F0944 · —Aquel muchacho… —Galaad se detuvo. No sabía que decir.

Para atender a los Comneno, el arzobispo de Toledo encargó a Isaac a un muchacho español de melena rizada que no se quitaba nunca su capa roja. Por alguna razón este muchacho había asumido que Galaad era incapaz de hablar castellano y le hablaba a señas. Galaad no hacía caso lo cual contribuía a la sensación de que era mudo o tarado. Pero Galaad se ensimismaba mirando por la escotilla. En las bodegas del barco había un cargamento de esclavos que irían a cultivar los campos del Nuevo Mundo. Como los naturales estaban muriendo en las islas recién descubiertas, sus católicas majestades habían permitido el tráfico de esclavos que intercambiaban con comerciantes holandeses. Algunos de ellos, sin embargo, eran árabes que antes habían sido ciudadanos del califato de Córdoba. Felipe, el amigo de Galaad no decía nada de aquello y como Galaad se mantenía callado la única forma en que se comunicaron fue con una vihuela. Felipe tocaba y Galaad improvisaba alguna letra más bien sencilla. Lo hacía en griego porque era la lengua de su madre, la lengua que amaba. Felipe se sorprendió tanto como Juan Díaz cuando escuchó hablar a Malinalli en castellano.

—Aquel muchacho… —Galaad se detuvo. No sabía que decir. 

Felipe se sorprendió muchísimo de que el griego hablase el castellano. Comenzó a decir alguna cosa, pero el muchacho le pidió silencio. 

—Está alabando al Altísimo.

Esta vez, más que sorprenderse, Felipe se preocupó por decir algo así podría terminar con ellos dos lanzados con ellos al calabozo. Podrían ser procesados por herejes de modo que Felipe lo tomó a broma y le pidió que se callara. Lo condujo a la cocina, le entregó una jarra llena de agua y se las hicieron llegar con un poco de pan. Al otro lado de la prisión el muchacho agradeció. Con aquel pan podrían resistir un poco más de tiempos antes de caer en la tentación de comer la carne de cerdo que contumaces les ofrecían los cristianos para hacerlos desistir de sus prohibiciones alimentarias. En los días siguientes Felipe le enseñó a Galaad el nombre de todas las cosas en el barco de modo que el griego aprendió a decir artimón y respingo. Hablaba el castellano con acento griego y el cantado del andaluz. Le enseñó a subir hasta la cesta del vigía en el palo mayor y arriba miró desaparecer el puerto en Islas Canarias cuando se internaron en lo más profundo del Mar Océano.

Después de la capilla, fueron hasta una pequeña cocina. Antonio explicó que a esas horas el comedor estaba cerrado, pero las cocineras habían dejado fruta, queso y un poco de vino para el nuevo huésped de Isaac. Desde aquí podía verse un jardín interior del que provenía un sonido hermoso y extraño. Era como un laúd que vibraba en forma serena. Antonio le ofreció pan, mantequilla y un poco de jugo. Jorge nunca había bebido algo tan delicioso. Finalmente, Antonio lo condujo hasta su habitación en la parte más alta de la casa. Abrió los ventanales y Jorge s maravilló con la vista: ahí estaba la isla Tiberina y al fondo el Aventino que acababa de dejar. Antonio le mostró el armario en el que había ropa suficiente para vestirse un año, dejó en su mesa de noche una bolsita con dinero y se fue. Cuando se quedó solo, Jorge miró justamente lo que, en su meditación frente a la Eucaristía, había imaginado: un espejo de azogue. Se miró curioso. Pronto se dejaría crecer el cabello, desaparecería la tonsura y todo rastro de su pasado. Como si la transformación pudiese esperar se lanzó vestido con sayal y sandalias sobre una cama mullida y dejó que lo arrullara el ruido del barrio. Se quedó dormido hasta el hambre y el graznido de las gaviotas lo despertó.  Estaba atardeciendo. La música que había escuchado en el jardín interior había vuelto a sonar. Jorge Helénico supo que era un instrumento que estaba afinado en uno de esos tonos que permiten el uso del tono y medio. Era el salto del diablo, la escala del infiel. Supuso quien hacía sonar aquel extraño instrumento con una afinación que los monjes tenían explícitamente prohibido usar. Sonrió. Era tan hermosa aquella música que terminó por convencerse de que eran idiotas quienes pensaban que los tonos y medio o las quintas eran invención del diablo. Toda la música, se dijo, es de Dios porque, en aquel entonces Jorge no tenía ni idea del poder de la música.

Un esclavo vino y le mostró su armario. Le dijo que Farid y el amo Jorge Comneno habían comprado para él ropa de laico. Habían pensado, le dijeron, que se sentiría más cómodo en lo que el superior venía para hablar con él y explicarle personalmente cuáles serían sus obligaciones.

Se quedó dormido hasta que al día siguiente el hambre y el graznido de las gaviotas lo despertó.  Estaba atardeciendo. La música que había escuchado en el jardín interior había vuelto a sonar. Jorge supo que era un instrumento que estaba afinado en uno de esos órdenes que permiten el tono y medio. Era el salto del diablo, la escala del infiel. Supuso que sería Farid quien hacía sonar aquel extraño instrumento con una afinación que los monjes tenían explícitamente prohibido usar. Sonrió. Era tan hermosa aquella música que terminó por convencerse de que eran idiotas quienes pensaban que los tonos y medio o las quintas eran invención del diablo. Toda la música, se dijo, es de Dios porque, en aquel entonces Jorge sólo había visto el diablo en visiones.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes