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VIOLACIÓN
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El señor Cornaro les pidió que fueran a casa de su amigo con una carta. Antes de salir, la señora Cornaro hizo en la frente de los niños la señal de la cruz.
La iglesia en México se llena en silencio. Los indígenas pisan con cautela. El ruido de sus pasos parece un suspiro que exhala en diversos puntos la iglesia de san Francisco.
Aprendieron a ser predilectos. A ser, Farid y tú, cuerpo y carne de la signora. A defenderse de los sirvientes venecianos. A ser la mano derecha y la mano izquierda cuando no hay nada que diga la tarde, cuando el ciprés no significa nada más que olor a ciprés y tú no significas otra cosa que mulato árabe que sueña con cruzar el Mediterraneo para ser hijo del señor de la guerra una vez más.
***
A la princesa volvió la nostalgia luego que perdió a sus tres mascotas, Rashid, Isaac y el monito verde.
Rashid, el mayor y más guapo huyó quién sabe dónde. Nadie ha podido encontrarlo. Isaac cayó prisionero. Sólo gracias a la influencia del señor Cornaro —que le había tomado cariño— el joven árabe se salvó de la horca.
—No amor —le dijo a su mujer— puedo ayudarlo, pero no quiero que vuelva a vivir con nosotros. Es un asesino ¿entiendes?
La señora Cornaro tuvo que entender. Es difícil, sobre todo ahora que hasta el chango murió de tristeza, extrañando tal vez, las tardes al sol, lleno de caricias y piñones.
Isaac vivió en casa del señor Cornaro, menos de un año. Muchos años después habrá de recordarlo. Con nostalgia mirará a un par de muchachos que pasan bajo un árbol y habrá de acordarse de Rashid y la señora niña. Tenia casi mi edad, habría de decirse. Sentirá muchas ganas de volver a verla. Eso ya en este mundo será imposible. Ya para entonces, a Isaac a Rashid a la princesa Cornaro y al monito verde, no será el mar quien los separe, será el tiempo.
Ahora en este, Isaac cambia de amos hecho ya objeto exótico que ha aprendido a disfrutar y a dar placer a sus amos. Le gusta. Sólo se tiene a sí mismo, a su cuerpo y ha aprendido a verse como si fuese un vaso, un vaso perfecto de cristal de Venecia.
Ha dejado incluso de importarle que con el asunto aquel del asesinato hayan tenido que malbaratarlo. Si sus amos son pobres como él, qué mejor. En las camas de los pobres, quién sabe por qué, saben mejor los amoríos y tal vez por eso, pensará mucho después, la princesa Cornaro había dejado de amar.
El último de sus amos antes de venir a Nueva España, fue un soldado portugués que había perdido la pierna. Lo cuidó en la ciudad de Lisboa.
El soldado. por las tardes, se sienta frente a la ventana y mira el sol de la tarde. Lee y escribe historias de Cambodia, reyes Khmer y palacios perdidos en la selva. Historias de ruinas que se abren frente a los claros abiertos por los hombres del imperio portugués. En una de esas ruinas, escribió Damián, este soldado, conocí a Nyu, un muchacho con el que vino de regreso a Europa.
* Otro día, el amo me pidió que le fuese a entregar una carta a un amigo suyo, para referencia, me dijo que era el hombre que yo había visto en aquella fiesta. No me interesó qué hombre fuese, después de todo yo era un esclavo, por más que estuviese viviendo con el ama las fantasías que nos leían en novelas de amor. Me dijo:
—Ve con aquel amigo que se ha vestido de emperador romano. Trátalo bien, por favor y entrégale esto.
Recibí una carta lacónica y mal doblada que me entregó y respondí:
—Señor, ¿cuándo he sido yo descortés con tu gente?
Caminé por la calle liberado. Me veía en los cristales creyéndome un caballero. Y estaba tan metido en mí mismo que no me di cuenta de que Gabriel me venía siguiendo.
Llegué a la casa de aquel hombre. Un esclavo me condujo hasta la habitación de su amo y me preguntó con toda inocencia:
—Sabes lo que tienes que hacer ¿no?
Yo le contesté que entregar una misiva y el esclavo sonrió.
Flandes, en octubre es una hermosa ciudad. Está llena de antorches y hay bufones que hacen trucos en cada calle. El amigo del amo vino, recibió la carta y sin preguntar nada comenzó a besarme. Supe entonces lo que hacen con ciertos esclavos, lo que son los esclavos de lujo. Es extraño, mi mente comenzó a viajar y se elevó por encima del palacio de Jorge Estévez, fue por las calles llenas de niños que van de la mano de su mamá, crucé el mar y asistí, en el Nuevo Mundo, a una misa. Los soldados tlaxcaltecas, aliados con Cortés se estaban bautizando. El sacerdote Juan Díaz, había organizado una magnífica ceremonia y los artesanos del rey Xicoténcatl habían fabricado una enorme pila de piedra en la que, uno por uno, en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se introdujeron los soldados. Una voz agudísima cantaba, no sé cómo, pero era mi voz. Pensé también en mi madre y me dije: “Debí haberte dado la razón, no es bueno ser un esclavo”. El dolor de recordar esto, me aliviaba de los mordiscos del hombre y aunque me amenazó con un cetro feroz, a punto de traspasarme, me sentí cómodo y olvidado de mí mismo en el confortable limbo de mis iluminaciones.
Flandes, en octubre es una hermosa ciudad. Está llena de antorches y hay bufones que hacen trucos en cada calle. El amigo del amo vino, recibió la carta y sin preguntar nada comenzó a besarme. Supe entonces lo que hacen con ciertos esclavos, lo que son los esclavos de lujo. Es extraño, mi mente comenzó a viajar y se elevó por encima del palacio de Jorge Estévez, fue por las calles llenas de niños que van de la mano de su mamá, crucé el mar y asistí, en el Nuevo Mundo, a una misa. Los soldados tlaxcaltecas, aliados con Cortés se estaban bautizando. El sacerdote Juan Díaz, había organizado una magnífica ceremonia y los artesanos del rey Xicoténcatl habían fabricado una enorme pila de piedra en la que, uno por uno, en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se introdujeron los soldados. Una voz agudísima cantaba, no sé cómo, pero era mi voz. Pensé también en mi madre y me dije: “Debí haberte dado la razón, no es bueno ser un esclavo”. El dolor de recordar esto, me aliviaba de los mordiscos del hombre y aunque me amenazó con un cetro feroz, a punto de traspasarme, me sentí cómodo y olvidado de mí mismo en el confortable limbo de mis iluminaciones
Cuando llegaron al palacio del señor Estevez, el esclavo que los condujo a través de los pasillos del palacio les preguntó:
—¿Saben ustedes para qué los envió aquí el duque Cornaro?
Martín lo sabía. Eneas no. Y Martín se sintió culpable porque ya había estado ahí y porque sus dotes de esclavo los habían traído hasta donde Esteves dijo:
—Es cierto lo que dice Cornaro —¡Qué hermosos que sois!
Cuando Farid se dio cuenta que lo habían enviado ahí, como lo que era, como un esclavo capaz de otorgar todos los favores sexuales, supo que había sido Martín lo había traicionado. Martín que había sido su amado se convirtió así en su peor enemigo. Jorge Estévez les ordenó que se desnudasen, Eneas supo que no había otra cosa que hacer. Al ver a Martín desnudándose, Eneas supo que no se había acostado nunca con Lucía. ¿Por qué le había mentido? Le había mentido porque lo amaba y entonces él más lo amo.
Isaac y Farid. Mirándose y ha pasado tanto tiempo que son dos extraños que se aman y aman todo el horror que precede este encuentro.
***
Nyu en aquel tiempo, como ahora Isaac, quiso al soldado del imperio. Cómo no iba a quererlo, si era alto y bien parecido, muy blanco y fuerte. He visto su retrato entre las cosas de Isaac Ángel que guarda el cabildo de catedral.
Y si Damián perdió la pierna en una batalla en ultramar, a Isaac eso no le importa. Le gusta mirarlo escribir y cruzar la calle hasta el mercado para comprar cosas para comer. Es su esclavo, su vaso de cristal veneciano, el eunuco árabe que lo cobija cuando afuera, en la calle, se escuchan gritos que recuerdan pasados salvajes y el soldado, aunque no lo acepta, tiene miedo de que los fantasmas que arrojó al fuego en Indochina vuelvan por él.
El solado murió de gripa. Lo escribe Isaac en esa carta de letra redonda y cuidada que archiva correspondencia de catedral. Yo supongo, además, que Isaac habrá querido morir con él, pero quién sabe por qué, ni siquiera enfermó.
—Me has cuidado en el lecho —habrá dicho el portugués—. Un poco como yo mismo cuidé de Nyu cuando estaba muriendo.
—No hables —habra dicho Isaac.
—Yo no soy tu amo, yo soy tu amigo. Isaac habrá sonreído. Le habrá secado el sudor en le frente. Cómo saberlo. Lo que sí: Damián le entrego al muchacho árabe una esmeralda y le dijo:
—Compra con esto tu libertad.
Pero Isaac ya era un esclavo. Tenía ya la mente y el carácter del esclavo. No hubiese sabido qué hacer con su libertad.
Cuando Damián murió, Isaac habrá salido a caminar un rato largo por las calles del centro de Lisboa, esas que por las tardes se ponen verdes y huelen a mar. Esas en las que a lo lejos se mira el castillo de jardines casi salvajes y piedras mohosas. Esas desde las que se mira el puerto y el faro. El piso, se antoja, estaba mojado y era otoño y como Isaac no quería vender la turquesa y no tenía ya a donde ir, después de recitar una plegaria en su idioma, Isaac fue hasta el puerto, hizo un par de preguntas y se entregó al vendedor de esclavos que anotó su nombre en el libro de Indias y lo trajo a vender aquí, a la Nueva España.
Un día Martín lo llamó, pero no para amarlo. Le dijo:
—El señor Cornaro quiere hablar contigo.
Se lo dijo de mal humor, como molesto. Eneas estaba seguro que lo habían descubierto como era, creyó que su felicidad era notoria o que tal vez lo había denunciado.
Al contrario, Vicente Cornaro le pidió que los acompañara a Tlaxcala donde tendría una reunión con Hernán Cortés.
—En Tlaxcala verán también al señor Estévez, ese que ha venido a la fiesta, ¿lo recuerdas?
Eneas dijo que sí, vagamente lo recordaba.
Eneas creyó que había cambiado su posición. Se había convertido en un favorito. “Cuando caiga Tenochtitlan, seré parte de la nobleza”.
Cuando Lucía supo que Farid estaría fuera de la encomienda unas semanas, se consternó tanto que lloró toda la tarde. Se despidieron. Ella regaló a Eneas, un muñequito de tela. Un soldadito turco. En el camino que los llevó al oeste, Eneas descubrió que el muñequito había sido abierto y que había en su interior un arete de perla. Lo apretó entre sus manos. Supo lo que esa joya le estaba diciendo: era una prueba de amor.
Eneas pensó que todo ese amor era fruto del despecho. Estaba feliz de sentir en su bolso, apretado contra su muslo, el arete de Lucía Cornaro. En Tlaxcala tuvieron poco tiempo, pero ahí está Roberto quien le pidió a Eneas que cantara para el rey Xicotencatl
Iluso, Rashid soñaba con seducir a Lucía mientras caminaba hacia la casa de Jorge Estévez.
—Pobre Martín —pensaba sonriendo, mientras mordía un trozo largo de pasto—. Terminará viejo y solo, maestro de ceremonias de un palacio en ruinas y yo, Farid ¿cuál es mi verdadero nombre? Yo, Eneas, seré un viajero de amores inútiles que morirá donde se pone el sol.
Lo pensaba en un sentido metafórico, pensaba que cuando el amo supiese de sus amores, sería llevado al cepo y después moriría en un torreón como aquel en que convaleció de la castración.
—Me llevaré conmigo —murmuró para sí—, todo el honor de la familia Comneno. Todos lo sabrán.
Venían caminando por las calles de Flandes y Martín callaba. Eneas preguntó:
—¿Qué sucede?
—¡Déjame en paz! —respondió Eneas.
—Te he mentido —dijo de pronto.
—¿Qué?
***
Juan lo suponía. Farid no. Y Juan se sintió culpable, sus dotes de esclavo lo habían conducido hasta la habitación en la que apareció Estévez, en bata china y dijo:
—Es cierto lo que dice Cornaro —¡Qué hermosos que sois!
Cuando Farid se dio cuenta que lo habían enviado ahí, como lo que era, como un esclavo capaz de otorgar todos los favores sexuales, supo que había sido Juan quien lo había traicionado. Juan que había sido su amado se convirtió así en su peor enemigo. Cuando Jorge Estévez les pidió que se desnudasen, Farid supo que Juan no se había acostado nunca con la princesa Comneno y supo también que él, por celos, lo había traicionado.
***
***
Isaac tendría ya unos once años.
Esa noche, Martín envió a Farid e Isaac a entregar una carta
a otro italiano. Se lo pidió como si tuviera vergüenza.
—Quiero que traten bien a Juan Carlos —les dijo—, es
socio mío en negocios que tenemos con holandeses.
—Señor —contestó Isaac—¿cuándo no hemos sido amables con tus amigos?
El señor Cornaro sonrió y les escribió la dirección de su amigo en un papelito.
***
Un día uno de los esclavos lo llamó:
—El señor Cornaro quiere hablar contigo.
Eneas estaba seguro que había sido descubierto y se sintió feliz. Creyó que su felicidad era notoria o que tal vez el mismo confesor de Lucía lo había denunciado. Se sorprendió, por eso cuando Vicente Cornaro le pidió que lo acompañase al otro lado del estrecho, a Veracruz donde tendría una reunión con el conquistador Hernán Cortés.
Eneas no se extrañó ni siquiera cuando dijo Cornaro:
—En Tlaxcala verán también al señor Estévez, ese embajador que ha venido a la fiesta, ¿lo recuerdas?
Eneas dijo que sí. Vagamente lo recordaba y lleno de la vanidad de sentirse el favorito, le ordenó a un sirviente que empacara sus ropas más finas, las que le había mandado a hacer la señora para leerle en el jardín. El sombrerito de colores con una pluma color turquesa, las mayas blancas de seda y él llevó consigo en una bolsita de terciopelo negro, el arete que ella le regaló como prueba de amor después de la primera noche. Decidió no despedirse de Lucía.
***
***
Desnudo ahí frente al español, volvió a su condición de esclavo. Él que había esperado el amor como un moro que, en Europa espera la primera nevada, se vio empujado hacia el lecho de un hombre que nunca deseó.
No valía la pena ni siquiera tratar de concentrarse en la princesa, en Rashid o en Juan. Todo se volvió violencia. En octubre, Flandes era una hermosa ciudad llena de antorchas y bufones que hacían trucos en cada calle. Cuando Estevez subió sobre él y comenzó a besarlo, atravesó en Farid una idea extraña, la de que tal vez efectivamente era inmortal. Juan lo miraba. Se desnudó también. No era la primera vez que hacía esto. Cornaro pagaba favores con la belleza de sus esclavos. ¿Lo hizo por celos? Se preguntó Farid. ¿Lo hizo porque me amaba? Si, tal vez. Y Juan viéndolo ahí, tan desprotegido, siendo besado, y toqueteado, Juan sintió que tal vez lo amaba, que esto no debería suceder. Los esclavos de Estévez atisbaban por la cerradura fuera de la alcoba del amo. Imaginó al amo muerto, la batea, el reloj, los doctores. Lo imaginó claramente para evadir el momento en que miraba cómo a Farid, Estévez comenzaba a violarlo.
—Ven aquí —ordenó Estévez—. Y Juan se arrimó al lecho, se introdujo desnudo y recordó las pociones, su deseo de ser alquimista y se dijo: hay un odio aquí, que tendrás que sacar.
Cuando vino el dolor de la primera arremetida y cuando Farid recordó en ello el dolor de los cuchillos que castran, Juan tomó la mano.
***
Farid se tiende, besa a Isaac en la boca, el hombre sonríe, grita cosas en un idioma que suena a brujos y selvas con animales heridos. Farid besa a Isaac que no entiende qué pasa y está sorprendido, pero la mano de Farid se extiende y discretamente se acerca al vestido suyo que quedó tirado frente a la cama.
Isaac cierra los ojos, siente los labios, cierra los labios. Poco a poco vienen aquí las imágenes: hay una mujer que afila cuchillos en una choza de olores agrios. Isaac está a punto de irse, escapar por la ventana y el olor del tipo es tanto que todo le recuerda, la castración.
***
Ven ——Farid le lanza las túnicas y le extiende la mano. Guarda la daga y justo cuando entran los guardias al cuarto del amo español, los niños árabes saltan fuera de la ventana.
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Farid toma la daga que esconde en el manto y de un solo tajo abre la garganta del español que muere gritando como si fuera un cerdo.
A Isaac todo se le va de nuevo. Está tan sorprendido que todo se cierra otra vez, pero han quedado fuera de sus recuerdos esto: la mujer que afila cuchillos y una choza de olores agrios.
El español cae desplomado. Los pies de Isaac se desatan, empujan con asco el cuerpo inherte y bofo del español. Afuera se escuchan gritos.
Cuando Eneas llegó al palacio del señor Estévez con la carta de su amo, el esclavo sonrió. Vino a recibirlo un muchacho negro que lo condujo a través de los pasillos. Lo hizo esperar en una salita en la que Eneas se sentó sobre un hermoso silloncito verde y el muchacho negro lo vio tan feliz que decidió preguntarle:
—¿Acaso sabes para que te envió aquí el duque Cornaro?
Eneas levantó los hombros, dijo que no.
El muchacho negro se sentó junto a él y le dijo:
—En verdad que eres muy hermoso.
Eneas sonrió y se sintió halagado.
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* * * Entra el español que a veces viene a casa del amo. Trae una bata que apenas cubre la desnudez ridícula hecha de grasa y vellos en los lugares más inhóspitos. Es fuerte.
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¿Saben para qué los mandó conmigo el señor Cornaro?
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Cuando Eneas entró a la habitación de Estévez, el español le pidió que se desnudara. El esclavo se sintió consternado, pero a un golpe en la cabeza supo que tendría que obedecer. Lo hizo ensimismado, sin entender aún muy claramente lo que estaba sucediendo. Pronto supo que si su cuerpo era la frontera de toda libertad, lo que le estaba sucediendo era, efectivamente, la esclavitud.
Mientras Jorge le besaba el cuerpo desnudo, Eneas pensaba en Alonso. Descubrió que le había mentido: «nunca se acostó con Lucía Cornaro», se dijo. Y estaba a punto de sonreír «tal vez me mintió porque me ama». Había comenzado a transformarse en otro. Trataba de concentrarse en todos los recuerdos amables de su vida para olvidar el olor a almizcle de aquel hombre cuando el dolor más grande que había sentido en toda su vida pareció partirlo por la mitad. Estaba siendo penetrado.
***
Caminó Eneas por las calles de Veracruz y pensaba: «cuando muera me llevaré conmigo todo el honor de la familia Cornaro».
Esa noche el amo le entregó una carta para Estévez. No podía saber que en esa carta el amo estaba buscando vengarse.
***
Soy ese monito verde, pensó Ghaffar después de la
violación. A esto siguen una y otra vez entregar el cuerpo
desnudo al cura que bendice antes de blandir la lanza y
penetrarte. Soy ese monito verde, pensó Alessio, tu bastón, y te he traicionado.
Farid comenzó a caminar y así salió de La Habana.
FARID RECUERDA LOS JURAMENTOS
Ahora Isaac es venas que se revientan. El corazón está a punto de salírsele. Se le llenan los torrentes y se llevan toda felicidad.
Esto no es caricia ni un juego, no es el beso que en el jardín le dio la señora. Es un golpe seco e Isaac se siente penetrado con asco. Se ha vuelto ya un esclavo de los pies a la cabeza. Desnudo y enajenado de si mismo.
Sólo se ama quien comparte las cicatrices. Tú morirás, Mohamed, ellos también morirán. Hay una sola cicatriz. Incluso la cicatriz de la violación de Isaac, todas son arañazos.
Isaac miró al hombre desplomarse junto a él. Tenía la boca llena de su aroma.
El hombre le dio un dinero y dijo:
Gracias.
Farid tomó la mano de Isaac, le puso una daga, la llevó a la garganta del hombre y de un solo tajo le cortó la garganta.
Isaac se quedó tan sorprendido que todo volvió a desaparecer. Una mujer afila cuchillos. Una choza de olores agrios.
Nunca vamos a hablar de lo que ha sucedido aquí.
El hombre cayó desplomado a los pies de Isaac.
Los muchachos habían corrido ya fuera del palacio.
Jorge Estévez quedó muerto sobre un charco de sangre. Farid se decía: Acabo de matar un hombre. Soy un esclavo y acbo de matar a un hombre. Discúlpame por todo lo que te he hecho, discúpame por todo, vete de aquí.
¿Qué sucedió? Isaac no sabe. Unos soldados dan vuelta en la esquina. Tienes que huir, dice Farid.
Isaac se siente perseguido. Cada gesto, cada persona que lo mira. Sabe que va a morir.
Rashid se siente perseguido. Cada gesto, cada persona que lo mira. Sabe que va a morir, que los van a matar.
Ellos, los esclavos mataron a un cristiano. Siente ya la inquisición. Siente de un golpe nostalgia por todo lo vivido, pensar no era tan malo, nostalgia de aquel horror en casa de la princesa Cornaro:
Maté a un cristiano, dice Farid. Siente ya encima de sí a la inquisición. Farid sintió a nostalgia por todo lo bueno y todo lo malo que había hecho. Nostalgia de todo lo que labró de todo lo que sucedió antes del encantador de serpientes. Vámonos de aquí. ¿Qué vas a hacer cuando me muera?
Buscarte, murmuró Isaac y fue la primera vez que pronunció una palabra.
Farid no tuvo tiempo de sorprenderse. Isaac se recostó en su pecho y los dos se sentaron en el quicio de una puerta a esperar que vinieran por ellos.
Acabo de matar a un hombre.
Isaac despertó. Estaba solo. Un viejo vino y le dijo en italiano: Farid me pide que te lleve lejos. Fue así que comenzó la travesía que llevó a Isaac hasta América.
Buscarte dijo Isaac asomado a la escotilla. La luz dorada se había vuelto azul.
***
Isaac y Farid llegaron a una casa de piedra con jacintos y magnolias. Se abrió la puerta y un negro los condujo a través de pasillos hasta las recámaras en la parte alta del palacio mediterráneo. ¿Por qué nos trajiste aquí? Sh. Sean buenos. Stai Zitto.
De un golpe se abrió la puerta. A través de un jardín con palmeras y fuentes, un esclavo condujo a los muchachos hasta las recámaras en la parte alta del palacio mediterráneo.
¿Por qué nos trajiste aquí?
— Sh. Sean buenos. Stai Zitto.
El esclavo les ordenó desvestirse.
Isaac preguna a Rashid con los ojos.
— Es una orden —dice el esclavo negro.
Rashid asiente con la cabeza, se quita las sandalias, se desviste. Su cuerpo es hermoso y muy delgado. Isaac cuando mira ese cuerpo desnudo siente como si fuera música. Isaac se desviste también. Rashid y él se sonríen.
El español acomoda al niño en su regazo, lo acomoda, lo mece, lo voltea. El esclavo es un trapo, un juguete que ha perdido las articulaciones. Farid se mueve, grita, el hombre le da una cachetada. Gritos, al hombre le gusta la violencia. El hombre lo toma por el cuello y le lame el pecho. Isaac está sorprendido y le asusta la violencia y el dolor que todavía siente, que no se le pasa. A esto nos mandó signor Cornaro. Se siente traicionado. Ella también lo sabía. Todos los europeos son esto.
El español muerde el cuello de Isaac, sube por la espalda, de un golpe lo penetra, el niño busca zafarse, el hombre gime, está a punto, se controla, le da tanto placer esto que está haciendo. Los esclavos miran a través de agujeros en las paredes.
Soy ese monito verde, pensó Ghaffar después de la
violación. A esto siguen una y otra vez entregar el cuerpo
desnudo al cura que bendice antes de blandir la lanza y
penetrarte. Soy ese monito verde, pensó Alessio, tu bastón, y te he traicionado.
Farid comenzó a caminar y así salió de La Habana.
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Estévez muerde el cuello de Eneas. El muchacho ha dejado de lamentarse y Estévez gime y da placer sentir esa pequeña voluntad frágil sometida bajo su cuerpo. Eneas está a punto de escapar, quiere salir volando fuera de la ventana. Escapar para siempre. Escapar otra vez.
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Farid supo que no podía resistirse. Recordó el desierto, la procesión de los esclavos en el viaje hacia Damasco. Recordó al encantador de serpientes y aquel juramento, señor te doy mi vida si me sacas de este lugar. Había sido inútil cualquier ofrecimiento. No había más allá. Sabía lo que iba a suceder porque para eso también castraban a los muchachos del desierto. Lo sabía. Con premura, el hombre se había quitado la ropa y lo hizo girar para mirarlo a los ojos. Recordó los ojos de aquel muchacho que había muerto en la cama de junto en la choza en que lo castraron. Estaba a punto de volver a suceder. ¿Cómo reaccionaría? ¿Qué sería de él? La serpiente le murmuraba al encantador extrañas palabras y el hombre también. Le decía cosas que Farid no sabía o no quería escuchar; cuando le hubo arrancado la ropa, se escuchó un ruido seco y el hombre se desplomó. Farid cobró conciencia con mucha dificultad. Sangrando, el monje se había levantado y le había reventado una jarra en la cabeza. Todo salpicó con sangre y agua. Miraron al hombre. No estaba muerto, sangraba, pero se levantó, su sangre se mezclaba con la sangre de Miguel quien estaba a punto de desvanecerse a causa de la herida que había recibido en el estómago. Farid cogió la espada del cinto de aquel hombre, la extrajo y la clavó en el pecho y como si estuviesen unidos en una comunión satánica los dos lo mataron para que vivieran los dos.
* Ahora Isaac mira al hombre que trepa en Farid. Le asquea la imagen. El español lo trepa y con sabor a sebo se le mete en la boca, atrae a Isaac, sabe mal, sabe a los olores más sucios de España, a entrañas que sudan vapores en la laguna de Tenochtitlan cuando ha llovido y se mueven las aguas.
* —Tú, madre, me dijiste una vez hace mucho que rezara para que el miedo a la muerte se transformara en amor. Efectivamente, esta imagen me ha perseguido en sueños y he rezado. Y voy a sacrificarme, madre. Por amor, pero no por miedo.
***
ALBERTO PIENSA QUE LA ESCLAVITUD NO ES HUMILLANTE
HASTA QUE SE DA CUENTA DE QUE FARID HA SERVIDO
SEXUALMENTE ANTES… Y SE SORPRENDE. Y COMIENZA A CAMBIAR.
Cuando mi madre me dijo que yo no había nacido para ser esclavo, estaba convencido de que la servidumbre no era humillante. Y no es que fuese inocente. Tal vez tonto, pero inocente no. Imaginaba muchas cosas que me prevén de la ilusión de imaginar que era inocente. En todo caso no me quejo. En todo este tiempo he aprendido que hay sentido en el sufrimiento. No es que quiera sufrir, claro. Puedo ser tonto, pero no masoquista, pero se aprende del sufrimiento. Aún Dios, siendo Dios se encarnó en hombre para aprender del sufrimiento. Así lo dice el Evangelio, si recuerdo bien.
Todo aquello que me inventé con Lucía. La fantasía de amor transgresor, revivió en mí aquellas fantasías infantiles en que la servidumbre, lejos de ser una carga, eran un deleite de intrigas de amor. “Qué tonta es mi madre”, pensaba. “Si pudiese verme ahora no diría: ‘se un buen musulmán, no lo olvides, tienes que viajar a la Meca” y todas esas cosas que dicen las madres cuando uno se ha vuelto mala cabeza. En la calle, por ejemplo. Los tenderos, el zapatero y el dentista (que en aquel tiempo hacía también de peluquero) me decía “sire, siéntese aquí”, “señor, ¿de qué piel vamos a hacer sus botas?” “Esta capa le irá muy bien. El color de la tela está hecho para sus ojos.” El mundo entero estaba hecho para mis ojos y ¿de qué otra manera hubiese podido ser cuando comienza la primavera en una ciudad como Flandes?
* Cuando Jorge estaba a punto de traspasarme con el viejo bastón que casi flácido le colgaba en la entrepierna, apareció, justo como en una de las novelas de amor en las que yo me había inspirado para coquetear con Lucía, el verdadero dueño de mis amores. Tal vez se lo diga. Qué se yo. Faltan aún muchas horas para que vuelva a verlo. ¿Quién puede saber qué sentiremos? Tal vez, como en un cuento que escribí hace mucho, nos veremos en el aeropuerto y fingiendo desdén nos daremos la media vuelta sin decir absolutamente nada. Yo volveré a Nicosia y luego, tal vez, a México. Él volverá a perderse otros mil años. Tal vez más.
* Cuando entró Miguel a la habitación del amo Estévez, el viejo perverso no tuvo tiempo ni siquiera de atragantarse para gritar, más bien se atragantó con su propia sangre aunque a ciencia cierta no lo sé. Es decir, no sé si sea del todo riguroso decir que alguien se atragantó con su sangre cuando justamente le han rebanado la garganta. Un poco de sangre debe haber tragado, eso sí. Miguel no se contentó con uno o dos cortes con el cuchillo que llevaba bajo la manta. Le cortó la cara y cuando Estévez, ya a punto de morir, trató de cubrirse la cara para no ver los ojos de su asesino, Miguel le cortó también las manos y se encaramó en él para seguirlo apuñalando cuando era evidente que había muerto.
—¡Vístete! —me ordenó.
Yo cogí la capa de la que el sastre aquel se había servido para elogiar el color de mis ojos. Escuchaba sólo el jadeo de Miguel que miraba, con sonrisa de asesino, los despojos de aquel arrebato.
Ahora sé que los esclavos tienen la costumbre —nunca bien ponderada— de atisbar los actos privados de su señor. Lo sé porque cuando Estévez se quedó muerto, escuchamos, Miguel y yo, que algo se movía en el piso sobre nosotros. Allá arriba, enmascarada en un friso que daba la vuelta a la alcoba ducal había un agujero por el que nos habían estado observando.
—Es hora de irnos —me dijo Miguel mirándome a los ojos. Estaba ya mucho más tranquilo y el tono pausado de su voz tenía el aire de una disculpa—. Van a venir por nosotros.
Saltamos a la calle y escuchamos a lo legos gritar a la guardia del duque que se quedó, bien muerto, sobre la cama.