Alejo se acomodó en la silla del café donde se encontraba con Farid, una tarde en la que el calor del sol comenzaba a ceder ante una brisa suave. Habían decidido reunirse para hablar de historia, algo que a ambos les apasionaba, y Farid no tardó en sacar a colación una cita que había leído recientemente.
“Escucha esto,” dijo, sacando su teléfono y leyéndole a Alejo:
“…fue a Venecia, ciudad que a no haber nacido Colón en el mundo no tuviera en él semejante: merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del mundo antiguo; la de América, espanto del mundo nuevo.”
Miguel de Cervantes.
Alejo asintió con entusiasmo, su mente ya viajando a las imágenes que esas palabras evocaban. “Es una cita fascinante,” respondió, dejando su taza de café sobre la mesa. “Desde el punto de vista historiográfico, dice tanto sobre cómo Cervantes, y tal vez otros contemporáneos suyos, concebían el mundo.”
“Exacto,” dijo Farid, inclinándose hacia adelante. “Piensa en esto: Cervantes claramente pone a México-Tenochtitlán como un contrapeso de Venecia, una ciudad que él mismo describe como la admiración del mundo antiguo. No hay en sus palabras ningún indicio de que considerara a los mexicas inferiores.”
Alejo sonrió, tomando el hilo de la conversación. “Es más bien lo contrario, ¿no? Parece que el asombro ante la grandeza de Tenochtitlán eleva también la gesta de Hernán Cortés. La conquista no habría tenido el mismo peso si los mexicas hubieran sido percibidos como un pueblo menor. Para ellos, era un enfrentamiento épico, casi mítico.”
“Justo eso,” dijo Farid, golpeando suavemente la mesa con la mano. “Por eso me molesta esa narrativa simplista que dice que los españoles consideraban ‘inferiores’ a los pueblos indígenas. No es una defensa efectiva de las culturas prehispánicas. Si algo demuestra esta cita, es que los veían como un desafío formidable, digno de respeto, aunque impregnado de esa idea cristiana de lo ‘malévolo’ por ser infieles.”
Alejo reflexionó por un momento, recordando las palabras de su profesor de historia en la universidad, quien había mencionado cómo las descripciones de los cronistas españoles mezclaban la admiración con el rechazo. “Es interesante cómo el lenguaje de la época revela esas tensiones,” dijo finalmente. “Admiraban su arquitectura, su organización, incluso su ferocidad en la batalla, pero al mismo tiempo, necesitaban enmarcarlos como enemigos de la fe. Era la única forma de justificar lo que estaban haciendo.”
“Sí, pero lo que resulta increíble,” añadió Farid, “es que incluso en esa necesidad de demonizarlos, no podían evitar reconocer su grandeza. Cervantes los pone al nivel de Venecia, ¡Venecia! Una ciudad que para Europa era la cúspide de la civilización y el comercio.”
Alejo sonrió, encantado por la pasión de su hermano. “Y piensa en esto,” añadió. “Cervantes era un hombre de su tiempo, pero también era un visionario. Tal vez esta comparación entre Tenochtitlán y Venecia no solo habla de lo que los españoles veían, sino de cómo querían que el mundo los recordara. La conquista de México no era solo una victoria militar, era un trofeo cultural, un símbolo de que España podía conquistar tanto la grandeza física como la espiritual.”
Farid asintió, tomando un sorbo de su café. “Es un recordatorio,” dijo después de una pausa, “de que la historia siempre tiene matices. Y que la grandeza, incluso en el conflicto, se reconoce, aunque a veces sea bajo la sombra del desprecio o la incomprensión.”
Ambos guardaron silencio por un momento, dejando que la conversación flotara en el aire junto con los ecos de las palabras de Cervantes. Para ellos, más allá de los debates académicos, estas reflexiones eran una forma de redescubrirse en la historia, en la complejidad de los relatos que daban forma a su mundo. “Tal vez,” dijo Alejo finalmente, con una sonrisa suave, “la verdadera conquista no fue de tierras, sino de ideas.”
Y con eso, el diálogo entre los hermanos continuó, como siempre, buscando no solo respuestas, sino nuevas preguntas que les permitieran entender el mundo con más profundidad.