F0719 · Alberto caminaba por las calles empedradas de la ciudad al caer…

Alberto caminaba por las calles empedradas de la ciudad al caer la tarde. Hacía años que no ponía un pie en una iglesia, pero esa vez, al pasar frente a la fachada gótica que se alzaba imponente contra el cielo anaranjado, algo lo llamó. Fue un impulso que no supo identificar; tal vez una melancolía o el eco de una fe perdida. Entró, sintiéndose casi como un intruso. La penumbra del interior y el olor a incienso viejo lo envolvieron mientras avanzaba lentamente entre los bancos de madera. Sus ojos se posaron en un banco en particular, el de los marqueses de las Salinas. Un odio sordo lo recorrió; aquel nombre inscrito en la madera despertaba resentimientos que había preferido sepultar.

Alberto intentó dirigir sus pensamientos hacia la Madre de Dios, como lo hacía en el convento, pero su mente divagaba. Cerró los ojos y, de repente, lo asaltó la imagen de Inés de Solier, una obsesión que lo había perseguido durante días. “No tiene importancia morir”, pensó de pronto, como si esa certeza lo iluminara en medio de sus dudas. Recordó con un escalofrío una visión de su infancia: una iglesia muy parecida, un niño de mirada profunda que le susurraba lo mismo, “No importa que vayas a morir”. Pero ahora no había niño, ni voz, ni milagro. Sólo silencio. Un silencio tan opresivo que parecía confirmar que todo lo que los hombres buscaban—la inmortalidad, la gloria, el poder—era inútil.

Él no era como los alquimistas que buscaban transformar metales en oro ni como los exploradores que anhelaban descubrir nuevas tierras. No era como Jorge, ni como Colón, ni siquiera como Fabricio, el monje que un día había venerado. “Lo único real”, se dijo, “es el amor”. La única geografía que merecía explorar era el cuerpo humano, con sus misterios, su calor, su vulnerabilidad. Levantó la vista hacia el ábside, donde los ojos oscuros del Pantócrator lo miraban desde el fresco. Esos ojos parecían acusarlo, pero Alberto no sabía de qué. ¿De amar? Pensó en Farid, en la piel morena del joven esclavo, y en Inés, con su elegancia distante. Ambos cuerpos tan distintos, ambos capaces de despertar en él un gozo puro y simple.

Salió de la iglesia apresurado, dejando atrás los ojos inquisidores del Pantócrator. Las calles le parecieron más frías, más vacías. El aire olía a muerte, y por primera vez en años, sintió miedo. Caminó sin rumbo, buscando escapar no sólo de la muerte, sino también de sus propios pensamientos.

Mientras tanto, la marquesa de las Salinas, Inés de Solier, estaba perdida en sus propios tormentos. Alberto la había cautivado, no por su fuerza ni por su riqueza, sino por algo más intangible: su intensidad, la forma en que parecía despojarse de todo artificio. Inés nunca había conocido un amor como ese, y ahora, atrapada en un matrimonio que la asfixiaba, se debatía entre la culpa y el deseo.

Por su parte, Farid había empezado a encontrar en Alberto algo más que un amo. Era un confidente, un reflejo de sí mismo, de sus propios anhelos y miedos. Y aunque no lo sabía, su vida, la de Alberto y la de Inés estaban a punto de entrelazarse de formas que ninguno de ellos podía prever.

Alberto, perdido en sus pensamientos, se repetía a sí mismo: “El amor y la carne son lo único que queda. Todo lo demás es polvo y ceniza”.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

Leer en secuencia A–B–C →