F0697 · —¿Hay algo que pueda hacer por ti? —preguntó Farid.

Alberto había estado visitando a Farid durante tres meses, enseñándole a cantar con una dedicación que ocultaba un torrente de emociones contradictorias. Pero algo inesperado y aterrador ocurrió: Inés estaba embarazada. Esa noche, Alberto, sin poder contener su agitación, se arrodilló ante la Virgen de las Tribulaciones. Ofreció sus penas y su cansancio, buscando consuelo en la oración. Sin embargo, una voz interna le susurraba que ese sacrificio no era de fe verdadera, sino un intento desesperado por reconciliarse con sus propias contradicciones. La devoción que mostraba era, en el fondo, un sacrificio de sí mismo, de su alma inmortal.

Farid, quien había comenzado a reconocer las sombras en el rostro de Alberto, lo notó aún más melancólico aquella noche. Mientras vertía vino en la copa de Vicente Cornaro, el esclavo árabe percibió una tristeza que parecía desgarrarlo.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —preguntó Farid. Vicente levantó la mirada y sonrió débilmente. Farid, con una mezcla de sumisión y genuino afecto, se sentó junto a él.

—Puedes pedirme lo que quieras. Siempre seré tu esclavo.

Alberto, incapaz de soportar su propio conflicto, salió de la casa y vagó por la ciudad. Sus pasos lo llevaron a una iglesia, donde se arrodilló frente al tabernáculo y rezó durante toda la noche, buscando respuestas que no llegaban. Cuando regresó a la habitación de Farid, encendió una yesca y observó al joven dormido. Su rostro sereno lo llenaba de una ternura ambigua, mezcla de deseo, amor y miedo. Al notar que Alberto lo miraba, Farid sonrió con dulzura.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Te quiero tanto —dijo Alberto, incapaz de contener sus palabras.

—Yo también te quiero —respondió Farid, inseguro de qué significaban exactamente esas palabras.

En otro rincón del mundo, las intrigas y los deseos se entrelazaban de maneras igualmente complejas. Farid, cada vez más consciente de su condición y de los poderes que podía desatar a través de ella, empezó a ver su cuerpo como un arma, una herramienta de seducción. Aunque sabía que nunca podría experimentar el amor en toda su plenitud, decidió que podría utilizar su apariencia y su astucia para obtener lo que deseaba: respeto, admiración y, quizás, algo parecido al poder.

Lucía Comneno, la ama de Farid, comenzó a notar su presencia de una manera diferente. En sus movimientos había un orgullo que lo separaba del resto de los esclavos. Farid no se sentía igual a ellos y, en un acto de audaz vanidad, le pidió a Juan, el jefe de la servidumbre:

—No quiero comer con ellos. No somos iguales. Juan, intrigado por la confianza del muchacho, respondió:

—Me gusta tu orgullo. Me gusta tu dignidad.

Farid, inspirado por estas palabras, comenzó a soñar con algo más grande. Quería la libertad, pero no la libertad convencional; deseaba un tipo de grandeza que trascendiera su condición. Cuando Juan le habló de un hombre en el puerto de Famagusta que decía conocer el secreto del elixir de la inmortalidad, Farid solo sonrió con desdén. Su camino no era ese. Él estaba decidido a demostrar que podía conquistar a Lucía, no por amor, sino por la necesidad de probarse a sí mismo que era capaz de vencer cualquier obstáculo, incluso el de su propia condición física.

Farid pasó sus noches en adoraciones, retándose a imaginar qué haría con su libertad. Se veía a sí mismo como José interpretando los sueños del faraón, pero también como un soldado turco, caminando con dignidad entre sus enemigos. Soñaba con caballos majestuosos y ciudades lejanas, con un futuro que lo liberaría de la sombra de su esclavitud.

—¿Qué harías tú con tu libertad, niño del desierto? —preguntaba Juan, desafiándolo.

—Me volveré un asesino —respondía Farid con convicción.

—Podrías perder la cabeza por decir estas cosas.

—Entonces me volveré un soldado de Solimán.

Los sueños de Farid se mezclaban con las calles de Venecia y Chipre, con recuerdos de caballos, mezquitas y océanos que nunca había visto. Y mientras tanto, Alberto, atormentado por sus propios demonios, encontraba en el joven esclavo un enigma que lo fascinaba y aterraba a partes iguales. Ambos, aunque por caminos distintos, buscaban la inmortalidad, ya fuese a través del amor, del poder o de los sueños que los alejaban de la cruda realidad de su tiempo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

Leer en secuencia A–B–C →