Gritos y una bofetada. David perdió el sentido del humor:
—¿Quién te crees que eres? —le dijo.
—Un esclavo mulato —contestó Farid y se guardó el “castrado” para un momento mejor—. Soy un esclavo —repitió.
Juan se derritió un instante alrededor de la celda. Pensaba nada más en su propia furia y en el sonido del chelo que tendría que acompañar a los violines antes de la entrada triunfal de La Voz.
—Si lo sabes, si estás consciente de que eres un esclavo al que yo estoy protegiendo, ¿cómo te atreves a ser tan insolente?
—Soy un esclavo castrado —dijo Farid, ahora sí, con la convicción de La Voz.
No hubo tiempo para compasión ni complacencias. David volvió a golpear el rostro de Farid.
—Y estoy castrado —dijo Farid con una voz que sonaba al almuecín—, pero los indios que quieres convertir a tu fe no vienen aquí a escuchar la misa. Vienen a escucharme a mí.
David hubiese querido golpearlo hasta la sangre, pero la voz del niño siempre niño y el acento árabe, detuvieron la articulación.
—Estaba el oidor en misa. Puedes ir a la inquisición por lo que hiciste. Vas a arder en el infierno.
El sayal de Farid cayó con firmeza.
—¿Qué haces —preguntó el maestro.
Me desnudo, dijo él, me desnudo ante ti. Calló el sayal y David tuvo que enfrentarse (caballero del medioevo) ante la desnudes del blasfemo.