F1007 · MIS ANTEPASADOS Y LA CAÍDA DE GRANADA

MIS ANTEPASADOS Y LA CAÍDA DE GRANADA

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LUIS MÉNDEZ DE SOTOMAYOR TUVO MUCHOS DESCENDIENTES EN MÉXICO… TODOS VIENEN DE EL SANTO Sucede con la mayoría de los señoríos de Andalucía: Su Historia antes del periodo Trastamara LOS DESCENDIENTES DE ISABEL LA CATÓLICA… CÓMO COMENZAR??? resulta oscura, a menudo contradictoria. Se ha dicho que el problema tiene origen en los genealogistas mexicanos, un grupo de masones proclives a la teoría de la conspiración que suelen reunirse en logias que llaman “Juárez.” Igual se odian entre sí. LO MALO DEL PRIMER PÁRRAFO ES QUE ES INTERESANTE, PERO CUANDO QUIERES HABLAR DEL MARQUESADO DEL CARPIO…  son capaces de matar por lo más efímero: ideas. Estos genealogistas con ínfulas de historiador, quieren entroncar por fuerza la historia de México con la de la Europa Medieval, en la que ven la cumbre del misticismo alquímico. QUÉ ES UN SEÑORÍO DE ANDALUCÍA. YO QUIERO SABER POR QUÉ SOY UN SIMPLE FERNANDO ZAMORA… LOS HISTORIADORES HACEN SU HISTORIA PARA SER DESCENDIENTES DE FERNANDO EL SANTO… ME LLAMA LA ATENCIÓN QUE FUERA LOCA… Pues bien,  AQUÍ COMIENZA… el marquesado del Carpio, que es, como se sabe, un importante señorío de Andalucía, sirve a estos propósitos oscuros pues, en efecto, Luis Méndez de Sotomayor, señor del Carpio en el siglo XV, tuvo mucha descendencia en lo que hoy es México. Yo soy uno de ellos aunque no me apellido ni Méndez ni del Carpio. EL ABUELO QUINCE… CÓMO SE LLEGA AL ABUELO QUINCE?? PUNTOS Y COMAS SERÍA MEJOR. 

Según un artículo de Margarita Cabrera que a mí me parece interesante y bien escrito y, además, circula de forma gratuita por Internet (El Señorío de el Carpio en el Siglo XV), lo único realmente claro es que “a lo largo del siglo XIV, la familia Méndez de Sotomayor tuvo una estrecha relación con el reino de Córdoba.” A partir del XIV, escribe Cabrera, la documentación referente al señorío “comienza a ser abundante.” Entre 1440 y 1495, la titularidad del Carpio fue ostentada de modo irregular por Luis Méndez, mi abuelo número quince. La cosa me resulta importante a causa de una investigación histórica que comencé el siglo pasado y que me llevó a escribir mi primera novela: Por debajo del agua.  En ella daba cuenta en forma de auto-ficción de un antepasado mío que resultó ser homosexual. Incluso travesti. O vestida, como les dicen hoy. La noticia causó revuelo en mi familia cercana. Le dije a mi padre: AQUI ATRAPA Y L DE QUE ES SALUDABLEMESTA ODIOSO. HOY TODOS PUEDEN INVESTIGAR SU ÁRBOL. 

—Pero no hay nada de qué avergonzarse, es una autoficción.

Y el respondió:

—Auto-ficción mis huevos. Estás hablando de mi abuelo. Y a mi abuelo nadie lo tacha de maricón.

Durante el reino de Enrique el Impotente, el séptimo señor del Carpio comenzó a tener toda clase de problemas con su hijo Garci apodado Madruga. Este Garci (que no debe ser confundido con Garci Méndez quien nacería cuatro años después) desafió a la nobleza castellana cuando se lanzó sin permiso a la reconquista de Córdoba a mediados del siglo XV. Los castellanos de la corte de Enrique el Impotente le llamaban Madruga porque, en efecto, era madrugador. Y madrugaba a los árabes. Entraba en sus campamentos por la mañana y rebanaba el cuello de los mas desprevenidos. La rebelión de Garci estaba sustentada en el odio a los musulmanes, pero, además, en el desprecio que sentía por su padre y por Enrique, su rey. Garci repudiaba a este par por aquello del crimen nefando. En efecto, tanto Luis como El Impotente tenían fama amar el islam. Pero no en modo platónico, sino más bien vulgar. Es decir, más que amar el lujo oriental y la arquitectura del califato nazarí, ellos amaban a los chicos morenos y de ojos verdes que tan famosos se hicieron en la corte de Boabdil. Los nobles castellanos sazonaban con risas toda clase de historias en torno a orgías en las que tanto el rey como el señor del Carpio eran sodomizados. Y Garci, el hijo mayor de Luis Méndez estaba harto de tanta burla. Se nombró a sí mismo señor del marquesado. Puede que en este siglo perverso parezca inocuo dar un golpe de estado de semejante naturaleza, pero en el siglo XV estaban aún lejos las extravagancias de Napoleón. En el Renacimiento español, desafiar al sistema feudal, para hacerse de modo violento con un título, implicaba enfrentar a la corona y, más aún, al papa. Afortunadamente para Luis Méndez, sus problemas políticos y familiares se solucionaron de golpe. De modo repentino y providencial. Garci Madruga entró demasiado temprano en un campamento árabe y atacó al berebere equivocado. Fue rebanado por la mitad con una cimitarra que doblaba el tamaño de su espada. El médico de los Méndez de Sotomayor tuvo que zurcir el cuerpo del hijo de Luis para enterrarlo en una tumba que aún se encuentra en el Monasterio de San Pablo, en la ciudad de Córdoba. Todos la pisan y siguen de largo. La historia ha olvidado a Garci Madruga Méndez de Sotomayor. Pero yo no.

Cuando don Luis supo que su hijo había muerto, sufrió una suerte de conversión. Como si la pulsión homosexual hubiese tenido origen en un puro afán de llevar la contraria, cortejó a una mujer. Inés era una guapa muchachita que había nacido en 1475. El señor del Carpio le llevaba treinta y cinco años. Cuando finalmente los Trastamara llegaron al poder, Isabel I expulsó al señor de las Salinas de toda la península. Lo obligó a dimitir el título de marqués del Carpio en favor de su hija Beatriz y le quitó todos los otros nombramientos que mi familia había acumulado. El más valioso era el de marqués de Villena que instituyó Fernando el Santo. Fue así que, a causa de un tío abuelo madrugador y por las inclinaciones de un antepasado que se hizo amigo de Enrique el Impotente, todos los que descendemos de Luis Méndez hemos dejado de tener la posibilidad de ostentar, en España, un título nobiliario.

Farid se relajó cuando se dio cuenta de que el interés de Luis Méndez no era sexual. El noble español le recitaba un poema que el joven esclavo árabe no entendía del todo. Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, murmuraba mi abuelo número quince. Arrullado por la sonoridad sibilante del castellano, Farid sin querer se quedó dormido en su sillón preferido. En la biblioteca de la Casa de Dante.

Pero era cierto. Era joto. O maricón, como decía mi padre, cosa que no le obstó para reproducirse y tener una amplia descendencia que hoy se avergüenza y quiere mantener ocultas sus inclinaciones sexuales.  Yo, en cambio pienso que no hay cosas que uno no deba pensar. Al contrario. Hay que ver lo que más nos asusta cara a cara. No es que la homosexualidad me asuste, claro. Al contrario, me resulta curiosa. Y Luis Méndez, señor del Carpio, también lo era. Imagino ahora al masón de mi tío Julio formando un lío espectacular durante las próximas navidades si es que esta nueva investigación llega a publicarse. Pero no se me malinterprete. No es que yo quiera exaltar las inclinaciones sexuales de un abuelo que hoy es polvo de polvo. Mucho menos es mi intención legitimar la homosexualidad a costa de la historia de México, como escribió a propósito de Por debajo del agua un crítico del periódico Reforma reconocido por su pluma aguda y su mala fe. Sucede simplemente que en mi árbol genealógico hay mucho joto. No les digo gay porque la palabrita me resulta repugnante. Siempre he preferido llamar al pan pan y al vino vino. Hay gente que se entusiasma cuando encuentra en sus antepasados a un asesino múltiple o a un oscuro ladrón que ha terminado en el patíbulo. Yo no he encontrado ni lo uno ni lo otro. En cambio, mis ancestros son muy homosexuales. Estoy consciente, claro, de que la historia de la homosexualidad se ha puesto de moda en este siglo perverso. Hoy es gracia lo que para mi padre, masón y comunista, era un pecado. Y un pecado nefando. Pero yo, desde que supe las líneas generales de la vida de mi abuelo quince, don Luis Méndez, a menudo me encuentro fantaseando, imaginando cómo será nuestro encuentro en la Nueva Jerusalén. En el Reino que anunciaron los profetas y Jesús. Estoy seguro de que charlaremos juntos y que desde allá veremos al fondo del abismo, en el infierno a un hijo suyo que, por fortuna es sólo primo lejano y que se llamó Garci Madruga de Sotmayor. Madruga es un apodo. Digámoslo pronto. Los historiadores del periodo lo llaman así porque tenia la costumbre de madrugar moros. Aparecía temprano en sus campamentos, les armaba un zafarrancho y partía a los más que podía por la mitad. Resulta pues que este señor Madruga fue incapaz de soportar que su padre Luis tuviera esa clase de inclinaciones que, a mi familia, sigue avergonzando. SIGUEN AVERGONZANDO LAS INCLINACIONES?sospecho que lo que más molestaba a Garci era que a Luis le gustaban más que todos, los muchachos musulmanes. La cosa debe haber resultado insoportable para un señor tan fuerte y madrugador como este primo. Cuando se hicieron públicos los gustos de mi abuelo quince, durante el raino de Juan II de Castilla, (otro hombre con fama de licencioso y homosexual) organizó revueltas en las villas de Pinilla, Alcaraz y otros veinticuatro poblados de Córdoba. Luis Méndez de Sotomayor trató de destituirlo de inmediato, pero Madruga era necio y había hecho de la perseverancia un método. Se mantuvo a la fuerza en el gobierno de las tierras del señorío por lo que ganó un segundo apodo: “El usurpador.” Las cosas se pusieron peor (según constata Alfonso de Palencia en su libro Crónica de Enrique IV, Madrid, 1973) cuando llegó al trono Enrique el Impotente. Este sí que más que homosexual era una loca. Y una loca desmecatada. Claro, con mi abuelo número quince se llevaba muy bien.

Madruga, sin embargo, tenía ciertos dones que a la gente que gobierna le resultan indispensables. Para empezar se corresponde con el arquetipo de noble andaluz que (dice Cabrera) “consagra su vida a la defensa de la frontera.” Primero formó parte de diversas campañas contra los musulmanes durante el reino de Juan II quien, como ya he dicho, también era muy homosexual. En efecto, Fernando Bruquetas de Castro en su libro del 2002 Reyes que amaron como reinas, dice que Juan II y su valido, el condestable de Castilla Álvaro de Luna tuvieron un romance que festejó toda la corte. Bruquetas de Castro se basa en la autoridad de don Gregorio Marañón quien parece haber sabido muy bien lo que sucedía en las camas de los antecesores de Isabel la Católica. dice Marañón que la corrupción de costumbres en la época estaba relacionada con la popularidad que tuvieron las prácticas homosexuales en tiempos de Enrique IV, sucesor de Juan II. Antonio Paz y Meliá en su ensayo Enrique IV de Castilla y su tiempo, dice que la homosexualidad estaba muy extendida porque “se gustaba de imitar al rey.” Y mi abuelo lo imitó. Hasta que se cansó de hacerlo. 

Luis y su hijo Garci Madruga llegaron a un arreglo político. El marquesado no sería para ninguno de los dos. Uno pondría el dinero (Luis) y otro el brazo (Garci), para seguir matando musulmanes. Pero tanto madrugar terminó por hacer mal a mi primo lejano. La suerte lo enfrentó con un muchachito musulmán como los que amaba su padre a las cinco quince de la mañana de un siete de septiembre. El chico árabe despertó asustado, cogió la cimitarra y partió a mi primo, el hijo de Luis, por la mitad. El médico judío al servicio de mi familia en aquel tiempo, pasó serios trabajos para meter los intestinos de Garci Madruga en su ataúd. Su tumba persiste, con la necedad de un visigodo, en la parroquia del Ecce Homo de Córdoba, marquesado de El Carpio.

La tía Beatriz heredó el marquesado. Parece que Luis Méndez se puso relativamente triste cuando se enteró que su hijo y peor enemigo había sido rebanado por la mitad, cosa que no obstó para que siguiera viviendo la bacanal. Hay sin embargo un hecho notable: a la muerte de Garci, a Luis Méndez comenzaron a gustarle las mujeres. Es como si la desaparición de quien más se escandalizaba con su conducta sexual hubiese vuelto absolutamente banal. No es, claro, que Luis Méndez se hubiese vuelto del todo “saludable.” Ya era un hombre que rayaba en los cincuenta. Muchos años en aquel siglo. Y le dio por enamorarse de una adorable muchachita que no llegaba a la mayoría de edad. Inés Méndez es mi abuela remota y en los primeros años del siglo XV, cuando inicia esta historia, vivía en Roma, la ciudad de ensueño en la que Luis Méndez vino a vivir los últimos años de su vida. Aquí, en Rom, Luis expiró al amparo de un viejo amigo, otro libertino que se llamó Rodrigo Borgia y llegó al trono de Roma con el nombre de Alejandro VI. A la muerte de Luis Méndez, doña Inés tenía un hijo de dos años, mi abuelo número catorce. Inés tenía mucho dinero, mucha belleza y poca edad. Conocía bien la corte cardenalicia de eso que los masones llaman “La Gran Ramera” que es Roma. Y es ramera sí, como toda capital que se respete. También mi abuela número , Inés Méndez aunque tal vez sea injusto llamarle ramera cuando era una mujer que no tenía otr

a cosa que su belleza y su edad para adueñarse de una ciudad que, como todo el mundo, también estaban conquistando los españoles. La historia de México comienza aquí. En una fiesta romana en que el noble bizantino Jorge Comneno convocó a los más notorios españoles de la ciudad del papa para celebrar el nacimiento de uno de los nietos de Isabel la Católica. Y entre ellos estaba, joven, hermosa y resplandeciente, la amante de Rodrigo Borgia. Mi abuela número quince: Inés Méndez de Sotomayor.

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