F1159 · Como Martín y su tropa vivía de de limosnas, pero a…

Como Martín y su tropa vivía de de limosnas, pero a diferencia de ellos, Farid se encomendaba a su icono de La Virgen de la Tribulación y nunca le faltó de comer. Sentía que al moverse hacia el oeste estaba caminando hacia la casa del Padre. Por primera vez no sentía nostalgia de Alexander y el monasterio porque estaba convencido de que los encontraría en un lugar mejor. Este mundo caótico, este mundo en que los encomenderos asesinaban a los indígenas no podía serlo todo. Fue una semana en que le creció la barba y se volvió un verdadero monje de diecinueve años, fue un eremita que pedía limosna en los caminos y con la sensibilidad de un perro orinaba en los caminos. Estaba convencido de que no moriría porque tenía algo que hacer. Era una misión. No sabía muy buen cual, pero estaba relacionada con escuchar a ese muchacho árabe que era incapaz de darse cuenta de lo que era su voz.

Era increíble la enorme cantidad de tiempo que se necesita para crear. Entonces me di cuenta, porque tenía delante de mí todo el tiempo del mundo, todo el tiempo del fin del mundo, todo el tiempo para crear.

Así, con tiempo de sobra, comencé a ser lo que soy, me desnudaba en el río y me secaba contemplando los cielos. Si tenía que mojarme como los perros, en la lluvia, así me secaba como los perros, también, en el sol. Vagaba cerca de las tabernas y los mercados. Me hacía de amigos que nunca volvería a ver.

Mendigaba y me hacía de amigos. Incluso pedía prestado dinero que nunca volvería a pagar. Porque eran amigos que nunca volvería a ver. Este era el mendigo de la Virgen de la Tribulación.

Farid despertaba cada vez más complacido con sus sueños. Había perdido el temor a Dios y había perdido la caridad. Había perdido la desigual amistad con el omnipotente convencido de esta blasfemia:

      —A cambio de no ser amado, sé que seré inmortal.

—Soy inmortal —me dije—, pero a cambio de semejante don, se que nunca, nadie me amará.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes