F0637 · 1524.02 — 1524, abril, 3. Al caer la tarde. México-Tenochtitlán. Volvían a la Catedral cuando la comitiva de

1524, abril, 3. Al caer la tarde. México-Tenochtitlán.

Volvían a la Catedral cuando la comitiva de Alonso de Estrada y de la Caballería irrumpió en el camino, abriéndose paso entre las calles nuevas de una ciudad aún en carne viva. Farid y Cristóbal se detuvieron al verla avanzar, envuelta en la solemnidad de quien reparte destinos. El gobernador había entregado a la familia Mazariego una casa en los solares que rodeaban la imponente plaza de armas, erigida sobre los huesos del Templo Mayor. Un trazo nuevo sobre un mapa de cicatrices, donde la piedra mexica servía de cimiento para un orden recién impuesto.

Farid percibió el estremecimiento de Cristóbal antes de que este hablara. Algo en la procesión lo había arrancado de la conversación, dejándolo varado en un mutismo denso, como si su mente se hubiese reducido a una única imagen: la duquesa. No la miraba, pero la sentía, como se siente el filo de un puñal al rozar la piel antes del golpe.

Las antorchas comenzaron a encenderse, una a una, salpicando de luz la geometría quebrada de la ciudad. Iluminaban los muros, los rostros, las sombras de un mundo que aún no se decidía entre lo antiguo y lo nuevo. El aire olía a madera húmeda, a piedra recién tallada, a sudor de caballo y a una fatiga que no era del cuerpo, sino de algo más profundo.

Pasaron junto a un edificio inacabado. Bajo sus dinteles dormían obreros, envueltos en jirones de manta, con los cuerpos aún cubiertos de polvo. Eran parte de la ciudad en construcción, hombres reducidos a su utilidad, como los muros, como los canales que antes trajeron agua y ahora transportaban el eco de un imperio colapsado.

Cuando Farid cerró la puerta de su celda, el peso de la jornada cayó sobre él con una violencia inesperada. Se sentó en el camastro, incapaz de escapar a la tristeza que lo envolvía. Nunca imaginó que pudiera existir un agotamiento tan vasto, tan infinito.

Cristóbal no dijo nada. No hacía falta. Permaneció de pie en la penumbra, mirándolo, con los pies doloridos después de tanto caminar. Pero su dolor era un eco lejano, una nota secundaria ante lo que latía en su pecho. No era fatiga. No era siquiera amor. Era otra cosa. Algo que ninguno de los dos sabía nombrar.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes