F0549 · IX La Providencia y Bartolomé*

IX La Providencia y Bartolomé*

Bartolomé de las casas salió de la casa de hacienda. Un muchacho taíno se aproximó para ofrecerle agua y él se lavó pero entonces miró en aquella cara el rostro del esclavo que muchos años atrás su padre le había entregado. Era el mes de noviembre, estaba por comenzar el Adviento, la espera de la natividad. Bartolomé acarició la cabeza del muchacho que se lanzó a correr por el campo en busca de su mamá. Un día antes había conversado con su socio y había llegado a una determinación importante. Renunciar a todo es, según se dijo, el único sentido de seguir a Cristo. Si la voluntad del Altisimo era esa, él, Bartolomé, tenía la obligación de dejar su herencia. ¿Qué haría después? No lo sabía. Era el año de 1511 y se sintió muy en paz. Sabía las consecuencias que se desprenderían del sermón que estaba a punto de decir en La Española. Sabía que se volvería enemigo de todos los encomenderos, de los capitanes y los nobles. Ningún habitante en La Española querría volver a hablar con él, pero estaba convencido de que su lado estaba la justicia. El sermón, en efecto le causaría problemas. ¿Qué habría sido de su joven esclavo? Cuando fue llevado a Europa, se le exhibió como a un animal y sospechaba que al liberarlo no había hecho otra cosa que asesinarlo. Su padre se había molestado cuando tuvo que firmar el decreto de manumisión pero había cumplido lo que consideraba un capricho de su hijo. Y aunque Bartolomé no lo sabía, aquel muchacho había vuelto a La Española y se había unido a la resistencia en la nueva isla que habían comenzado a poblar y que muchos años después sería conocida como Cuba. Ante un notario Fray Bartolomé había firmado los papeles por los que renunciaba a toda sociedad. Aquella agua que el muchachito le regaló era lo último que recibía como señor de aquella tierra. Pronto sería un fraile y nada más. Comenzaba a atardecer y se sintió liberado. Salió de la hacienda para dirigirse a la ciudad donde diría su sermón de Adviento. Se puso la capa porque comenzaba a hacer fresco y miró a lo lejos el mar que había comenzado a ponerse color púrpura . 

En la noche, el olor de los árboles del Nuevo Mundo, mezclado con aroma de mar lo hizo sentir inspirado. Al mismo tiempo, se gritaba “largad las amarras” y el barco con Isaac y Farid abandonó las Islas Canarias y se adentró en el misterio del Mar Océano. Después de la misa seca, Farid cantó una canción. La gente, agotada volvió a su rincón en la cubierta, abrazaba sus pertenencias y conforme el mar se hacía grande, cada uno de ellos se hacía pequeño. Agotado con el cansancio que da el sol de la mañana, Farid se abrazo a sus piernas y se quedó en popa mirando la espuma que dejaba su paso en el mar. Era un olor sofocante, de desesperación. Entonces Farid escuchó un canto. Era un canto que, por alguna razón le parecía familiar. Farid bajó del castillo de Popa y se dirigió hacia una escotilla. De ahí venía el canto. Tardó un tiempo a acostumbrarse a la oscuridad de allá abajo. Eran hombres y mujeres. Eran esclavos. Por la ventanilla de aquella bodega se metía el agua de sal, pero uno de ellos, atado al palo al centro de la prisión, cantaba su libro sagrado. “Si se hiciera tinta de todas las aguas del mar, no terminarían de escribirse los prodigios de Alá.” El barco entró hacia una nube y en poco tiempo se oscureció. El muchacho no dejaba de repetir en honor de su Dios. Justo ahora que Farid se sentía parte de su nueva condición de cristiano, venía este muchacho a recordarle lo que él era de verdad. Un árabe del desierto, un muchacho castrado por los cristianos. El hijo de un hombre del desierto que hace mucho comenzó a adorar al enemigo de Dios. La serpiente que hace esclavos. Pero había algo más. Algo que lo consternaba y le producía dolor en el estómago.  Aquel canto y la imagen de este muchacho que trataba de mantenerse erguido y digno, enfrentando a la muerte con la certeza de que el destino es el paraíso, Farid reconoció al muchacho que había muerto durante la castración. Recordó también aquello que le decía su madre: “reza para que el miedo a la muerte se transforme en amor.” Había que hacerlo, pero ¿a qué Dios hay que rezar? ¿Son acaso todos los dioses el mismo? Comenzó a llovisnar y el agua fresca bañó la cabeza del esclavo en la bodega del Santa Lucía, pero él no dejó de rezar.

A lo largo del viaje, Isaac comenzó a sentirse muy mal. No podía dormir y a pesar de que había conseguido prácticamente un camarote para él, se sentía terríblemente incómodo con el movimiento del barco. Había perdido el entusiasmo en cuanto salieron de Canarias y no fue hasta después de una pequeña llovisna (que a él, acostumbrado al Mediterráneo le pareció una tormenta) que clamó al cielo y se arrepintió de todo lo que había conjurado. Salió finalmente y se aproximó al mar. Lo encontró abrumador y oscuro. Confuso. Se distrajo cuando escuchó a lo lejos el canto de los marineros. Ah Rodrigo Martinez, a tus ánsares, pensando que eran vacas, silbábalas, ahé. Era una canción estúpida que sin embargo tenía una tristeza tan particular que le dieron ganas de llorar. Ah Rodrigo Martínez, tan garrido los tus ansarinos, llévalos el río. Pensando que eran vacas silbábalas. Era difícil definir qué había en semejante canción que había llegado desde las selvas de Galicia hasta el cancionero de la Reina Isabel y hasta Italia donde se transformó en una locura campesina, locura de amor por la aventura y por el descenso en la nostalgia que ya nunca podría abandonarlos. Rodrigo Martínez, atán locano, Rodrigo Martínez, los tus ansarinos, llévalos el vado, ahé. Pensando que eran vacas, silbábalas, ahé. Él que se había sentido siempre heredero de los defensores de Bizancio, de los griegos que construyeron la teología, que pintaron iconos e hicieron toda la filosofía que pueda ser pensada, ahora se sentía triste por una canción de campesinos. Y frente a este mar tan distinto a todo lo que había visto, se sentía minúsculo. Tanto, que recordó el juramento que durante la tormenta se había hecho. ¿Se confesaría? Había sido educado como musulmán y sin embargo le habían dicho que fue bautizado desde niño. Con esta convicción se había permitido comulgar en cuanto llegó a Roma. No lo había hecho porque realmente creyera en Dios sino más bien porque le interesaba del cristianismo era la transmutación. Una transmutación que sintió que comenzaba a tener lugar dentro de él mismo. Era la transmutación de un alma demasiado compleja en algo mucho más simple. Algo que le invitaba a esperar lo que habría allá adelante, en el camino del sol, en el camino del descenso hacia un mundo nuevo en el que él, Isaac, estaba seguro, habría de encontrar el amor.

Y lo que había al otro lado del mar, era un muchacho que desde niño no había hecho otra cosa que rezar para ser el más fiero del calpulli. Lo había hecho al patrón del pueblo de Veinte Aguas,  Tlaloc. Y Atonatiuh lo había conseguido. En el calmécac, con los otros hijos de noble era consierado no sólo diligente. Tenía once años y también era el más fiero. Atonatiuh aprendió en el calmécac que había en el centro de aquel mundo un emperador llamado Ahuízotl. Que adoraba al Dios de la Guerra y que imponía sobre su pueblo la tiránica obligación se las Guerras Floridas. Aprendió también la historia de sus dioses, de las ánimas que al interior de todas las cosas mueven al mundo. Aprendió a nombrar a los dioses que gobernaban los cuatro rincones del mundo. El dios del mundo, de la muerte, de lo femenino, lo masculino y al centro, un único rincón, el rincón de lo sagrado. Así se lo enseñaban en el calmécac con el ritual de las cruces de ceniza. Sonaban los caracoles y los maestros y soldados espolvoreaban la tierra sagrada del calmécac con ceniza blanca en forma de cruz. En ellos estaban contenidos todos los rincones del mundo, los rincones que se pueden caminar hacia el este y hacia el oeste, hacia el norte y el sur. Los niños iban barriendo cada uno de los brazos mientras sonaba la música, mientras batían los tambores. Un grupo al norte bajo el signo del Dios Mictlán, un grupo al sur bajo el signo de Huitzilopochtli, uno al oeste bajo el signo de Ehécatl y otro al este bajo el signo de Tlahuizcalpantecuhtli.  En este último grupo estaba Atonatiuh quien a una señal de los mayores, comenzaba a barrer hacia el centro de aquella cruz la ceniza blanca para honrar al Dios del centro, para abrir la puerta de lo sagrado, de todos los caminos que se abren a un solo camino entre el cielo y la tierra, una cruz cósmica que contiene a todas las otras y de la que emanan todos los poderes, todos los espíritus, los colores y los sentimientos. El amor y el odio, la pasión, la guerra, los animales nocturnos y diurnos, los dioses del arriba y el abajo. Al centro de todo estaba el dios andrógino. El hombre y mujer: Omehtecutli. Porque al este, al oeste, al norte y al sur estaban los colores rojo, negro, blanco y verdeazul. Cada uno de ellos estaba gobernado ya por lo masculino, ya por lo femenino, pero al centro todo se unía en un único punto hecho de simplicidad y luz. 

    Las fuentes de las que disponemos actualmente hablan de la diferencia radical entre el mundo prehispánico y el mundo europeo, entre el mundo en que nació Alberto y el mundo en que nació Atonatiuh; ninguno habla con semejante profundidad de sus similitudes. Tal vez porque en esas similitudes se justificaría de alguna forma un mestizaje que tanto trabajo ha costado a los mexicanos aceptar. Fueron dichas similitudes las auténticas semillas del verbo que prepararon no sólo la conquista sino, más bien, la evangelización; el mensaje que estaba a punto de lanzar Fray Bartolomé de las Casas en La Española era tan solo el inicio de la fusión de dos mundos uno de los cuales ni siquiera conocía y que, sin embargo, se vería profundamente afectado por este mensaje y otros muchos que estaban teniendo lugar. No sólo en La Española, también en la Península, en aquel trono en que España se había unido durante un instante en torno a una reina enloquecida de amor y de odio hacia Dios, la reina Juana. Y es que, a pesar de que Fernando pensaba sólo reconquistar las rutas del este y había dejado atrás la noción de abrir las rutas del oeste, como una idea peregrina que su esposa muerta había intentado por fervor religioso, apareció en España un nuevo personaje; el regente Cisneros. Cisneros no sólo quería conquistar el norte de África por un deseo de hacerse rico, de ser, además de sacerdote capitán general. Pronto Cisneros escucharía la propuesta de Bartolomé de las Casas y se convencería de que había llegado el momento. En su vanidad pensó que era el momento justamente porque él estaba vivo y gobernaba el país. Era el tiempo de evangelizar el mundo. Como si la Providencia de la que hablaban los teólogos siguiendo a la filosofía romana y griega, una suerte de destino cristianizado, estuviese preprarando el reino que gobernó Isabel para adueñarse del mundo con imprevisibles consecuencias a uno y otro lado del mar. Mientras Atonatiuh barría la cruz para adorar al centro, al Dios generador de todas las maravillas y los horrores del mundo, el mundo en el Este, gobernado por Quetzalcóatl, el de la casa femenina, el de la casa blanca comenzaba a  sentir un celo conquistador que acabaría por fundar una nueva nación.

X La muerte de Alberto **

En aquel centro, Atonatiuh, extasiado con los cantos vehementes, con el ruido de los tambores, con la pintura y la seriedad de sus compañeros, abría los ojos. Los habían conducido a una caverna en la que abrían los ojos. Era una caverna espaciosa, propicia para morir y volver a nacer. Las paredes eran amplias y bien iluminadas. Se escuchaba a lo lejos una cascada y cuando los ojos se acostumbraban a lo que estaban viendo, miraban el montículo gris de la ceniza. La cruz de los cuatro rincones del mundo se había doblado sobre sí misma al centro. Los muchachos todos estaban desnudos. Cada uno de ellos se había pintado de acuerdo con la deidad de uno de los puntos cardinales. A sus pies estaba un río claro, bueno para beber. Ahí Atonatiuh creía escuchar el murmullo de todos los que lo antecedieron. El murmullo de su padre y su abuela quien había muerto poco después de que lo acompañó a conocer a su prometida. 

Cuando terminó el ritual de la cruz de los puntos cardinales. El guerrero viejo que gobernaba el calmécac de Atonatiuh los invitó a todos a entrar en aquel río de agua caliente. Los muchachos tuvieron que mostrar más valor que nunca para avanzar contra la corriente. Y a pesar de que se alejaban de la salida, la caverna no oscurecía. Al contrario, todo comenzó a llenarse de un resplandor verdoso. El guerrero ordenó a los muchachos que se introdujeran en un charco. Así, Atonatiuh nadó en el agua cálida a través de las rocas y abrió los ojos y como todos estuvo a punto de ahogarse. Pero en el remolino había bebido del agua del sin-olvido de modo que cuando emergió en el interior de la caverna sagrada, creyó haber visto en el fondo de la laguna de la caverna toda clase de dioses que bailaban rodeando tesoros que nunca serían descubiertos.

—En esta caverna —sentenció el guerrero— nuestros antepasados se volvieron inmortales. Entregaron su alma al dios serpiente, al dios que dirigió su camino desde el norte. Era la serpiente en la caverna la que los había guiado, la que les había dado el valor de luchar contra la corriente, contra la oscuridad, contra todos los miedos. El maestro les pidió que cerraran los ojos y siguieran cantando.

Sentado frente a la Virgen de las tribulaciones estaba anocheciendo. Allá a lo lejos, los tejados de Roma parecían incendiarse con el rojo de un sol que comenzó a descender. Alberto tuvo una extraña impresión, creyó escucharse a sí mismo. La voz venía del pozo. Era el sonido de todos aquellos muchachos con los que había aprendido a cantar cuando su madre lo dejó en este lugar que ahora, extrañamente ya no le parecía tan triste. Sus captores se habían alejado unos pasos porque creyeron que rezaría, pero Alberto ya no tenía fe si es que alguna vez la tuvo. A pesar de que se sentía en paz, estaba convencido de que todas las ilusiones humanas son vanas. Comenzó a llover. Era una lluvia delgada y fresca que casi no se metía por entre las pérgolas y los naranjales.  En cualquier momento vendría el hermano Fabricio a confesarlo. ¿Qué le diría? No quería confesarse con Dios, sobre todo porque estaba convencido de que era una patraña. No existían ni Dios ni el diablo, pensó. Lo único que había era el hombre arrojado en un jardín que cada día se hacía más amplio. Uno de los hermanos que lo custodiaba le trajo una manzana. Recordó lo que Farid le había contado, que el caballo de Solimán sólo comía manzanas verdes. Sonrió. Pensó en todo lo que había querido a este esclavo que le dio refugio en la casa de Dante y que le había enseñado a tocar a cambio de que él, Alberto, le enseñara a cantar. Ahora mismo, pensó, estaría a la mitad del mar o tal vez ya habrían llegado al otro lado del mar. Cuando pensaba en ello había en él una suerte de inmensidad inimaginable. Era imposible pensar en cómo sería ese otro lugar alejado de la cabeza del mundo, de esta Roma que, estaba seguro, ya nunca abandonaría. De aquel pozo de la Virgen de las Tribulaciones emergía el sonido del sin-olvido. Aquí comenzaba su historia. No había nada antes, nada detrás. Por más que Fabricio lo hubiese confesado, el marqués había querido venganza. Lo imaginó en la Casa de Dante, inventando conspiraciones Sintió un poco de rencor. El mismo que había sentido por Fabricio cuando le dio la absolución y le anunció adolorido que iba a morir. Había bebido del sin-olvido. 

Luego del anuncio, Fabricio se quedó silencioso junto a Alberto quien comenzó a sentir una extraña mezcla de sentimientos. Hubiese querido pedirle perdón realmente. A él, no a Dios. Perdón por haber dudado de que el amor estaba aquí, en el monasterio y por haber pensado que había más interés en recorrer el mundo, en conocer lo incognocible que en este lugar en el que, a pesar de su falta de fe se acomodaba por el horario en el que todo parecía adquirir sentido. Hubiese querido decirle: “he venido a Roma para buscarte, no encontré en ninguna parte el amor que nos profesábamos en este lugar, frente a esta Virgen y este pozo.” Hubiese querido decirle que de todas aquellas extrañas aventuras lo único que realmente extrañaba era a él, a Fabricio. Agradecerle el amor que le había dado cuando más lo necesitaba. Fabricio por su parte, pensaba, también callado en este siglo perverso. La condición de abad lo había cambiado sólo porque lo había hecho más consciente del deber que tenía para con sus súbditos.

Y si el deber suyo en este momento era arrancar la fruta podrida no podía detenerse a analizar sus sentimientos, a permitir que volviera la ternura por aquel niño que ahora tenía junto a sí. Por otra parte, el niño había crecido, había perdido el rostro frágil y se había convertido en la clase de adulto que Fabricio y despreciaba. Alberto, pensó, es un signo del siglo perverso, de un siglo de adúlteros y gente sin fe. En silencio se abrazaron y Alberto volvió a escuchar el corazón de su maestro de música. Vinieron por él los guardias. Alberto musitó:

    —Quiero tu bendición.

Fabricio puso las manos sobre la cabeza de aquel muchacho y recitó lentamente una oración en latín para que la Virgen tuviera piedad de él y rezara por él ante el Altísimo. No le había pedido otra pena que arrepentirse de modo que, cuando Alberto se fue para ser entregado a su verdugo, esperó que hubiese podido cumplirla. Sospechaba que no. Alberto no era la clase de personas que se arrepienten. Al contrario. Durante la confesión había sospechado un rencor hacia todo lo santo que realmente le preocupaba. Espero también que los verdugos de aquel desconocido que muchos años atrás había sido su amigo, fuesen rápidos. Que el marqués no se deleitara en torturarlo.

En la casa de Dante, el marqués del Carpio había dado otra fiesta. Se hablaba, como siempre del futuro del mundo, del humanismo, del engaño de la iglesia. Se conspiraba para que Francia interviniera por fin en Roma y acabara con la influencia española. Se habló de nuevos inventos, de nuevas rutas comerciales, de nuevas conspiraciones y se bebió mucho. Había comenzado a amanecer. El marqués y su mujer acompañaron a un joven alquimista hasta el río. Era muy de mañana y como era domingo había poca gente en el barrio. A lo lejos, sin embargo, había comenzado a llenarse el marcado del puerto. Pronto habría mucha gente. Las prostitutas comenzaban a volver a sus lugares. El marqués se despidió de su amigo y volvió con su mujer a la Casa de Dante. Pensó extrañado que tal vez hubiese querido tener una casa normal. Miro a lo alto de la colina y pensó que era el último día en la vida de Alberto. No lo odiaba. Al contrario, le daba curiosidad lo que sentiría aquel muchacho que se entregaba a la muerte. Se preguntó por qué había deseado castigarlo a pesar de que nunca había amado a María de Solier. Algún otro marido, pensó, se hubiese sentido satisfecho de que esta mujer a la que no amaba encontrara un chichisbeo, un hombre joven que le diera el placer que él se negaba a proporcionarle. Abrazó a su mujer. La condujo a la alcoba. No harían el amor, pero se dormirían abrazados. Escucharían a lo lejos las campanas y pensarían que tal vez doblaban porque era domingo o tal vez porque comenzaba el adviento. Tal vez doblaban por la muerte de Alberto o tal vez porque había comenzado la revolución, el cambio, la verdadera emancipación humana. Faltaban unos meses para que él y su mujer pudiesen tener noticias de su hijo en el Nuevo Mundo. En ello, pensó, consiste la inmortalidad. En buscar el Grial, en buscar el camino entre oriente y occidente, en abrazar la redondez del mundo. Estaba convencido de que pronto enconEn la casa de Dante, el marqués del Carpio había dado otra fiesta. Se hablaba, como siempre del futuro del mundo, del humanismo, del engaño de la iglesia. Se conspiraba para que Francia interviniera por fin en Roma y acabara con la influencia española. Se habló de nuevos inventos, de nuevas rutas comerciales, de nuevas conspiraciones y se bebió mucho. Había comenzado a amanecer. El marqués y su mujer acompañaron a un joven alquimista hasta el río. Era muy de mañana y como era domingo había poca gente en el barrio. A lo lejos, sin embargo, había comenzado a llenarse el marcado del puerto. Pronto habría mucha gente. Las prostitutas comenzaban a volver a sus lugares. El marqués se despidió de su amigo y volvió con su mujer a la Casa de Dante. Pensó extrañado que tal vez hubiese querido tener una casa normal. Miro a lo alto de la colina y pensó que era el último día en la vida de Alberto. No lo odiaba. Al contrario, le daba curiosidad lo que sentiría aquel muchacho que se entregaba a la muerte. Se preguntó por qué había deseado castigarlo a pesar de que nunca había amado a María de Solier. Algún otro marido, pensó, se hubiese sentido satisfecho de que esta mujer a la que no amaba encontrara un chichisbeo, un hombre joven que le diera el placer que él se negaba a proporcionarle. Abrazó a su mujer. La condujo a la alcoba. No harían el amor, pero se dormirían abrazados. Escucharían a lo lejos las campanas y pensarían que tal vez doblaban porque era domingo o tal vez porque comenzaba el adviento. Tal vez doblaban por la muerte de Alberto o tal vez porque había comenzado la revolución, el cambio, la verdadera emancipación humana. Faltaban unos meses para que él y su mujer pudiesen tener noticias de su hijo en el Nuevo Mundo. En ello, pensó, consiste la inmortalidad. En buscar el Grial, en buscar el camino entre oriente y occidente, en abrazar la redondez del mundo. Estaba convencido de que pronto encontraría la manera de liberar al mundo de lo que consideraba una escoria. El papa Borgia. Pronto todo aquello, todo el mundo como lo había conocido tenía que morir. traría la manera de liberar al mundo de lo que consideraba una escoria. El papa Borgia. Pronto todo aquello, todo el mundo como lo había conocido tenía que morir.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes