F0666 · 1530.19 — Los días siguientes se deslizaron con una calma engañosa. Farid caminaba sin rumbo fijo, deteniéndose

Los días siguientes se deslizaron con una calma engañosa. Farid caminaba sin rumbo fijo, deteniéndose a menudo para observar el caprichoso recorrido de un gusano o para sumergirse en las aguas frescas de un río escondido. Los árboles del Chichinautzin parecían susurrarle secretos antiguos, mientras un anciano que vivía en la espesura lo inició en el arte de preparar té de campánula, una bebida que aliviaba tanto el cuerpo como el alma.

Farid había descubierto un extraño consuelo en su aislamiento. Se sentía parte de los árboles, de las bestias salvajes, de la tierra misma. Era un custodio inconsciente, uno de los ciento cuarenta y cuatro mil guardianes de la Virgen de la Tribulación. Su conexión con el mundo natural no era algo buscado, sino algo que simplemente había ocurrido, una consecuencia de su vagabundeo y su soledad.

Con cada día que pasaba, Farid se adaptaba más a su entorno. Había recuperado la habilidad de hacer fuego y el arte de cazar conejos. Los insectos, los frutos silvestres y los reptiles se convirtieron en su sustento, mientras que una piedra forrada en su sayo de ministril le servía de almohada. Las mañanas lo encontraban extasiado ante los colores del amanecer, una sinfonía de luz que parecía diseñada para recordarle que aún existía belleza en el mundo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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