Mejor ir atrás. Antes, mucho antes de México Tenochtitlan. Comenzar en la ciudad en la que Pablo quedó ciego y en la que él, Farid Ángel contempló por primera vez al encantador de serpientes. Muchos años atrás, Farid corría de un hombre que lo persigue. Era un niño de once años. Estaba lleno de miedo al dolor y el filo de los cuchillos le corría todavía por el cuerpo. Corre por las calles de Damasco. Voltea. Nadie. Sigue corriendo. Está cansado. “Como hacen los infieles”, escribió, “en mi correr sin rumbo me voy haciendo de cicatrices”. Golpean sus piernas desnudas, se golpea los pies, se araña los brazos contra las paredes de cal viva en calles estrechas de nombres que no conoce. Era un niño del desierto que no sabe cómo llegó a Damasco.
Así fue, más o menos. Es posible que los juegos de la memoria hayan transformado el último sentido de lo que es verdadero. La voluntad del único que llega por todas partes y que se va por doquier, de todo se sirve para someternos al bien, a la bondad, a la belleza que no se cuestionan: ¿Si la sal perdiera su sabor? Querido padre: ¿Cómo medir a lo que mide? Bien, belleza y verdad son la medida.