Facultad de filosofía · Memphis

2001, septiembre 09. Facultad de filosofía. Memphis, EEUU.

Los problemas de Wals comenzaron cuando decidió volverse figurativo. En aquel tiempo, Walsh era pintor dilettante, dean de la Facultad de Filosofía en la Universidad de Memphis y experto en Hume. Cosa rara, Hume lo había convencido de que Dios existe. Porque hay un Ley Natural en Hume decía. Aunque no decía ni en dónde. Ni por qué. Estaba casado con una mujer católica tradicionalista y había tenido cinco hijos. El mayor había decidido volverse militar y fue desplazado durante la Operación Libertad Duradera a cierto lugar indeterminado en Afganistán. Iván Walsh comenzó a pintar por la libertad del gesto y la mancha, para convencerse, tal vez de la importancia de la qualia (otro problema filosófico en el que había pensado casi tanto como la Ley Natural en Hume) pero un día quiso hacer un retrato. Y le produjo tanta repugnancia que decidió entrar al taller de un profesor que prometía enseñar a niños y adultos. Él estaba en la sección de adultos, claro. El profesor comentó que prefería que sus alumnos pintaran de pie frente al lienzo que a menudo cubría la desnudez de la modelo.

—Como ya eres un hombre mayor —dijo el profesor— tú puedes sentarte.

Su estado de estar en el mundo cambió. Igual que el día que en la Ciudad de México, durante unas vacaciones con sus padres le preguntó el mesero:

—What would you like to drink mister?

Con esta segunda frase se volvió adulto con la del profesor en Memphis, adulto mayor.

Después de aquella primera clase decidió volverse autodidacta. Se miraba en un espejo y comenzó a mezclar pintura como solía hacer cuando era sólo pintaba manchas y rayones, pero esta vez tratando de asemejarse a sí mismo. ¿En qué te has convertido? Se preguntó aquella semana en que sólo se interrumpió para dar clases (no se detuvo ni siquiera para prepararlas) y para tocar con sus hijos menores en la idílica sala sureña en un suburbio de Memphis.

Entonces llegó la noticia. El hijo militar fue herido en combate. Las cosas fueron rápidas, la herida no fue grave y el muchacho se recompuso con facilidad. Pero le dieron el grado de veterano. Durante una fiesta, Jim (el hijo) hizo una fiesta con sus amigos y se puso borracho. El vecino del piso superior bajó a pedirle de modo poco amable que bajaran el volumen y el condecorado militar le presumió su insignia de veterano.

—¿Conque veterano de Afganistan uh? —Preguntó el vecino con una sonrisa maliciosa.

Jim fue puesto a juicio por conductas indignas de un veterano y por haber retado (eso decían las actas) a un veterano de Vietnam. Porque el hijo de Walsh no podía saber que el vecino también era veterano. De una guerra más vieja y más añorada. La esposa de Walsh se alteró muchísimo, se acabaron las tertulias musicales y la paz de los domingos. Lloraba con muchísima frecuencia y más cuando supo que tendría que defender a Jim para que no fuera expulsado del ejército con deshonor. Durante una comida en que Iván sólo comía patatas (porque era un estricto vegetariano) la esposa comentó muy ansiosa (y comiendo un bife que a Iván le repugnaba, que el abogado militar que los estaba ayudando había dicho que sería imposible. El modo en que actuó Jim frente al veterano de Vietnam, la forma en que había presumido sus insignias era deshonrroso y no existía, en fin, posibilidad de que lo corrieran del ejército conservando el honor. Jim tendría que enfrentar un circo, según dijo la esposa de Walsh, en el que le irían quitando uno a uno los botones del uniforme de gala con un sable. Finalmente le arrancarían así la medalla.

Walsh había aprendido de Ley Natural, de Hume y de pintura. Con su esposa y su eventual conversión al catolicismo aprendió también la Biblia. Tal vez por eso comentó, mientras partía su papa con mucha calma:

—Aún Jesus, siendo Hijo de Dios tuvo que aprender la respuesta.

La esposa estalló. Lanzó el bife contra la pared y formó una mancha como las que pintaba Iván cuando no era figurativo.

Se acabaron las tertulias musicales, se acabó la paz y, con todo y su catolicismo extremo, los abogados de ella le anunciaron a Walsh al día siguiente, mientras trabajaba en su despacho de la universidad que ella quería divorciarse.

—Tráiganme todo lo que yo necesite firmar —dijo y siguió escribiendo un reporte de sus actividades semestrales que, finalmente, decidió dejar incompleto. Caminó hasta su casa (un trayecto muy largo, de más de una hora) y colocó el espejo. Fue la primera vez que un cuadro figurativo suyo le gustó realmente. Pero lo dejó. Recordaba México no como el paraíso lúbrico de Steinbeck. Era el lugar en que lo habían llamado señor por primera vez. Y hacia allá se dirigió no sin antes asegurarse de que en su tarjeta aún estaba la tarjeta de crédito. Se fue caminando a la estación de camiones. Y terminó en Cuetzalan. Nunca extrañó ni al militar condecorado ni a su mujer que comía carne casi cruda ni a los otros hijos suyos con los que tantas tardes interpretó a Shubert.

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