Qué manera de despedirse

2001, verano (fecha aproximada). San Antonio de los Baños, Escuela de Cine. Hora incierta.

En la escuela ya se da por hecho que el director se va. La historia que circula —y dice circula porque no recuerda haber visto una auditoría, una cuenta bancaria ni un solo documento que demostrara nada— es que encontraron dinero de la EICTV transferido a una cuenta suya en Venezuela. Para ellos basta. Uno llega al comedor y alguien dice que se robó el dinero; en producción ya saben cuánto; en guion saben cómo; en dirección saben incluso quién lo descubrió. Así funcionan las comunidades pequeñas: una noticia necesita aproximadamente veinte minutos para convertirse en expediente.

El problema es Gabo.

Gabo, por supuesto, es Gabriel García Márquez. En la escuela ya vive como fantasma aunque todavía está vivo. Cuando viene casi nadie lo ve. Saben que llegó porque las muchachas de La Carpeta, la portería, empiezan a subir y bajar arreglando el apartamento, porque alguien limpia mejor la piscina, porque circula la orden de no molestar y, sobre todo, porque después aparece Fidel manejando su jeep, con una seguridad sorprendentemente pequeña detrás. O así lo recuerda. Uno aprende a reconocer la presencia de los hombres importantes por las modificaciones que producen en las personas que no lo son. Cuando se va uno tiene la impresión de que por los altavoces alguien va a anunciar: Elvis abandonó el edificio. 

Gabo es comunista, claro, pero aparentemente el comunismo tiene también límites muy concretos y uno de ellos es que no le roben el dinero con el que mantiene su escuela.

De modo que cuando la salida del director parece inminente, los convocan.

Todo el mundo va.

No porque lo quieran particularmente. Tampoco porque esperen una confesión. Quieren ver qué va a decir un hombre cuando sabe que está a punto de perder aquello desde donde llevaba años hablando.

El salón está lleno. Alumnos, profesores, técnicos, gente de administración, curiosos. Cree que él está atrás. Quizá no. En estas cosas la memoria siempre lo coloca en un sitio cinematográficamente conveniente y por eso empieza a desconfiar. Lo cierto es que recuerda el estrado y a Edmundo Arai de pie frente a ellos. Recuerda también el silencio inicial, esa atención un poco cruel que tienen las multitudes cuando saben que alguien va a caer.

Esperan una explicación.

Las cuentas.

Venezuela.

La escuela.

García Márquez.

Algo.

No explica nada.

Mira a todos y dice, aproximadamente —aunque lleva tantos años repitiendo la frase que quizá ya consiguió mejorarla—:

—Quiero que sepan que amo a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Amo a Gabriel García Márquez. Amo a Cuba. Amo al comunismo.

Pausa.

No sabe si hizo realmente una pausa o si se la ha puesto él.

Pero la necesita.

—Y amo… sobre todo amo a Edmundo Arai.

Silencio.

Nadie sabe qué hacer.

Eso es lo maravilloso.

No hay abucheos.

No hay aplausos.

Ni siquiera una carcajada.

Decenas de personas miran a un hombre que acaba de responder a una acusación económica mediante una declaración de amor hacia sí mismo y no existe protocolo revolucionario, cinematográfico ni humano para responder a aquello.

Arai baja del estrado.

Sale.

Afuera tiene un taxi esperando.

Se sube.

Se va.

Y ya.

No recuerda una persecución. No recuerda una explicación final. No recuerda que alguien los reuniera después para decir: éste fue el dinero, ésta la cuenta, éste el resultado. Tal vez ocurrió. Él no estaba allí para escribir la historia administrativa de la escuela. Del supuesto dinero no vuelve a saber nada.

Lo que permanece es la frase.

«Sobre todo amo a Edmundo Arai.»

Durante semanas basta que alguien la pronuncie para que empiece a reírse.

En el Centro Cultural Pablo Ortega se convierte casi en brindis.

—Amo a Cuba.

Risas.

—Amo al comunismo.

Más risas.

Y alguien termina:

—¡Pero sobre todo amo a Edmundo Arai!

Él se dobla.

No sabe por qué le hace tanta gracia. Quizá porque todavía es incapaz de comprender que haya personas para quienes el centro moral del universo coincide exactamente con el lugar donde están paradas.

Muchos años después la frase deja de parecerle tan cómica.

O no deja.

Ése es el problema.

Todavía se ríe mientras la escribe.

Sólo que ahora entiende que también había algo extraordinariamente serio allí: frente a una comunidad que esperaba que hablara de lo que había hecho, aquel hombre habló de quién era. Y terminó estableciendo una jerarquía perfecta: escuela, escritor, país, ideología.

Y arriba de todo:

él mismo.

Piensa en Omar hablando de Fidel.

Que todo fuera de él.

Piensa en Chavita.

Piensa en los dioses.

Piensa en Zeus.

Se detiene.

No quiere hacer otra inducción.

A veces un hombre que dice que se ama a sí mismo es solamente un hombre que dice que se ama a sí mismo.

Aunque, la verdad, qué manera de despedirse.

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