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Hay en México Tenochtitlan un niño que canta y recuerda que el día que lo vendieron vio por segunda vez al Encantador de serpientes. Ese niño se llama como yo, que me llamo Farid, como el hijo de Abraham.
La voz de un niño de once años se ha detenido para siempre en la garganta de Farid. Y el padre Farías baja los ojos. Y Juan Herrero recuerda historias que escuchó en el monasterio de Montsalvat. Juan de Zumárraga no puede concentrarse en el milagro que está a punto de suceder. Los indígenas creen, porque sólo el Dios del centro y el cinco podría producir estos sonidos. Ni siquiera en san Francisco ha logrado Pedro de Gante una música así.