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Cuidado,
Fabricio, que el árabe te puede morder.
Farid se acercó a tu cuerpo.
—No mueras. Daría mi vida para que tú vivieras.
Y sucedió. Isaac sobrevivió a los cuchillos y se volvió
un capón eternamente niño que vendieron más tarde en
doscientos ducados de oro en el puerto de Veracruz.