O algo así

2001, septiembre (fecha aproximada). Carretera de La Habana a San Antonio de los Baños. Mañana (hora aproximada).

Quizá algunas historias empiezan mucho antes de que sepan a qué criminal están mirando.

La frase queda ahí, en 2025, pero la página siguiente vuelve a Omar. No hay transición. Están otra vez en 2001 y van por la carretera hacia San Antonio de los Baños. Él va adelante porque Omar ha decidido desde el primer día que los profesores extranjeros no deben viajar atrás, como pasajeros, sino junto a él, y eso lo obliga a escuchar sus historias desde una proximidad que vuelve imposible distinguir entre conversación, memoria y monólogo. Omar habla mirando la carretera. Sólo lo mira cuando va a decir algo que considera particularmente importante y entonces el automóvil se desplaza unos centímetros hacia el carril contrario hasta que él mismo lo corrige sin dejar de hablar.

Le cuenta de Angola. Después deja Angola a la mitad y empieza a hablar de la Escuela Lenin. No sabe cómo llegan allí. Quizá ven unos muchachos uniformados junto a la carretera. Quizá le pregunta dónde estudió. Quizá esta conexión también la agregó muchos años después.

—Fidel estaba loco —dice Omar.

Se ríe.

No lo dice con odio. Esto es importante porque cada vez que recuerda la frase la recuerda acompañada de una carcajada, como si loco fuera una categoría privada en la que cabían simultáneamente admiración, miedo y diversión.

—¿Loco cómo?

Omar mueve una mano.

—Loco. Le gustaba aquello.

—¿Qué cosa?

—Que lo adoraran.

Y empieza a contarle de un rector al que todos llamaban Chavita. No recuerda si era Chávez, Salvador, quizá un apellido completamente distinto que con los años terminó convertido en Chavita porque así funcionan los nombres cuando demasiada gente los pronuncia. Tampoco sabe si era realmente rector. En una versión es director. En otra, responsable de los alumnos. No importa demasiado para Omar: Chavita representa la autoridad de la escuela y precisamente por eso, según él, Fidel necesitaba destruirla cada vez que aparecía.

—Llegaba el Comandante y Chavita empezaba a explicarle los problemas.

Omar cambia la voz cuando imita al hombre. Lo hace más delgado, más preocupado.

—«Comandante, aquellos muchachos se metieron a nadar donde no debían. Pudieron ahogarse».

Después imita a Fidel. La voz baja.

—«Ay, Chavita, Chavita».

Omar se ríe antes de terminar.

—«Ésos son hijos del pueblo. Los hijos del pueblo no se ahogan en los lagos. Ahogarse es burgués».

Se ríe también.

—No dijo eso.

Omar lo mira.

El coche se desplaza.

—Claro que lo dijo.

Corrige el volante.

—O algo así.

Eso le gusta más.

O algo así.

Toda memoria importante debería terminar con esas tres palabras.

Después vienen los estudiantes que han robado comida. Ésa es la historia que Omar parece recordar mejor. Chavita acusa a unos muchachos de haber entrado al depósito y llevado cosas que no les correspondían. Fidel escucha con aire grave. Esta vez, cuenta Omar, parece que va a ponerse del lado de la autoridad.

—«¿Quiénes fueron?»

Cinco.

Tres muchachas y dos muchachos.

Omar señala delante de ellos como si todavía pudiera verlos romper la formación y caminar hacia el Comandante. Él también empieza a verlos. Ése es el peligro de una buena historia: después de cierto número de detalles uno deja de escuchar y empieza a recordar lo que nunca vio.

—«¿Cómo entraron?»

Una de las muchachas lo explica. Encontraron un fierro viejo, lo metieron debajo del gancho que cerraba el almacén y consiguieron levantarlo.

Omar golpea el volante.

—Y Fidel se echa a reír.

Una carcajada enorme.

—«¿Ves, Chavita? Son inteligentes. Más inteligentes que tú».

—¿Y no los castigó?

—Qué va.

Omar parece ofendido por la pregunta.

—Ésos eran hijos de la Revolución.

La frase vuelve varias veces durante el trayecto.

Hijos de la Revolución.

Funciona como explicación y como indulto. Meterse al lago deja de ser irresponsabilidad porque un hijo de la Revolución no se ahoga. Robar comida deja de ser robo porque demuestra ingenio. Conducir sin edad deja de ser una infracción porque el muchacho al volante pertenece a otra categoría moral. No sabe todavía por qué le interesa tanto la historia. En aquel momento sólo escucha a Omar y se divierte. Ahora, mientras la lee, se da cuenta de que está viendo un mecanismo.

Fidel no elimina la norma.

Hace algo más eficaz.

Decide cuándo deja de significar lo que significaba.

Omar continúa.

Al final de una de aquellas visitas, después de escuchar acusaciones, felicitar transgresiones y dejar a Chavita convertido frente a los estudiantes en una especie de funcionario cuya autoridad existe únicamente mientras él no esté presente, Fidel anuncia que todos van a jugar pelota.

—Todos.

Omar golpea el volante otra vez.

—Y entonces: «¡Tú no, Álvarez!».

El muchacho se detiene.

Álvarez tiene catorce años y es hijo de Santiago Álvarez, el documentalista. Aquí Omar hace otra desviación porque ninguna historia suya llega directamente al sitio al que parecía dirigirse. Le cuenta que el hijo de Santiago Álvarez, quien era su compañero, le dijo una vez que desde Estados Unidos le enviaban una píldora para hacerlo inmortal.

—¿Y tú le creíste?

Omar se queda serio.

—Claro.

Dos segundos.

Después explota en una carcajada.

—¡Era una píldora!

—¿Qué píldora?

—Yo qué sé. Creo que aspirina. 

Siguen riéndose.

Después vuelve al muchacho.

Fidel le lanza las llaves del jeep.

—«Ven. Tú me vas a manejar».

Álvarez las recibe.

Tiene catorce años.

No tiene licencia.

No tiene edad.

Nada de eso importa.

—Estaba feliz —dice Omar—. Imagínate. Manejando el jeep de Fidel.

—¿Y lo dejaron?

Omar lo mira otra vez como si todavía no hubiese entendido nada.

—Era Fidel.

Eso es todo.

No hace falta explicar el resto.

Mientras avanzan hacia San Antonio piensa que la historia le gusta porque parece una parábola política, pero entonces no consigue decidir cuál es la moraleja. Fidel aparece unas veces como un tirano, otras como el adulto que comprende mejor a los adolescentes que los profesores, otras como un hombre que disfruta desarmando cualquier estructura donde no sea él quien ocupa el centro. Chavita es el verdadero personaje trágico de la historia. Cada vez que intenta ejercer autoridad, Fidel transforma su autoridad en una broma y consigue además que quienes debían obedecerlo participen en la humillación. Después se va. Chavita se queda.

—Era un cabrón Fidel —dice Omar, todavía riéndose—. Sabía hacerlo.

—¿Hacer qué?

Esta vez tarda.

—Que todo fuera de él.

La frase le queda.

No la entiende todavía.

2001, septiembre (fecha aproximada). Carretera de La Habana a San Antonio de los Baños. Mañana (hora aproximada).

Omar conduce y él va a su lado abrazando la mochila que ha traído desde Nueva York como si todavía necesitara demostrar que es profesor de algo. Acaba de llegar a Cuba para trabajar en una película o, mejor dicho, para ayudar a que una película llegue a existir; todavía no conoce muy bien la diferencia. Desde la ventanilla mira una carretera que no se parece a nada de lo que imaginó. Cuba había sido durante años una idea. Eso es lo primero que empieza a destruir Omar. No mediante argumentos políticos, sino hablando y, después, sin que él consiga recordar cómo llegan al asunto, empieza a contarle de la Escuela Lenin, donde estudió cuando era adolescente. Su risa lo desconcierta: cuando habla de algo terrible puede reírse y cuando habla de algo divertido a veces se pone serio. Él en aquel tiempo todavía necesitaba que las emociones coincidieran con un objeto. Repite aquello de la locura de Fidel. 

—«Ay, Chavita, Chavita. Ésos son hijos del pueblo. Los hijos del pueblo no se ahogan en los lagos. Ahogarse es burgués».

Morirse es burgués. ¿Qué clase de genio enloquecido llegó a semejante conclusión? Uno, piensa, que tiene en el Centro de La Habana, en El Capitolio la Estatua del Ángel Rebelde. Cree haber escuchado que Tony, su hermana, le dijo que sólo hay dos ciudades en las que hay una escultura pública al diablo. Lo investigó. Hay algo similar en la carretera entre Quita y Lima, pero no cuenta porque se trata de una entidad ancestral. De ese tiempo antiguo antes de que los dioses salieran de Malebolge, el círculo de los fraudulentos. Se ríe. Para él en aquel tiempo todas las religiones son eso: un fraude. Y ahogarse es burgués. No está del todo en desacuerdo con esa frase. Lo importante para la novela, piensa ahora, es que Omar estaba explicándole otra cosa.

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