Hablar = problema

2001, septiembre (fecha aproximada). La Habana, Bim-Bom. Noche (hora aproximada).

Hay algo que ha contado mal.

No sabe cuántas veces.

Cuando el policía les hace regresar desde el Malecón hacia el Bim-Bom intenta arreglar la situación. Dijo antes que insinuó dinero y él no contestó. No fue así. Se acercó, bajó la voz, hizo esa cosa penosa del extranjero que todavía cree que todo sistema posee una puerta lateral para quien lleva dólares.

—Oficial, mire, si podemos arreglar esto de alguna manera…

El hombre no dice nada.

Levanta la mano.

Con el índice y el pulgar hace un gesto frente a la boca, como si cerrara un zipper.

De un lado al otro.

Cierra.

Hablar = problema.

Eso entiende.

Se calla.

Esta sí es una imagen que no ha olvidado.

Durante años recordará más claramente esos dos dedos cerrándole la boca que la cara del policía.

Encuentran a Maikel.

No sabe dónde estaba. Tal vez no había llegado muy lejos. Los llevan a los dos a lo que todo el mundo llama el Punto. Después alguien le cuenta que ese lugar, o ese mismo sitio en otra configuración, llevaba siglos recibiendo delincuentes, desde cuando La Habana todavía era otra ciudad. No sabe si la historia es exactamente cierta. No importa para el recuerdo: ha vuelto a pasar por ahí muchos años después y todavía se le levantan los pelos de la nuca antes de que consiga decirse que sólo es un edificio.

Los separan.

A Maikel se lo llevan por un corredor.

A él lo conducen a una oficina sorprendentemente elegante.

Eso lo inquieta.

Esperaba una estación de policía, escritorios metálicos, fluorescentes. En cambio hay muebles, una mesa bien cuidada, documentos ordenados. Después entra un hombre distinto de los policías que ha visto en la calle. Uniforme de investigación. Bien puesto. Zapatos limpios. Una dignidad que parece formar parte del uniforme tanto como las insignias.

Lo invita a sentarse.

—¿A qué se dedica usted?

—Soy profesor de cine.

Lo mira.

—¿Dónde?

—En la EICTV. San Antonio de los Baños.

Esto mejora algo.

No sabe qué.

El hombre asiente.

—Muy bien.

Se sienta frente a él.

—¿Bebió esta noche?

Podría decir que no.

No tiene ganas.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Cerveza.

—¿Varias?

—Varias.

Escribe algo.

O finge escribir.

—¿Quiere tomar algo?

Piensa que habla de agua.

—Agua estaría bien.

—También puedo ofrecerle ron.

Lo mira.

—No. Creo que ya bebí suficiente.

Él sonríe apenas.

Traen agua.

La bebe y empieza a imaginar una crisis diplomática. La embajada mexicana. La cubana. Columbia. La Escuela de Cine. Su madre enterándose por teléfono de que está detenido en La Habana. Su carrera terminada por una estupidez cometida durante su primer paseo nocturno.

El pensamiento corre mucho más rápido que los hechos.

—Venga —dice el hombre.

Salen.

Maikel no está.

Hay policías ordinarios que saludan al investigador con respeto. Él le pide que espere junto a la pared.

—Estamos esperando a la juez.

Ahí sí.

En la madre.

Eso piensa exactamente.

Una juez.

A las tres de la mañana.

La situación ha cruzado una frontera de la que él ni siquiera sabía que estaba cerca.

Esperan.

El edificio permanece despierto de esa forma que sólo tienen los hospitales, las estaciones de policía y los aeropuertos: lugares donde la noche no significa que el día haya terminado.

Finalmente llega una mujer.

Viene apurada.

Hay algo en ella que le produce una ternura absurda porque se nota que estaba durmiendo. Se ha duchado, se ha vestido, se ha peinado y ha adquirido aspecto de juez en quizá cinco minutos, pero todavía queda en su cara una porción de la mujer que hace media hora estaba en cama.

Lo mira.

—¿Es él?

El investigador niega.

—No.

Ella vuelve a mirarlo.

—¿Entonces?

—El muchacho está en los separos.

Pausa.

—Él es el extranjero.

La palabra lo alivia durante medio segundo.

Después deja de aliviarlo.

La juez firma algo. Hace preguntas a los otros policías.

—¿Encontraron algo importante en las bolsas del muchachito?

El investigador responde:

—Condones.

La mujer levanta la cara.

—¡¿Condones?! ¡Mi vida!

Y él piensa:

Ya fue.

Pobre Maikel.

Condones.

Nunca una palabra tan pequeña le había parecido capaz de condenar una vida entera.

Lo regresan a la oficina.

El investigador continúa tratándolo bien. Eso empieza a ser peor que si le gritara. Le pregunta de nuevo qué hace, por qué está en Cuba, cuánto tiempo piensa quedarse, qué enseña. No hace ninguna pregunta directa sobre su orientación sexual. Tampoco sobre lo que hizo con Maikel.

Da vueltas.

Sale.

Regresa.

Se sienta.

Vuelve a salir.

Cuando entra otra vez parece sinceramente cansado de él.

Hace una pregunta que no puede reconstruir palabra por palabra, pero recuerda perfectamente su sentido:

«¿Qué clase de persona es usted para haberse metido —y habernos metido a todos— en semejante problema?»

No sabe responder.

Él tampoco parece saber qué preguntarle ya.

Entonces ocurre algo.

Una iluminación.

No religiosa.

Administrativa.

—Oficial.

Lo mira.

—El muchacho es mayor de edad —afirmo.

El hombre se detiene.

—¿Qué?

Por primera vez está genuinamente interesado en algo que dice.

—Mayor de edad. Estoy seguro.

—¿Cómo está seguro?

—Le pedí su identificación.

El investigador se levanta como un resorte.

—¿Usted le pidió identificación?

—Sí.

Abre un cajón.

Busca.

Saca dos credenciales.

Una rosa.

Una azul.

Las coloca frente a él.

La temperatura de la habitación cambia.

Ahora ya no es amable.

—Muy bien.

Lo mira directamente.

—Aquí hay dos credenciales.

Señala ambas.

—Si usted dice que le pidió su identificación a ese muchacho, me va a decir ahora mismo de qué color era.

No necesita pensar.

—Ésa.

Señala la azul.

El investigador lo observa.

No sabe qué está buscando en su cara.

Toma las dos credenciales y sale.

Esta vez cierra la puerta.

Media hora.

Quizá fueron veinte minutos.

Quizá cuarenta.

Para él sigue siendo media hora.

La media hora más larga de su vida.

Se termina el agua.

Piensa en el ron.

Ahora sí debió aceptar el ron.

Camina.

Se sienta.

Se vuelve a levantar.

Piensa en Maikel.

Piensa que quizá le mintió.

Piensa que quizá la credencial era de otra persona.

Piensa que tal vez confundió el color.

Piensa que todo su futuro acaba de quedar reducido a una cartulina plastificada azul.

Entonces la puerta se abre.

El investigador entra.

Es otro hombre.

No literalmente.

La tensión desapareció de la cara.

—Amigo.

Amigo.

Hace media hora no sabía qué clase de persona era él y ahora es amigo.

—Discúlpenos.

No entiende.

—Todo ha sido un error.

—¿Qué pasó?

—El muchacho no es de La Habana.

Espera.

—Es de Camagüey. No quiso enseñarnos la identificación por eso.

—¿Y?

El hombre suspira.

—Usted no tiene ninguna razón para estar aquí.

No sabe si reírse.

—¿Es mayor?

—Sí.

Después añade, casi con cansancio:

—Tuvimos que desnudarlo completamente. Ahí estaba la credencial.

No pregunta dónde.

No quiere saber.

Salen.

Maikel está afuera.

También la juez.

Y varios policías.

La mujer ya no parece preocupada por Ivan Walsh. Toda su atención se dirige hacia él.

—No te quiero volver a ver jineteando en el Malecón. ¿Entendiste?

Maikel asiente.

No discute.

El investigador le entrega la identificación.

La juez la mira antes.

Azul.

La misma.

—No vamos a levantar ningún reporte por estar de ilegal en La Habana.

Él todavía está procesando la frase cuando ella hace una seña.

Aparece un policía con una cámara.

Polaroid.

Esto es lo que le resulta imposible olvidar.

Una Polaroid.

Él creía que ya no existían.

Maikel vuelve la cara.

—Quieto.

Flash.

El papel blanco sale de la cámara.

La juez lo sostiene por una esquina.

La imagen empieza a aparecer lentamente.

Primero nada.

Después sombras.

Después una cara.

La cara de Maikel.

—Mira.

Se la enseña.

—Aquí estás.

La fotografía continúa revelándose entre sus dedos.

—Te tengo en la mira.

No sabe por qué esa frase le produce más miedo que todo lo anterior.

No habrá expediente.

No habrá procedimiento.

Pero habrá una imagen.

—No vamos a hacerte nada —continúa—. Pero deja de molestar a este profesor.

Lo señala.

—Este señor es un caballero.

Caballero.

Hace una hora podía terminar su carrera en una cárcel cubana.

Ahora es un caballero.

Maikel baja la cabeza.

Él trata de no mirarlo porque le da risa y no es momento de reírse.

—¿Y ahora? —pregunta.

La juez lo mira.

—Ahora nada.

Abre una mano.

—Los dos están libres.

Antes de que salgan vuelve a levantar la Polaroid.

—Ojo con que te vuelva a ver por aquí. Aquí está tu foto.

Salen.

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