01.04 — Frente al edificio

01 El Sitio / Los Cuadernos · Manuscrito del Cuaderno Púrpura

Los Gemelos Comneno · Fase 1: La Juventud en Bellas Artes · 01.04

Hacia 1985 (fecha aproximada) · Voz ficcional: Isaac Comneno

Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · The Eye of the Storm

Angel Comneno · Sestina – EP

Ciudad de México · Ollin Yoliztli / Escuela Nacional de Antropología · Isaac, quince años

Frente al edificio donde vivíamos estaba la Escuela Nacional de Antropología.

Bastaba cruzar.

De nuestro lado había horarios. Horas para estudiar. Horas para ensayar. Horas durante las cuales Roberto consideraba inadmisible que yo siguiera dormido.

Del otro siempre había alguien sentado.

Eso me parecía una forma avanzada de libertad.

Tenían libros abiertos sobre las piernas. Hablaban de cosas que debían cambiar. A veces llevaban una hora explicando por qué ya no se podía seguir así y nadie se había levantado.

Yo los escuchaba.

Tenía quince años. Casi todos eran mayores. Cuando no entendía algo, fumaba.

Había aprendido que eso permitía tardar en responder.

Ese día encontré al Pequeño Samurái en el pasillo.

Iba hacia mi departamento. Él estaba delante de mí.

Intenté pasar por un lado. Se movió.

Probé por el otro. También.

Pensé que quería molestarme. Era una explicación suficiente. Las explicaciones suficientes suelen durar muy poco.

—Déjame pasar.

No respondió.

En la orquesta yo sabía dónde poner los ojos. El director. La partitura. Mis manos.

En aquel pasillo me sobraban lugares donde mirar.

Miré su hombro. Después la puerta. Después su cara.

Seguía ahí.

—¿Qué?

No sé por qué pregunté lo del estornudo.

Habían pasado tantas cosas desde Bellas Artes. Yo había tocado. La gente había aplaudido. Había personas que todavía me hablaban de aquel concierto.

Y yo quería saber por qué él había estornudado.

—¿Por qué estornudaste el primer día que toqué en Bellas Artes?

Lo pensó.

Eso me sorprendió. Hasta entonces había supuesto que los estornudos no necesitaban preparación ni explicaciones posteriores.

—Porque te odio.

Me reí.

Esperaba que se riera también. Así podríamos seguir.

No lo hizo.

—Porque te odio y te amo.

Me quedé mirándolo.

—Me pone triste verte.

Bajó un poco la voz.

—Y me pone rabioso.

Yo llevaba meses esperando que me dijera algo. Ahora quería que se detuviera un momento. Necesitaba alcanzar lo que ya había dicho.

Pero siguió.

—Y nunca fui tan feliz como ahora que te vi salir.

No recuerdo qué hice con las manos.

Eso me molesta. Recuerdo sus palabras. La puerta. Una marca en la pared.

Mis manos no.

Debieron de quedarse colgando. Las manos de un pianista pueden resultar bastante inútiles fuera del piano.

—¿Te gusto?

—¿Qué?

—Que si te gusto.

Lo había oído. Quería oírlo otra vez.

También quería disponer de unos segundos durante los cuales todavía no fuera necesario contestar.

Pensé en todo lo que había leído. Las Cyprias. Paris. Helena. El Grial.

Había dedicado mucho tiempo a entender deseos que habían destruido ciudades.

El mío no conseguía atravesar un pasillo.

—Dejé mi casa y acepté la beca sólo para vivir junto a ti.

Lo dije de corrido.

No había sabido que él vivía allí cuando acepté la beca. Eso era un inconveniente. Pero en aquel momento me pareció un inconveniente menor.

Yo estaba allí. Él también. Todo lo anterior podía arreglarse después.

El Pequeño Samurái bajó la mirada.

Pensé que había dicho demasiado. Pensé que debía añadir algo.

Por una vez no lo hice.

Cuando volvió a mirarme, dijo:

—Eres hermosísimo.

Miré hacia atrás.

No había nadie.

—¿Yo?

Se rio.

—Sí, tú.

Podía haberme llamado idiota. Habría entendido mejor la situación.

Hermosísimo era una palabra que exigía cambiar de sitio algunas cosas. Mi cara, por ejemplo. Hasta entonces había sido simplemente la que llevaba conmigo.

De pronto él la estaba mirando.

Se acercó.

Yo dejé de respirar con naturalidad. Intenté corregirlo y fue peor. Ahora, además de todo, estaba respirando deliberadamente.

Creí que iba a besarme.

Había imaginado aquello muchas veces. En mis imaginaciones nunca tenía que decidir qué hacer con la nariz.

Estaba muy cerca.

Esperé.

—Si te toco, mi padre me mataría.

No supe cuánto había de padre y cuánto de muerte en aquella frase.

Quise preguntárselo. También quise decirle que no importaba.

Menos mal que no lo dije.

Su padre sí importaba. Yo lo conocía lo suficiente para saberlo.

El Pequeño Samurái abrió la puerta de su departamento.

—Espera.

Se volvió.

Durante un instante pensé que iba a regresar. Sólo se quedó mirándome.

Luego cerró.

La puerta hizo un ruido pequeño.

Me pareció insuficiente.

Después de todo aquello, cerrar una puerta debería haber requerido algún esfuerzo. Una resistencia. Algo.

Puse la mano sobre la madera.

Pensé en tocar.

Si tocaba, tendría que decirle para qué. No podía limitarme a preguntarle otra vez si de verdad le parecía hermoso.

Aunque era exactamente lo que quería saber.

Retiré la mano.

Fui a mi departamento.

No recuerdo si me senté.

Recuerdo que cambié de lugar varias veces. La ventana. Una silla. La puerta.

Había cosas que debía hacer. Siempre las había.

Podía estudiar. Podía buscar a Roberto. Podía preparar lo del ensayo.

Abrí algo. No sé si un libro o una partitura.

No leí.

¿Te gusto?

La frase volvía.

Eres hermosísimo.

Luego la otra.

Si te toco, mi padre me mataría.

Intenté ponerlas en orden. Ya estaban en orden. Ése era el problema.

Si quitaba la última, todo resultaba bastante sencillo.

No conseguí quitarla.

Crucé la calle.

En Antropología había gente reunida. No recuerdo para qué.

Me hicieron sitio.

—Maestro.

Alguien me llamaba así.

A los quince años uno puede aceptar un título sin preguntarse qué obligaciones trae. Yo aceptaba varios.

El niño pianista. El genio. El maestro.

Cualquiera servía mientras no tuviera que explicar por qué había cruzado la calle.

Me senté con ellos.

Alguien hablaba. Otro lo interrumpía. Había una discusión que parecía haber empezado antes de que yo llegara y que podía continuar perfectamente sin mi ayuda.

Eso me vino bien.

Alguien tenía algo.

No era marihuana.

Pregunté. Me respondieron.

Después, en urgencias, intentaría recordar aquella respuesta con una precisión que no había considerado necesaria al escucharla.

Miré hacia nuestro edificio.

Pensé que el Pequeño Samurái podía verme desde una ventana.

No comprobé cuál era la suya.

Me bastó con que hubiera ventanas.

Tomé.

Al principio no pasó nada.

Esperé.

Alguien volvió a hablarme. Respondí. Supongo que respondí.

Luego las voces empezaron a llegar desde más lejos.

Seguían sentados junto a mí. Podía ver sus bocas. La distancia estaba en otra parte.

Vi al Pequeño Samurái.

Todavía digo que lo vi.

No sé si cruzó. No sé si estaba al otro lado. No sé si alguien se le pareció.

En ese momento lo reconocí.

Pensé que me miraba.

El corazón empezó a ir más rápido.

Al principio me gustó. Me pareció que por fin estaba ocurriendo algo acorde con el día.

Después siguió acelerándose.

Yo ya no necesitaba tanto.

Intenté respirar despacio.

Conté.

Perdí la cuenta. Volví a empezar.

Era extraño no poder hacer algo tan sencillo. Podía sostener un ritmo con las manos. Podía entrar después de un silencio sin equivocarme.

Ahora no conseguía esperar mi siguiente respiración.

—Estoy bien.

Alguien se inclinó hacia mí.

Me dijo algo.

—Estoy bien —repetí.

No estaba informando. Estaba tratando de conseguirlo.

Busqué al Pequeño Samurái.

Ya no lo vi.

El corazón siguió.

Pensé que podía controlarlo.

Me habían dicho tantas veces que yo tenía una capacidad extraordinaria que, durante unos segundos, intenté usarla para aquello.

No sabía por dónde empezar.

Apreté las manos.

El piso se acercó de una manera rara. No como cuando uno se agacha.

Después faltan cosas.

Una cara encima de la mía. Alguien sujetándome la cabeza. Una pregunta que no entendí.

La calle.

Recuerdo haber pensado que estaba cruzándola otra vez.

No sé si era cierto.

Un techo. Una sirena.

Luz.

—¿Qué tomaste?

Quise responder.

La palabra estaba ahí, pero ya no me parecía segura.

Me lo preguntaron otra vez.

Dije un nombre.

—¿Cuánto?

No sabía.

Aquello empezó a avergonzarme.

Había llegado a un lugar donde todas las preguntas eran sencillas y yo no podía contestar ninguna.

Sentí la aguja. Después algo frío en el brazo.

Miré hacia un ruido. Había una máquina.

Quise saber si el ruido era mío.

No lo pregunté.

Busqué un reloj.

Tenía ensayo.

Eso sí lo sabía. Era una cosa firme. Una hora a la que debía estar en otro sitio.

—Tengo que irme.

Nadie se apartó.

—Tengo ensayo.

Una mujer me miró.

—Hoy no.

Me quedé callado.

Podían preguntarme otra vez qué había tomado. Podían ponerme otra aguja. Yo habría seguido intentando responder.

Pero no sabía qué hacer con hoy no.

El ensayo no dependía de cómo me sintiera. Hasta entonces había creído que ésa era precisamente una de sus ventajas.

Uno llegaba. Se sentaba. Tocaba.

Aunque estuviera cansado. Aunque hubiera discutido con alguien. Aunque el Pequeño Samurái no lo mirara.

Ahora él iba a estar allí.

Yo no.

Intenté levantarme un poco.

La mujer puso una mano donde bastaba para que entendiera.

Volví a acostarme.

Después me contaron que la Carlos Chávez había ensayado.

Claro que había ensayado.

El director levantó las manos. Los músicos estaban en sus lugares. Alguien habría hecho algún comentario sobre mi ausencia.

Luego empezaron.

El Pequeño Samurái tenía una partitura delante. Tenía cosas que tocar.

Me costó aceptar aquello.

Yo había pasado el día entero sin poder salir de tres frases. Él había conseguido entrar a tiempo.

O eso imaginaba.

No le pregunté.

Bajo la luz de urgencias seguí pensando en el pasillo.

¿Te gusto?

Sí.

Ahora la respuesta era facilísima. No necesitaba a Paris. No necesitaba explicar por qué había aceptado la beca.

Sí.

Podía haber dicho eso.

La máquina hizo un ruido. Volví la cabeza.

Una persona pasó junto a la cama y miró algo que yo no alcanzaba a ver.

Quise preguntarle cuándo podría irme.

En cambio pregunté:

—¿Qué hora es?

Me respondió.

El ensayo ya había empezado.

Por primera vez supe exactamente dónde debía estar y tuve que quedarme quieto.

Leer en secuencia A–B–C →