Otra cara

2001, septiembre (fecha aproximada). La Habana. Noche (hora aproximada).

Pasa el tiempo y no ocurre nada. Muchachos con pañoletas cruzan corriendo, grupos que parecen venir de alguna actividad escolar, parejas, familias, gente que se sienta en el muro del Malecón a esperar que la noche decida por ellos. Él está empezando a pensar que su amigo exageró cuando dijo que aquí se liga con sólo quedarse quieto. Entonces aparece un flaco que tiene algo de mexicano aunque es cubano: sombrerito ranchero, camisa abierta, una manera descarada de hablar que le cae bien antes de que él le caiga bien.

—¿Tú qué buscas?

Lo pregunta sin rodeos.

—¿Cómo?

—Chico o chica.

Ya están en confidencias.

—Chico.

Se sienta junto a él.

Se llama Yuniel. O Yuneil. Durante años lo escribe de las dos maneras y ya no sabe cuál era. No le gusta ni tantito. Eso lo tranquiliza porque puede conversar con él sin hacerse ninguna historia. Es negociador; siempre lo ha sido. Le dice que seguramente él conoce a alguien que sí le guste. Le pregunta cómo.

No sabe describirlo.

—No sé. Un muchacho tranquilo. Que parezca buena gente.

—¿Bonito?

—Eso ayuda.

—¿Blanco?

—No necesariamente.

—¿Fuerte?

—No.

Lo mira.

—¿Entonces?

Piensa.

—Que dé ternura.

Yuniel se ríe.

No sabe todavía que ésa es quizá la respuesta más peligrosa que puede darle. A él la ternura lo mata. Una persona puede ser bellísima y no producirle nada; basta, en cambio, cierto gesto desprotegido, una sonrisa un poco torpe, esa manera de no saber qué hacer con las manos, y está perdido.

Yuniel se levanta.

—Vamos al Bim-Bom.

La palabra parece una contraseña y precisamente por ser tan ridícula funciona. Bim-Bom. Durante años recordará aquella noche pensando que las puertas importantes nunca tienen nombres importantes.

Ahora sabe que después lo cerraron. O eso le dijeron. Hubo ruido, reportajes, imágenes que circularon fuera de Cuba mostrando a muchachos homosexuales divirtiéndose allí como si aquella diversión fuese evidencia de la decadencia completa de una nación. No sabe cuánto de esa historia aprendió después y cuánto sabía entonces. Éste es otro problema de escribir memoria: el futuro contamina al muchacho que todavía está caminando hacia 23 y Malecón convencido únicamente de que va a tomarse una cerveza.

Llegan demasiado temprano.

Deben ser las siete.

El Bim-Bom está casi vacío.

—Aquí no hay nadie.

—Espérate.

Yuniel conoce la noche mejor que él.

Piden cerveza. Empieza a entrar gente. Al principio lentamente y luego en grupos. Muchachos. Muchachas. Algunos muy arreglados. Otros con esa ropa que parece improvisada y que termina siendo más elegante que cualquier cosa cuidadosamente escogida. Se saludan, se empujan, se besan en las mejillas. La música crece. No existe todavía nada extraordinario. Ésa es la impresión que permanece: una juventud divirtiéndose.

Yuniel le toca el brazo.

—Mira.

Lo ve.

—Ése.

No necesita preguntar a qué se refiere.

Tiene facciones que en aquellos formularios raciales de Nueva York llamarían caucásicas, aunque la piel está tostada por un sol que evidentemente no conoce protector solar. Ojos verdes. Dientes grandes, blancos, imperfectos de una manera que los hace preciosos. Lleva una gorra Tommy Hilfiger tan evidentemente falsa que parece orgullosa de serlo.

Flechazo.

Eso sí lo recuerda sin ninguna duda.

—¿Cómo se llama?

—Maikel.

—Preséntamelo.

Yuniel sonríe como quien acaba de cumplir exactamente aquello para lo que fue contratado, aunque él no le ha pagado nada.

Maikel viene.

Hablan.

No recuerda las primeras frases. Seguramente fueron malas. De dónde eres, cuánto tiempo llevas aquí, qué haces. Él pregunta si quiere una cerveza. Dice que sí.

Entonces nota algo.

Se ve joven.

No adolescente necesariamente, pero lo suficiente para que él no tenga ganas de descubrir después que cometió una estupidez.

—Oye.

—Qué.

—¿Eres mayor de edad?

Lo mira como si acabara de preguntarle si sabe nadar.

—Claro.

—¿Seguro?

Se ríe y saca el carnet.

Una cartulina plastificada, azulada. La mira. No porque sea virtuoso. Tampoco hay que inventarse virtudes retrospectivas. Es prudente. Está en Cuba, un país cuyo sistema policial apenas conoce, y no piensa meterse en problemas con uniformados aquí ni en ninguna otra parte. La fecha confirma lo necesario.

Adulto.

Bien.

Le devuelve el carnet.

—Perdón.

—Tú sí eres desconfiado.

—Muchísimo.

Siguen bebiendo.

Una cerveza.

Otra.

El lugar empieza a llenarse. Conoce a Reinaldo y después a alguien cuyo nombre se ha perdido completamente. Yuniel desaparece y vuelve. Todo el mundo parece conocerlo. Pero él apenas escucha. Le interesa Maikel.

No hablan de nada importante.

Eso también es importante.

Ninguna infancia terrible.

Ninguna política.

Ninguna confesión.

Beben y se miran.

En cierto momento dice:

—Quiero besarte.

No termina la frase.

Ya lo está besando.

Sabe a cerveza.

Y a él.

Durante años intenta describir ese segundo sabor y siempre fracasa. Algo salado, quizá el mar pegado a la piel, cigarro aunque no sabe si fumaba, la noche de La Habana entrando por una puerta que se abre y se cierra continuamente. Lo único que sabe es que el beso le hace pensar una cosa estúpida:

Le gusta este país.

Se besan otra vez.

Y otra.

Y entonces todas las historias horribles que ha escuchado sobre Cuba le parecen propaganda. Así de inteligente era él. Un muchacho hermoso lo besa en un establecimiento de 23 y Malecón y concluye que medio siglo de Historia debe estar equivocado.

Eso también merece quedar escrito.

Salen.

Quiere ir al Malecón porque le ha entrado una romanticada. Quiere ver la luna, sentir el mar, sentar a Maikel junto a él y mirar esa curva de la ciudad que de noche parece infinitamente más rica de lo que es. Caminan pocos metros. Se sientan. Hablan todavía de cosas pequeñas. Se dan dos o tres besos.

No han negociado nada.

No le ha pedido nada.

Él tampoco.

Entonces escucha un silbido.

A la derecha.

Otro a la izquierda.

Maikel se levanta.

Corre.

—¡Maikel!

Un policía lo detiene unos metros más allá.

Otro silba hacia él y le hace una seña.

Camina.

Aquí la noche cambia de naturaleza con una facilidad extraordinaria. Hace diez segundos está besando a alguien junto al mar. Ahora hay uniformes.

—¿Qué sucede, oficial?

—Métase para adentro.

—Mire, yo…

—Métase para adentro.

No grita.

Eso lo inquieta más.

Regresan hacia el Bim-Bom. Intenta hablar.

—Oficial, podemos arreglar…

Tiene dólares.

No termina.

Ninguno de los dos responde.

No sabe si entendieron lo que estaba insinuando, si simplemente lo ignoraron o si su dinero no tenía absolutamente nada que ver con lo que estaba ocurriendo.

Adentro busca a Maikel.

No está.

Pregunta.

Nadie sabe.

O nadie quiere saber.

Yuniel tampoco aparece.

Éste es el momento, cree, en que la noche empieza a enseñar otra cara.

No todavía una cara terrible.

Sólo otra.

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