F1134 · Entre los cimarrones todos caminan sin rumbo, parecía ebria o enloquecida…

Entre los cimarrones todos caminan sin rumbo, parecía ebria o enloquecida. Por la independencia, por las revoluciones, por la guerra. Se enteraron que había sido fundado mucho antes del imperio de Moctezuma, la gente deforme por la viruela, los mutilados por las guerras entre los pueblos, aquellos que perdieron lo que más amaban. No sólo había indígenas, también europeos que gritaban viejas consignas de los tercios españoles. Algunos se arrastraban y otros comían animales muertos en los caminos. O humanos. Habían perdido las facultades y nos unimos a aquella locura en un pueblo moribundo. Sólo una mujer se aproximó a nosotros y nos pidió que la sacáramos de allí, lo hubiésemos hecho, pero nos contó que era la reina de Castilla así que escapamos hacia otra fiesta, en el mismo reino, pero en otro lugar que, como estaba más alto permitía mirar los fuegos y ahí abajo a los locos danzando. Cristóbal comenzó a tocar la flauta, aquella pegajosa canción, la canción que había sido inventada en Galicia y que había transitado todo el tiempo hasta llegar aquí: Rodrigo Martínez, a sus ansarinos, creyendo que eran vacas. 

Farid comenzó a cantar. Entendió por fin la canción. Hablaba de un hombre como estos cimarrones. Un hombre loque que iniciaba la gran aventura de conocerse a sí mismo. Encendimos un fuego con leña de pino. Olía bien. En el cielo estalló el último rayo verde. Atonatiuh abrazó al pequeño Cristóbal y se durmieron. Yo soñé con toda aquella locura. Hubiese querido que Atonatiuh me abrazara así. Como si fuese el madero al que se aferra el náufrago. La única salvación.

La única regla del reino cimarrón era  no molestar a nadie. No había jefes. Los muchachos y las muchachas hacían el amor con la naturalidad de un bichito que se come un ratón. No había comercio, comían de lo que asaltaban en los caminos o de lo que recolectaban en el bosque. Los caciques nahuas o los señores españoles venían a menudo a buscarlos, pero nosotros vagábamos como una tribu perdida, siempre internándonos, escapando siempre, esclavos en soledad. Porque habíamos sido esclavos de nahuas y habíamos sido esclavos de los españoles. Así sería hasta el fin de los tiempos. Así sería toda la vida. Había fiestas todas las noche y aunque Atonatiuh y yo nos seguíamos amando, tuvimos siempre que hacerlo a escondidas y una hermosa muchachita negra comenzó a coquetear con Atonatiuh.

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