvieron a verse, Alberto y la marquesa; ella estaba como ambos deseaban: sola. Lo pasó al salón de su alcoba. No había nadie en la casa. Alberto la detuvo un instante y ella lo miró a los ojos. Él estaba temblando. María de Solier lo miró a los ojos. Sonrió. Se lo permitió juguetona y luego, como si hubiese sido un error, apartó la mano y se dio la vuelta sonriendo como una niña.  Sin que Alberto hubiese podido darse cuenta, era ella quien lo estaba seduciendo. Y él, tan infantil, se creía un seductor de novelas caballerescas. Fue ella la que produjo el extraño silencio que se hizo entre los dos y que, lejos de ser incómodo, parecía acompañar lo que estaban sintiendo. Era el silencio de la complicidad. Finalmente Alberto se inclinó frente a la duquesa y lanzó un suspiro. Extrañamente se sintió avergonzado. Su cuerpo comenzó a incomodarle. Y se fue. María de Solier lo miró irse por el patio y, cuando finalmente caminó hacia su habitación, pensó en lo que podría suceder con aquel muchacho en caso de una infidelidad. Sería más que el deshonor. Por su parte Alberto, inconsciente del peligro que lo acechaba, pensaba que las novelas le había servido de alguna cosa. Le habían dado el coraje para superar las diferencias entre sus condiciones. Y comenzó a desear más. Con aquel instante que había mantenido la mano de ella, casi a su pesar, Alberto había ganado, según imaginó, una primera escaramuza de amor. Y sin embargo, ¿había sentido miedo? A pesar de que se había comportado como un tonto, como uno de los pescadores de su pueblo en Chipre, sonrió. Y ella sonreía también. No le importaba lo que sucediera con ese hombre, acabar con toda la hipocresía. Eso era lo que ella estaba deseando. Nadie, en esa casa en la que se hablaba de Colón y de los nuevos mundos, quería darse cuenta de su propia tristeza e insatisfacción. Esta nueva forma de amor, se dijo, es el amor verdadero. No. No era el amor del que le habían hablado ni su madre ni sus nanas ni el cura en los sermones del domingo. Era eso que había sentido, esa discreta incomodidad, ese silencio en el aire, el golpe en el estómago que producía, sí, curiosidad pero culpa. Más placer que vergüenza. 

Así, ella, que era la auténtica seductora, decidida a investigar lo que estaba sintiendo, recordó a Petrarca. Lo había leído aburrida, pero ahora se daba cuenta de la certeza de todo lo que decía. Entendió incluso a su marido que todos los días se encontraba con su amante, para regocijo de toda la ciudad. Se hacía ver además con aquella pequeña bastarda que todos conocían en la ciudad. Pero el beso de Alberto le daba la posibilidad de cambiar los planes de su marido. Era necesario, sin embargo, evitar un juicio de adulterio. Esto no era la Italia libertina y libidinosa; aquí no se cantaba, como en el sur de Francia, al amor prohibido y vulgar. Esto era el reino de Isabel. 

—Un juicio, puedo ser llamado a juicio por la Santa Hermandad —se decía Alberto en voz alta.

No le importaba cambiar su destino. Y el hecho de estar convencido de que no había nada al otro lado del mar de la vida, hacía que esta aventura le pareciera profunda la ilusión que antes le producía la posibilidad de seguir a Bernardino en sus aventuras marítimas le parecieron banales. El mundo, después de todo, se había engrandecido tanto que sería imposible recorrerlo todo. Y el que había en su interior era mucho más profundo y misterioso. Se miró en el espejo y se dijo:

—He de volver a besar su mano.

La sostendría y la miraría a los ojos. Se probó el sombrero de plumas y recordó a Ficino y a los humanistas. Esto era el amor. Lo había aprendido también de los trovadores romanos; era la locura de Rodrigo Martínez; el amor de Roma la libertina. Y no podía imaginar que en él se mezclaran el miedo y el deseo; la calma suave de una auténtica pasión. Había amado a Fabricio, sin duda. Había amado también a la gitana que muchos años atrás le había abierto las piernas en Roma. ¿Era eso amor? Lo era, pero no tenía ni la claridad ni el ímpetu de este amor que le movía no el sol ni las estrellas sino algo mucho más real: sus entrañas.

***

El Ángel Exterminador

A María el descubrimiento de esta clase de amor le había abierto los sentidos. Sobre todo un sentido que antes sólo había servido para molestarla: el olfato. Ahora se encontraba descubriendo el aroma del jardín y el huerto. Le molestaba el olor que dejaba su marido en la habitación en la que se refugiaba de ella. ¿Olería mal? Se preocupó con esta idea. Tal vez ella misma no olía del modo que debiera quien debe producir placer y deseo. Esta pregunta le hizo descubrir una nueva cara del amor que se estaba permitiendo investigar: la inseguridad, el dolor. Pensaba en ello frente al hogar de la chimenea, con los perros falderos retozando cerca de sus pies. Olía a madera y al sudor de sus perros. Nunca había sido tan sensible al olfato. Ni siquiera cuando quedó embarazada efímeramente del marqués. Había abortado, estaba segura, porque no amaba ese niño que había comenzado a crecerle en las entrañas. Todo mundo la había compadecido, pero ella estaba convencida de que Dios la había ayudado a deshacerse de él. Se lo había llevado al limbo, el lugar al que pertenecen. “Es un niño” había dicho la matrona que atendió la hemorragia que terminó en un aborto. Mejor así. María de Solier estaba segura de que nunca podría amar a un hijo que poco a poco se parecería a su marido, que olería a él. ¿Olería a él? Recordó que en aquellos primeros años de matrimonio también se le había despertado inusualmente el sentido del olfato, pero sólo para hacerla sufrir.

    Alberto por su parte, era metódico. Había desaparecido de la vista de la marquesa para saber cuándo asestaría el siguiente golpe. El sonido de la tiorba de Farid quien siempre estaba tocando y cantando, incesantemente, lo animaba. Tenía que tener la voluntad del castrado, la voluntad del cantante virtuoso que no deja nunca de practicar. Por la mañana, con la misma disciplina con la que antes caminaba por el monasterio, rezando, iba y venía pensando en la vestimenta que usaría para conquistar esta presa de amor. Porque desde que había vuelto a usar la ropa del monasterio había llegado a la conclusión de que lo hacía verse más infantil.

Ella también había comenzado a pensar en su aspecto de forma inusual. Se miraba en su propio aspecto y se teñía con un poco del carmín que le traían de Florencia, se acomodaba el cabello detrás del arete de perla y más que pensar con amor en Alberto pensó en su esposo con desdén. Entró una esclava joven para ayudarla a vestirse y María le habló por primera vez:

    —¿Piensas que soy hermosa?

    La muchacha, que no tenía ni quince años, enrojeció. Pero finalmente levantó los ojos y con una voz próxima a la adoración respondió con una voz que no dejaba duda con respecto a su sinceridad:

    —Muy hermosa.

    La pequeña esclava continuó viendo a su ama con devoción y ella entonces recitó parte del libro prohibido que estaba leyendo: que el amor es un libertino, el ángel exterminador. 

—Mientes —dijo ella. 

Y sí. Mentía. ¿Cómo iba a pensar esa muchachita que no llegaba a los quince años que esta mujer podía ser hermosa? 

—Levanta los ojos —ordenó la marquesa—. Dime la verdad.

—Eres muy hermosa señora.

—Haces bien en mentir. Mentir es la virtud del esclavo.

Le ordenó que se retirara y luego pasó toda la tarde leyendo historias en que el amor es libertino y un ángel; pero un ángel exterminador. Uno que acaba con todo. Lo que será y lo que ha sido. Es un destructor que lanza por tierra el pasado, el futuro, que sumerge de golpe a hombres y mujeres en lo único que de verdad existe, el presente que es el tiempo de Dios. Cerró los ojos y recordó a Alberto que le besaba la mano. Reconstruyó con todo detalle el roce en la piel. Alberto, ¿volvería a hacerlo? No había nada casual en la forma estudiada en que el monje se había inclinado y había rozado con sus labios el dorso de la piel. ¿Podría ir más allá? Se recostó sobre la cama y dejó de lado el poemario que estaba leyendo. Su vida tenía sentido y todo de pronto le pareció muy hermoso y más allá de la ventana, se metió el sol del atardecer. Le cosquilleaba el cuello. 

Que el amor acaba con todo lo que ha sido y lo que será. Que el amor es un destructor que lanza por tierra el pasado y el futuro y nos sumerge de golpe en lo único que de verdad existe: el presente que es el tiempo de Dios. La pequeña esclava de ucrania se inclinó y tomó la mano de su señora. Se la besó y salió apurada, segura de que merecía un castigo por haberse atrevido. Pero no. María estaba lejos de pensar en castigos. Era la segunda vez en esta semana que le besaban la mano así, tocándole la piel y no simplemente inclinándose por cortesía. Alberto, estaba segura, volvería a hacerlo. No había nada casual en la forma estudiada en que el monje se inclinó y tocó con su labios el dorso de la piel.   Pensó más bien en cómo lo recibiría, en como se concentraría en aquel único presente: ¿sería capaz de ir más allá? Sonrió. Se lanzó nuevamente sobre su cama feliz como no estaba en mucho tiempo. Su vida había adquirido sentido y todo, de pronto, le pareció muy hermoso. Y aunque pensaba en el futuro, pensaba en lo que sucedería después de que Alberto le besara la mano por segunda vez atreviéndose a tocar con su labios el dorso de la piel, también se permitió, desde su cama, mirar más allá de la ventana, el patio donde una luz gris anunciaba que había comenzado a atardecer. Todo el pasado y el presente se concentraban en aquellos últimos rayos de luz. Era feliz anticipando, pero el futuro no le preocupaba ni le avergonzaba. 

    —En efecto —se dijo—. El presente es el tiempo de Dios.

Sintió un cosquilleo: era como si sus pensamientos hubiesen cobrado forma material y cosquillearan bajando desde el arete de perla que parecía besarle el cuello y bajara por su seno hasta el vientre que había comenzado a sentir deliciosamente cálido. ¿Es amor lo que estoy sintiendo? Se preguntó. Debe ser. El amor de los romances franceses e Italianos que la Santa Hermandad se apuraba por confiscar. El amor de los trovadores, el verdaderamente inmortal porque hace del presente del amante todo lo que existe y anula pasados amores y futuras consecuencias. Y aunque nunca nadie le había hablado de esa clase de amor, supo reconocerlo. Era, claro, el amor del que hablaba el adorable esclavo de Isaac cuando tañía el laúd. Era el amor del que nadie le había hablado seriamente. Del que había aprendido aquí y allá hecho jirones, escuchando chismes de esclavas que enrojecían en cuanto la veían entrar en la cocina o en canciones que llegaban de Nápoles y que algún insensato cantaba en la plaza del mercado. Nadie le había prevenido contra este amor que de pronto le daba sentido a una vida en la que hasta hace unos días la había hecho sentirse tan insatisfecha, tan inquieta, tan infeliz. Porque, qué cosa extraña. Se sentía feliz e infeliz al mismo tiempo. Triste y contenta. ¿Cómo era eso? No deseaba otra cosa que volver a ver al monje del delicioso acento italiano. El monje de cara de niño. El muchacho frágil que se había consagrado a Dios y con el que ahora mismo deseaba pecar. Soñando, en cualquier otra situación se habría dormido, pero esta clase de amor llena de energía y de ganas de explorar, de vivir, amar hasta la destrucción: de su marido, de ella misma, del monje y de su marido. Que todo se vaya a la mierda, se dijo y se levantó para ir a cenar. 

En Alberto también cosquilleaba el cuello. Sus pensamientos parecían haber cobrado forma material y descendían por su sien. ¿Es amor lo que estoy sintiendo? Se lo preguntó una y otra vez, como maravillado de la respuesta. Lo es. Nadie me ha hablado de ello, pero todos lo podemos reconocer. El amor de quien hacía sonar el laúd y quien cantaba. Nadie lo había prevenido. ¿Quién podía hablarle de las volubilidades de este ángel exterminador? En poco tiempo se sentía triste. Porque, descubrió Alberto, este sentimiento lo hacía sentirse feliz e insatisfecho, triste y completo. En efecto, era feliz e infeliz al mismo tiempo. ¿Cómo es este prodigio? No deseaba otra cosa que volver a verla. Y ella no deseaba otra cosa que verlo. Ver la cara de esa mujer que todos llamaban vieja y cuyas carnes le producían tanta curiosidad, cuyo olor penetrante le fascinaba. Y ella quería volver a ver la cara del niño monje cuyas facciones se le escapaban. El monje que se había consagrado a Dios pero que ahora deseaba pecar. Pecar y amar hasta la destrucción. La destrucción de Jorge, de su marido, del futuro. Que todo se hunda. Se dijo la marquesa. Que todo se acabe, pensó él. Y ambos se levantaron para ir a cenar.

     Cuando, sentada a la mesa la muchachita ucraniana le servía completamente recompuesta de lo que había sucedido se preguntó si ella también sentiría lo que sentía ella misma. No le importó. Justamente en eso estribaba el sentimiento con el que envenenaba este ángel de destrucción. No le importaba la perdición de nadie. Le importaba su propio placer y caminar lo más rápido posible al desenlace de lo que acababa de comenzar. 

El arete de perla volvió a tocar su cuello. Y ella volvió a imaginar que él la besaba. Su marido, el hombre que le había dado este arete, ¿la había amado? Descubrió sin sorpresa que todo lo que había hecho hasta entonces era por interés, no por placer. Se habían casado por el tamaño de sus haciendas y sus apellidos, no por ese amor que era como un beso en el cuello. Tocó el arete de perla. Sintió por primera vez lo hermoso de su consistencia e incluso, por vez primera, le resultó simpática la idea más extravagante que había escuchado.

Que su marido, que tanto dinero estaba haciendo con la guerra en África, con los tejedores de Toscana y con las tierras en Italia quisiera ahora irse al otro lado del mar a buscar perlas. El miso ángel exterminador que murmuraba en la oreja de Alberto murmuró ahora en la oreja de María Solier.

María de Solier tocó el arete de perla. Sintió lo hermoso de su consistencia. Le resultó simpático su marido ahora que había descubierto en ella misma algo similar a él. Y entendió que estuviese interesado en esta absurda idea de ir a buscar perlas al otro lado del mar. 

    —Me llevaré conmigo todo el honor del marqués. El de toda la familia Méndez de Sotomayor. 

    El ama se rió para sus adentros. Los sirvientes se miraron y la muchachita ucraniana bajó los ojos. Era inusual que el ama, cuando cenaba sola, se sintiera de buen humor. Pero lo estaba. Porque se había convencido de que más valía el placer efímero de lo que aquel pequeño monje estaba buscando que el celibato matrimonial que proponían los moralistas. 

    Alberto estaba a punto de salir a rezar las vísperas en la capilla. Decidió, sin embargo, caminar por los jardines que conducían a los huertos de manzanas. No rezó, por supuesto, pero algo de su educación conventual se manifestó incluso en esta hora en la que se había decidido, a costa incluso del ridículo (que era lo que más le dolía) a expresarle su amor. Ahora mismo no le importaba si ella lo rechazaba. Se dijo pues que toda clase de premios, terrenos o celestiales requieren de sacrificios. Y él que nunca había sido amante de los sacrificios, por primera vez se convenció que en sacrificarse al menos un poco estribaba la posibilidad de cualquier triunfo. ¿Qué clase de sacrificios pedía este dios o este diablo al que acababa de conocer? ¿Qué clase de sacrificios necesitaba este exterminador? 

Era importante pensarlo pues en ello radicaba la posibilidad de cualquier triunfo. Pensó en dejar de comer, en no utilizar sal, en moderar el vino. Todo ello, se dijo, me llevará hasta su lecho. 

Volvió así una suerte de ascesis que, en aquel momento fue incapaz de darse cuenta, estaba relacionada con la ascesis del monasterio en el que vivió el final de su niñez y el inicio de su adolescencia. La finalidad, por otra parte, no era muy distinta: buscaba la unión. Si los hermanos en Santa Sabina querían que Alberto uniera su alma y su cuerpo con Cristo, Alberto ahora quería unir su alma y su cuerpo con la señora de Solier de modo que, luego de una semana de penitencia, como si se tratara de un retiro, recibió con calma pero devoto, la llamada a la sala de música de la marquesa donde ella, con la simplicidad de un ceremoniero le pidió que cantara una canción. Alberto pidió un laúd y como él no tenía la maestría necesaria en estas artes la señora del Carpio ordenó también que viniera Farid. En el salón se detuvieron las sirvientas y las invitadas de la marquesa lanzaron un suspiro cuando, luego de una breve improvisación Alberto entonó una canción de Juan Encina  que hablaba, claro, de las penas de amor. La historia de aquella triste España sin ventura se transformó en la imaginación de todos en la tristeza del amado que no encuentra a la amada en un huerto cuyo aroma dulce penetraba el salón de la marquesa que lo miró con tanta devoción que Alberto se dijo que había llegado la hora de la comunión; la hora de cobrar por todos los sacrificios que había vivido. Fue así que llegada la tarde, la buscó en los pasillos, cuando él sabía que estaría sola. Le preguntó primero que si le había gustado a sus amigas el pequeño concierto de la mañana y ella, bajando los ojos, más por coquetería que por sencillez de espíritu, dijo que sí. Cuando los levantó, se encontró con los ojos de Alberto quien, a pesar de no haber hecho algo así nunca en toda su vida, supo que había llegado el momento y le dio un dulce beso en la boca que olía a piñón.

***

El descubrimiento del amor

Levantó la mirada hacia el ábside. Ahí estaba, con ojos grandes y negros, un hermoso hombre barbado. El Pantocrator. Lo miraba culpándolo. Pero, ¿de qué? Ni siquiera crees en Dios, Alberto, se dijo. Estás convencido, con la gente mas inteligente del mundo, que no hay otra cosa en esta tierra que lamentos y placer. No hay otra cosa que este ensueño en el que puedes, o no, apoderarte del cuerpo de la marquesa. Todo lo otro en realidad carece de importancia porque no existe y sin embargo… en los ojos del Pantocrator en aquella iglesia que de un modo extraño, le recordaba su infancia pensó en su infanca, en el niño que todo lo miraba en el monasterio de los dominicos, los dueños de Roma, los que desde Santa Sabina se ocupaban de la alta política del Santo Padre. Entonces por alguna extraña razón pensó que no sólo deseaba poseer a la marquesa del Carpio, no sólo deseaba demostrar a su marido que era más inteligente que él, que toda esta idea estúpida de “hermandad de logia” no significaba nada, ni siquiera un juramento. 

Quiso tener poder. El poder de penetrarla. Algo extraño porque nunca lo había hecho. Asimilar el poder sexual con el poder político, con la capacidad de poseer, de tener lo que siempre había querido, de ser lo que siempre había querido, pero en este momento extraño, en su habitación a oscuras lo deseó. Se imaginó no sólo conquistando a una noble, el que era un don-nadie, conquistando a una mujer de antepasados gloriosos, él que no conocía ni siquiera a su bisabuelo. Se imaginó pudiendo cambiar el orden político de las cosas, pudiendo manipularlo todo a su placer para ser capaz, ahí debajo del Pantócrator de ser Él, de ser un Dios que mira a los humanos como si fueran poco más que gusanos. 

Sintió por primera vez en su vida el verdadero placer sexual, estaba anticipando lo que significa la posesión. No la posesión de un cuerpo, sino la posesión de una alma. Se imaginó siendo capaz de terminar con el honor de todos estos nobles españoles de maneras vulgares y estudiadas. No podía saber que la marquesa lo deseaba también y que entre los dos estaba a punto de comenzar una batalla para saber quién de los dos en el placer sexual era capaz de destruir al otro porque la batalla de los amores, a uno y otro lado del mar era la misma.

La batalla por apoderarse del otro y llevárselo todo, llevarse su cuerpo, su honor y su placer, llevarse sus creencias, su pasado y su futuro. Eso era lo que estaban maquinando los dos, la marquesa del Carpio y un joven músico chipriota que sin embargo se había entrenado en pensar como un gnóstico, como uno que se imagina que a Dios se le manipula con el deseo, con el pensamiento. 

Salió de la Iglesia. No sentía miedo pero tampoco deseo de otra cosa que no fuese ganar esta batalla en la que sin querer se había embarcado. Recordó que pronto, en octubre, viajaría con Isaac al Nuevo Mundo, sus permisos estaban listos. 

Cuando se encontró lejos, pensó en Inés. Y por primera vez tuvo la convicción de que lo deseaba. Lo deseaba tal vez con más simplicidad de aquella con la que deseaba a la marquesa porque si hubiese besado a Farid cuando estaban en el hammam —pensó—, no sentiría otra satisfacción que el beso mismo. Si se hubiese atrevido a tocar al esclavo, si se hubiese atrevido a besarlo (era tan fácil, después de todo era un esclavo y nada más) no sentiría otra cosa que una satisfacción que se doblaba sobre de sí misma. 

Tuvo miedo de sí mismo. Porque pensó que ahora, a punto de entrar en la batalla  sintiendo en la posibilidad de sentir 

Lo que estaba sintiendo en la posibilidad de enamorar a la marquesa del Carpio se movían cosas mucho más complejas y extrañamente ajenas al placer a sí mismo, cosas que, por decirlo de alguna forma, pertenecían a otra clase de placer, un placer quizá más intenso.

Tendría que pensarlo, pero tenía la impresión de que si lo hacía, de que si se ponía a pensar en lo que ganaría y en lo que perdería haciendo el amor a la marquesa terminaría por convencerse de que era mejor proponerse una suerte de amor platónico con Farid. 

Un amor como el que sentía hacia Fabricio, pero él, Alberto, estaba fastidiado de aquello, él necesitaba un amor real, algo como lo que había sentido con la muchacha gitana en aquel hammam que conoció en Roma. Y no le importaba llevarse consigo el honor y la felicidad, un amor de esos que lo exterminan todo como un diluvio, un castigo cósmico porque tienen origen en una transgresión que también es cósmica; un diluvio que en uno de los orgasmos que había soñado limpiaría por completo todas las diferencias entre él, un sin nombre y la marquesa de Solier. Se sorprendió a sí mismo pensando en aquello de la transgresión pues él, evidentemente ya no creía en eso y aquella tarde en que entró a la iglesia fue la última vez que lo hizo.

Mientras caminaba de vuelta hacia la casa de sus huéspedes, pensó que estaba cansado de amores de romance, amores de libro, lo que él necesitaba era justamente uno de esos amores que siempre prohíben los directores espirituales.

 Porque los directores espirituales —pensó— siempre están equivocados, entre muchas cosas porque no existe otra cosa que la materia, el estar aquí y sufrir aquí, el desear aquí y ser humano justamente por todo lo que uno es incapaz de compensar, alcanzar, completar. Con destruir el futuro de la marquesa, se dijo Alberto, me conformo. 

Aquella tarde caminaba meditando por la casa del marqués del Carpio cuando sin quererlo se encontró de pronto en el jardín trasero, el de los grandes árboles milenarios, el jardín de la privacidad y la confianza. Ahí la vio. Y encontró algo que nunca había visto.

Miró a una mujer feliz, a una mujer que con sus amigas jugaba a la baraja, una mujer que reía y que tenía en la mejilla ese hoyuelo que ahora mismo le parecía tan perverso. Perverso porque lo señalaba a él y a todos sus deseos: él la deseaba tanto y ella se estaba riendo. ¿Se estaba riendo de él? Evidentemente no. Evidentemente se estaba riendo de otra cosa porque estaba pensando en otra cosa y justamente esto era lo que resultaba tan ofensivo ahora mismo, él, Alberto, había  estado pensando tantas cosas.

Había pensado conjuras, había pensado en la hermandad de la Casa de Dante y había pensado en la imposibilidad de ser hombre sin ser capaz de seducirla, pero ella pensaba en otra cosa. 

No importaba en el fondo lo que él pensara, ella era feliz. Era feliz sin tener en cuenta todos los paseos que frente al mar él hubiese tenido. A ella no le importaba que se hubiese contenido y hubiese mirado a otra parte cuando Inés, la pequeña prostituta en el puerto le abría con sus ojos las puertas de un placer real, tan real como el orgasmo que imaginaba desde que era el monje de Santa Sabina. Todo el tiempo y todo el espacio, se dijo, me han traído hasta aquí, hasta este punto en el que soy capaz de testificar que, en efecto, quiero llevarme todo el honor de los marqueses del Carpio, pero no me importa de ninguna manera que mi honor y mi carne muera también. No me importa lo que suceda, se dijo: he de besar su mano.

María levantó su mirada. Y se encontró con la de él quien se inclinó y se echó para atrás. Estuvo a punto de perder el equilibrio, dio la vuelta y casi se fue corriendo. Ella suspiró y volvió al juego con sus esclavas. El sol le pareció fresco como una naranja. Se disolvía detrás de las nubes. Pensó en lo que acababa de ver. Y se sintió entristecida por su destino. Su matrimonio la hacía muy infeliz. La gente murmuraba de los dos. Y es verdad que la gente siempre murmura, se dijo, pero el hecho de que a su esposo lo acusaran precisamente del crimen negando, le producía una inquietud que le daba golpes en el estómago. En cuanto a la amante. Inés había acompañado a su marido a Roma donde probablemente habían buscado el medio de legitimarla, porque todos sabían que ella era una judía. Y en Roma podría pasar visto que se había convertido, pero en la España de Isabel no. Ser judía comenzaba a ser un crimen peor que el adulterio. Sonrió. Acababa de ganar. Ese muchacho le había dado la clave.

***

Alberto y María

Pasado el tiempo, llegó la ocasión y Alberto al saludar a la marquesa mantuvo la mano de ella entre las suyas un poco más. Ella lo hizo sonriendo y lo permitió juguetona, mirando a los ojos de este músico que de pronto le pareció un niño juguetón. Se miraron a los ojos y se hizo un silencio. Un extraño silencio que no era incómodo. Era, tal vez, el silencio de la complicidad. 

Entonces Alberto se inclinó sobre la mano de la marquesa y le besó la mano. Ella, que había sido tomada por sorpresa, lanzó un suspiro. Aún lo miró otro rato y luego, con una sonrisa vergonzosa se despidió como si no supiera ya qué hacer con un cuerpo que había comenzado a resultarle incómodo. Alberto, aunque se sentía igualmente extrañado, no se movió. La miró irse por el patio y pensó, cuando finalmente comenzó a caminar hacia su habitación que las novelas de caballería después de todo habían servido de algo. 

Le habían dado el coraje para superar la diferencia entre sus condiciones, la de un músico y una mujer noble a quien cada día, por orgullo, comenzó a desear más. Con aquel beso en la mano, Alberto había ganado, según se dijo, una primera escaramuza de amor. La guerra había comenzado. Por su parte, María, cuando volvió a su habitación, se sintió e avergonzada de sí misma. ¿Había sentido miedo? Sonrió a pesar de que sentía que se había comportado como una tonta, como una joven campesina que había sido encontrada fuera de lugar cuando en realidad este juego era exactamente lo que estaba deseando. 

Para acabar con su marido, con la hipocresía de esta casa en que se hablaba de toda clase de descubrimientos pero en la que nadie era capaz de mirar su propia insatisfacción. Esta nueva forma de amor pecaminosa, se dijo, era el amor verdadero, no el amor del que le habían hablado su madre y sus nanas antes de meterse en la cama del marqués, no el amor del que hablaba el cura en los sermones del domingo. Era este golpe en el estómago que había que investigar y que indudablemente le producía más curiosidad que culpa, más placer  que vergüenza.

Decidida, pues a investigar lo que sentía, comenzó a recordar los libros que había leído en sus tardes de aburrimiento, las tardes en que sabía que el marqués se encontraba con su amante y engendraba aquel pequeño bastardo que todos conocían en la ciudad de Sevilla. Aquel beso le había dado la posibilidad de cambiar inesperadamente los planes de su marido. Existía, claro, la posibilidad de que hubiera un juicio. Esto no era Itala, la libidinosa, aquí no se cantaba, como en el sur de Francia, al amor prohibido y vulgar. Esta seguía siendo la nación de Isabel la Católica, por más que ahora lucharan por Castilla el veleidoso Fernando y su hija loca. Loca porque creía también en esta clase de amor que ahora la marquesa de Solier estaba dispuesta a investigar. 

Y él pensaba lo mismo. Terminaré en la horca, se decía, pero no importa cambiar mi destino. La ilusión que antes le producía viajar al Nuevo Mundo ahora le producía miedo. El mundo, después de todo, se había engrandecido demasiado, según se supo en las juntas de Toro y Burgos. No sabía si esto lo estaba haciendo para destruir los planes de Isaac o los suyos propios porque a pesar de que podía terminar en la horca, a pesar del miedo a la Santa Hermandad y a la inquisición, Alberto se dijo mirándose en el espejo: he de volver a besar su mano. Debo sostenerla un poco más. 

Se lo decía mirándose frente al espejo de azogue y probando un sombrero de plumas que cubría la tonsura. Tampoco él sabía de esta clase de amor por otra fuente que no fuese los sermones del padre Lionel. Había aprendido de él en los libros de Ficino y en los libros de caballería. Lo había imaginado escuchando a los trovadores pecaminosos de Roma, la libertina, pero no había pensado que al mismo tiempo pudiese producir tanto miedo y tanto deseo. Le habían dicho que el amor entre hermanos le producirá todo el amor de su vida. Era falso. Había amado a Florián sin duda y ahora amaba al pequeño esclavo que le había enseñado a sobrevivir en la casa de Dante. ¿Era eso el amor? Sin duda. Era la clase de amor que enseñaba Jesús, pero ahora, el monje, mirándose en el espejo con este sombrero de plumas pensaba: es amor, sí, pero insuficiente.

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Inés reza por su hijo

De vuelta hacia su casa Luis Méndez de Sotomayor se detuvo en una iglesia y se bajó porque quería rezar.  Y rezó, primero, por sí mismo. Luego se dio tiempo para repasar a cada uno de sus hijos. Garci el mayor. Esperaba que se hubiese salvado, que hubiese llegado a un lugar mejor que este. Isabel. La pequeña Isabel, con sus ojos negros y Luis. Les deseaba todo el bien. Pero si a alguien amaba era a Beatriz porque a pesar de todo lo sucedido, se había mantenido leal. Por ello el rey Enrique había hecho bien en ordenarles que para solucionar el problema que había iniciado su hijo, ella fuese la heredera. Isabel, la hija que había tenido con Ines. Tenía que protegerla. Los certificados de pureza racial no había podido conseguirlos. Lo único que podría tratar de conseguir era un matrimonio que limpiase su sangre. Pensó en los Fernández de Córdoba. Le debían favores. Y dinero. Durante un instante maldijo la hora en que se había enamorado de una mujer judía, pero pronto desechó esa idea. 

Porque amaba a Inés. Además, ¿se había convertido? Esto era tal vez el amor. Luis Méndez de Sotomayor, Séptimo señor del Carpio, de Morente y otras villas, él que había sido consejero de Juan II desde que era muy joven, que había conseguido navegar durante la guerra de sucesión, que había conseguido agradar a Enrique IV, había sido vencido por una muchacha judía antes de que ser judío fuese tan peligroso. 

Afortunadamente había conseguido apoyo de estos monjes de la Rábida. Ello le había permitido un rápido tránsito hacia el nuevo gobierno. Era inútil pedir a la reina que protegiera a su hija. Tal vez, sin embargo podría encontrar un modo de relacionarla con los Fernández de Córdoba. Durante un tiempo le habían venido a la mente la idea de falsificar un certificado de pureza racial. Pero él quería algo más seguro. Entonces lo vio. Lo vio cuando pasaba fuera de la iglesia, cubriéndose con el sombrero. Era Alberto, ese músico que habían traído de Roma con la corte de Jorge el griego. no confiaba en él, pero ¿en esta generación perversa en quién podía confiar? En nadie. Sin duda, pero en aquel músico mucho menos. 

Antes de la llegada de Jorge con este muchacho, su vida había sido normal. Con las preocupaciones de siempre. María de Solier era una enferma de celos, pero él era feliz con su amante y su pequeña hija Isabel que no debe ser confundida con Isabel de Montemayor a quien tengo en mi árbol genealógico, pero que no creo que sea pariente mía pues está registrado una fecha de nacimiento anterior al de su supuesta madre Inés quien bien pudo haber sido judía y cuyas fechas coinciden muy bien en el sentido de que era mucho más joven que Luis Méndez con quien no se casó según el libro de Flavio Rivera, Genealogía de la familia Montealegre.

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Había un problema, sin embargo. Un problema grave que tenía que atender. La posibilidad de que un escándalo en la familia (una familia notoria en Castilla) pudiese echar el ojo sobre Inés y su pasado judío, sobre el pequeño Garci a quien era incapaz de pedir ni al rey ni al papa que lo convirtiese en un hijo legítimo a pesar de haber nacido fuera de matrimonio como podían hacer los grandes nobles del reino. Si Inés no fuese judía y si las leyes prescritas por Isabel no fuesen tan severas, Luis Méndez de Sotomayor podría, con toda facilidad tramitar la legitimación de Garci como su hijo legítimo, como su único heredero. Tienes que ser muy cuidadoso, se dijo el marqués. 

El problema era, claro que un escándalo en la familia, una familia tan notoria como la suya podría atraer el ojo sobre Inés y sobre esta niña, la pequeña Isabel y su pasado judío. Entonces el certificado de pureza de sangre no podría concedérselo ni el papa. Si Inés no fuese judía y si las leyes prescritas por la reina no fuesen tan severas, Luis Méndez de Sotomayor podría, con toda facilidad tramitar la legitimación de la pequeña Isabel. 

Tienes que ser muy cuidadoso, se dijo el marqués. Tienes que irte con pies de plomo en la venganza contra María y el músico de Jorge. Para comenzar tenía que permitir que el encuentro de los amantes tuviera lugar. 

Que Alberto y María, en efecto, se encontraran algo que, estaba convencido, sucedería muy pronto. Y tenía razón. Imaginó el escarceo amoroso entre su esposa y ese músico italiano que tenía todas las características del chichisbeo, del amante por conveniencia: de facciones finas y un hablar afectado. 

Los imaginó haciendo el amor y sintió por primera vez un extraño deseo por su esposa. Era un placer que se mezclaba con el dolor de sentirse engañado, utilizado, Con el paso del tiempo todo le pareció insufriblemente gris con excepción del amor adúltero que sabía que estaba por tener lugar. 

    Y Alberto caminaba hacia su propia destrucción con el mismo gusto con el que su hermano de logia esperaba cogerlo in fraganti, pensando que por primera vez se le presentaba la oportunidad de vivir realmente, de aprehender la manzana de la liberación de la que tanto se había hablado en las reuniones de la Casa de Dante. 

Era la posibilidad de aprehender una historia de apariencia sutil que, sin embargo contenía en sí misma la historia entera del ser humano. En la historia del hombre que sabe que va a perder el honor y quizá la vida por el amor de una mujer está contenida, se dijo, toda la sabiduría del mundo.

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Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes