F1057 · 1375–1384…

1375–1384

Farid caminaba entre los escombros de Roma, no como peregrino sino como espejo. Había dejado Damasco, a Al-Hakim y su jardín de espejos negros, con los ojos llenos de una palabra no dicha. Sabía que el viejo no era dueño de su eternidad, aunque recitara fórmulas, aunque pesara metales con dedos de ceniza. Lo sabía porque Ella —la que sangraba detrás de cada ícono— le había tocado la frente con la dulzura de un cuchillo. Y ahora, Farid, el inmortal, el errante, cruzaba los siglos buscando una rendija por donde entender su condena.

Roma era un humo. Las campanas tañían no por fe, sino por poder. En Avignon, los papas jugaban ajedrez con reyes que los tomaban por capellanes. En 1375 volvió uno de ellos, cruzando el polvo, entre mendigos y profecías. Pero era tarde. En 1378, el pueblo llegó por millones, no a orar, sino a gritar. Querían un papa romano, o al menos italiano. Querían no ser burla. Querían no estar solos.

Tebaldeschi no era el elegido, pero se dejó cargar como si lo fuera. Su toga blanca confundió a las masas, que lo sacaron en andas como a un ídolo ciego. Cuando confesó que no era papa, la vergüenza fue de todos. Pedro de Luna propuso a Bartolomé Prignani, súbdito de Nápoles. Era un italiano con aroma francés. Fue elegido. Se llamó Urbano VI y no besó los pies de nadie.

El 10 de abril de 1378 lo coronaron. El 8 de mayo lanzó monedas a la cara de los recaudadores. Regañó cardenales. Se creyó limpio en un río lleno de lodo. Los cardenales huyeron a Agnani y allí, el 2 de agosto, dijeron que no, que esa elección había sido trampa. El 9 de agosto, la excomunión voló en ambas direcciones como dos perros que muerden en círculo. En septiembre, desde Aviñón, se levantó Clemente VII. Dos papas. Dos cruces. Un solo infierno.

La Virgen de la Tribulación ya había visto esto en Bizancio. Sabía cómo se pudren las teofanías. Los Comneno lo supieron cuando Trebisonda fue sólo memoria. Y en San Miguel de Allende, siglos después, otro descendiente, un Manuel de Villena, mirará su rostro en un icono y no sabrá si rezar o morir. Pero ahora es 1378 y el cometa Halley cruza el cielo como una firma invisible.

En Pisa, en Perpiñán, en Constanza, los nombres cambian pero el drama es el mismo. Urbano VI, Clemente VII, Benedicto XIII, Alejandro V, Juan XXIII. La iglesia se parte como pan viejo, y cada pedazo dice tener el cuerpo de Cristo. Catalina de Siena grita que el verdadero es Clemente. París quiere concilios. Los cardenales murmuran repúblicas. Ya no hay trono de Pedro, sólo butacas repartidas en el teatro del escándalo.

Nace en el norte Christian Rosenkreuz. Lleva una rosa dentro del cráneo y una cruz tatuada en los huesos. No lo sabe aún, pero su nombre será mito. Wycliffe, en Inglaterra, predica que la iglesia debe ser pobre, que las imágenes son mentira, que el papa es anticristo. Sus pobres predicadores —llamados lolardos— comienzan a sembrar palabras como cuchillas. En 1384 muere, pero no su voz. Sus huesos, enterrados en Lutterworth, serán desenterrados cuarenta años después y quemados. Porque el miedo no olvida.

La Devotio Moderna brota en Flandes como un rumor limpio. La Imitación de Cristo es susurro entre tanto grito. Quieren vivir sin reliquias, sin latín, sin miedo. Quieren volver al Logos, pero no el del poder: el del niño, el del pan, el del silencio.

Y en Bohemia, John Huss comienza a mirar los templos como cárceles. Ve venir el fuego y no huye. Farid lo observa a lo lejos, con los ojos ya cargados de siglos, y entiende que la inmortalidad no es don, sino espejo roto. Todo se parte, menos la mirada de Ella. La Virgen, la de la plaza de Damasco, la que no impide el desastre pero lo sostiene. Como un ícono que sangra, pero no se quiebra. Como la historia misma.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes