2001, septiembre (fecha aproximada). La Habana, Bim-Bom. Noche (hora aproximada).
Hay algo que ha contado mal.
No sabe cuántas veces.
Cuando el policía les hace regresar desde el Malecón hacia el Bim-Bom intenta arreglar la situación. Dijo antes que insinuó dinero y él no contestó. No fue así. Se acercó, bajó la voz, hizo esa cosa penosa del extranjero que todavía cree que todo sistema posee una puerta lateral para quien lleva dólares.
—Oficial, mire, si podemos arreglar esto de alguna manera…
El hombre no dice nada.
Levanta la mano.
Con el índice y el pulgar hace un gesto frente a la boca, como si cerrara un zipper.
De un lado al otro.
Cierra.
Hablar = problema.
Eso entiende.
Se calla.
Esta sí es una imagen que no ha olvidado.
Durante años recordará más claramente esos dos dedos cerrándole la boca que la cara del policía.
Encuentran a Maikel.
No sabe dónde estaba. Tal vez no había llegado muy lejos. Los llevan a los dos a lo que todo el mundo llama el Punto. Después alguien le cuenta que ese lugar, o ese mismo sitio en otra configuración, llevaba siglos recibiendo delincuentes, desde cuando La Habana todavía era otra ciudad. No sabe si la historia es exactamente cierta. No importa para el recuerdo: ha vuelto a pasar por ahí muchos años después y todavía se le levantan los pelos de la nuca antes de que consiga decirse que sólo es un edificio.
Los separan.
A Maikel se lo llevan por un corredor.
A él lo conducen a una oficina sorprendentemente elegante.
Eso lo inquieta.
Esperaba una estación de policía, escritorios metálicos, fluorescentes. En cambio hay muebles, una mesa bien cuidada, documentos ordenados. Después entra un hombre distinto de los policías que ha visto en la calle. Uniforme de investigación. Bien puesto. Zapatos limpios. Una dignidad que parece formar parte del uniforme tanto como las insignias.
Lo invita a sentarse.
—¿A qué se dedica usted?
—Soy profesor de cine.
Lo mira.
—¿Dónde?
—En la EICTV. San Antonio de los Baños.
Esto mejora algo.
No sabe qué.
El hombre asiente.
—Muy bien.
Se sienta frente a él.
—¿Bebió esta noche?
Podría decir que no.
No tiene ganas.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Cerveza.
—¿Varias?
—Varias.
Escribe algo.
O finge escribir.
—¿Quiere tomar algo?
Piensa que habla de agua.
—Agua estaría bien.
—También puedo ofrecerle ron.
Lo mira.
—No. Creo que ya bebí suficiente.
Él sonríe apenas.
Traen agua.
La bebe y empieza a imaginar una crisis diplomática. La embajada mexicana. La cubana. Columbia. La Escuela de Cine. Su madre enterándose por teléfono de que está detenido en La Habana. Su carrera terminada por una estupidez cometida durante su primer paseo nocturno.
El pensamiento corre mucho más rápido que los hechos.
—Venga —dice el hombre.
Salen.
Maikel no está.
Hay policías ordinarios que saludan al investigador con respeto. Él le pide que espere junto a la pared.
—Estamos esperando a la juez.
Ahí sí.
En la madre.
Eso piensa exactamente.
Una juez.
A las tres de la mañana.
La situación ha cruzado una frontera de la que él ni siquiera sabía que estaba cerca.
Esperan.
El edificio permanece despierto de esa forma que sólo tienen los hospitales, las estaciones de policía y los aeropuertos: lugares donde la noche no significa que el día haya terminado.
Finalmente llega una mujer.
Viene apurada.
Hay algo en ella que le produce una ternura absurda porque se nota que estaba durmiendo. Se ha duchado, se ha vestido, se ha peinado y ha adquirido aspecto de juez en quizá cinco minutos, pero todavía queda en su cara una porción de la mujer que hace media hora estaba en cama.
Lo mira.
—¿Es él?
El investigador niega.
—No.
Ella vuelve a mirarlo.
—¿Entonces?
—El muchacho está en los separos.
Pausa.
—Él es el extranjero.
La palabra lo alivia durante medio segundo.
Después deja de aliviarlo.
La juez firma algo. Hace preguntas a los otros policías.
—¿Encontraron algo importante en las bolsas del muchachito?
El investigador responde:
—Condones.
La mujer levanta la cara.
—¡¿Condones?! ¡Mi vida!
Y él piensa:
Ya fue.
Pobre Maikel.
Condones.
Nunca una palabra tan pequeña le había parecido capaz de condenar una vida entera.
Lo regresan a la oficina.
El investigador continúa tratándolo bien. Eso empieza a ser peor que si le gritara. Le pregunta de nuevo qué hace, por qué está en Cuba, cuánto tiempo piensa quedarse, qué enseña. No hace ninguna pregunta directa sobre su orientación sexual. Tampoco sobre lo que hizo con Maikel.
Da vueltas.
Sale.
Regresa.
Se sienta.
Vuelve a salir.
Cuando entra otra vez parece sinceramente cansado de él.
Hace una pregunta que no puede reconstruir palabra por palabra, pero recuerda perfectamente su sentido:
«¿Qué clase de persona es usted para haberse metido —y habernos metido a todos— en semejante problema?»
No sabe responder.
Él tampoco parece saber qué preguntarle ya.
Entonces ocurre algo.
Una iluminación.
No religiosa.
Administrativa.
—Oficial.
Lo mira.
—El muchacho es mayor de edad —afirmo.
El hombre se detiene.
—¿Qué?
Por primera vez está genuinamente interesado en algo que dice.
—Mayor de edad. Estoy seguro.
—¿Cómo está seguro?
—Le pedí su identificación.
El investigador se levanta como un resorte.
—¿Usted le pidió identificación?
—Sí.
Abre un cajón.
Busca.
Saca dos credenciales.
Una rosa.
Una azul.
Las coloca frente a él.
La temperatura de la habitación cambia.
Ahora ya no es amable.
—Muy bien.
Lo mira directamente.
—Aquí hay dos credenciales.
Señala ambas.
—Si usted dice que le pidió su identificación a ese muchacho, me va a decir ahora mismo de qué color era.
No necesita pensar.
—Ésa.
Señala la azul.
El investigador lo observa.
No sabe qué está buscando en su cara.
Toma las dos credenciales y sale.
Esta vez cierra la puerta.
Media hora.
Quizá fueron veinte minutos.
Quizá cuarenta.
Para él sigue siendo media hora.
La media hora más larga de su vida.
Se termina el agua.
Piensa en el ron.
Ahora sí debió aceptar el ron.
Camina.
Se sienta.
Se vuelve a levantar.
Piensa en Maikel.
Piensa que quizá le mintió.
Piensa que quizá la credencial era de otra persona.
Piensa que tal vez confundió el color.
Piensa que todo su futuro acaba de quedar reducido a una cartulina plastificada azul.
Entonces la puerta se abre.
El investigador entra.
Es otro hombre.
No literalmente.
La tensión desapareció de la cara.
—Amigo.
Amigo.
Hace media hora no sabía qué clase de persona era él y ahora es amigo.
—Discúlpenos.
No entiende.
—Todo ha sido un error.
—¿Qué pasó?
—El muchacho no es de La Habana.
Espera.
—Es de Camagüey. No quiso enseñarnos la identificación por eso.
—¿Y?
El hombre suspira.
—Usted no tiene ninguna razón para estar aquí.
No sabe si reírse.
—¿Es mayor?
—Sí.
Después añade, casi con cansancio:
—Tuvimos que desnudarlo completamente. Ahí estaba la credencial.
No pregunta dónde.
No quiere saber.
Salen.
Maikel está afuera.
También la juez.
Y varios policías.
La mujer ya no parece preocupada por Ivan Walsh. Toda su atención se dirige hacia él.
—No te quiero volver a ver jineteando en el Malecón. ¿Entendiste?
Maikel asiente.
No discute.
El investigador le entrega la identificación.
La juez la mira antes.
Azul.
La misma.
—No vamos a levantar ningún reporte por estar de ilegal en La Habana.
Él todavía está procesando la frase cuando ella hace una seña.
Aparece un policía con una cámara.
Polaroid.
Esto es lo que le resulta imposible olvidar.
Una Polaroid.
Él creía que ya no existían.
Maikel vuelve la cara.
—Quieto.
Flash.
El papel blanco sale de la cámara.
La juez lo sostiene por una esquina.
La imagen empieza a aparecer lentamente.
Primero nada.
Después sombras.
Después una cara.
La cara de Maikel.
—Mira.
Se la enseña.
—Aquí estás.
La fotografía continúa revelándose entre sus dedos.
—Te tengo en la mira.
No sabe por qué esa frase le produce más miedo que todo lo anterior.
No habrá expediente.
No habrá procedimiento.
Pero habrá una imagen.
—No vamos a hacerte nada —continúa—. Pero deja de molestar a este profesor.
Lo señala.
—Este señor es un caballero.
Caballero.
Hace una hora podía terminar su carrera en una cárcel cubana.
Ahora es un caballero.
Maikel baja la cabeza.
Él trata de no mirarlo porque le da risa y no es momento de reírse.
—¿Y ahora? —pregunta.
La juez lo mira.
—Ahora nada.
Abre una mano.
—Los dos están libres.
Antes de que salgan vuelve a levantar la Polaroid.
—Ojo con que te vuelva a ver por aquí. Aquí está tu foto.
Salen.
2001, septiembre (fecha aproximada). La Habana, Bim-Bom. Noche (hora aproximada).
Hay algo que ha contado mal.
No sabe cuántas veces.
Cuando el policía les hace regresar desde el Malecón hacia el Bim-Bom intenta arreglar la situación. Dijo antes que insinuó dinero y él no contestó. No fue así. Se acercó, bajó la voz, hizo esa cosa penosa del extranjero que todavía cree que todo sistema posee una puerta lateral para quien lleva dólares.
—Oficial, mire, si podemos arreglar esto de alguna manera…
El hombre no dice nada.
Levanta la mano.
Con el índice y el pulgar hace un gesto frente a la boca, como si cerrara un zipper.
De un lado al otro.
Cierra.
Hablar = problema.
Eso entiende.
Se calla.
Esta sí es una imagen que no ha olvidado.
Durante años recordará más claramente esos dos dedos cerrándole la boca que la cara del policía.
Encuentran a Maikel.
No sabe dónde estaba. Tal vez no había llegado muy lejos. Los llevan a los dos a lo que todo el mundo llama el Punto. Después alguien le cuenta que ese lugar, o ese mismo sitio en otra configuración, llevaba siglos recibiendo delincuentes, desde cuando La Habana todavía era otra ciudad. No sabe si la historia es exactamente cierta. No importa para el recuerdo: ha vuelto a pasar por ahí muchos años después y todavía se le levantan los pelos de la nuca antes de que consiga decirse que sólo es un edificio.
Los separan.
A Maikel se lo llevan por un corredor.
A él lo conducen a una oficina sorprendentemente elegante.
Eso lo inquieta.
Esperaba una estación de policía, escritorios metálicos, fluorescentes. En cambio hay muebles, una mesa bien cuidada, documentos ordenados. Después entra un hombre distinto de los policías que ha visto en la calle. Uniforme de investigación. Bien puesto. Zapatos limpios. Una dignidad que parece formar parte del uniforme tanto como las insignias.
Lo invita a sentarse.
—¿A qué se dedica usted?
—Soy profesor de cine.
Lo mira.
—¿Dónde?
—En la EICTV. San Antonio de los Baños.
Esto mejora algo.
No sabe qué.
El hombre asiente.
—Muy bien.
Se sienta frente a él.
—¿Bebió esta noche?
Podría decir que no.
No tiene ganas.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Cerveza.
—¿Varias?
—Varias.
Escribe algo.
O finge escribir.
—¿Quiere tomar algo?
Piensa que habla de agua.
—Agua estaría bien.
—También puedo ofrecerle ron.
Lo mira.
—No. Creo que ya bebí suficiente.
Él sonríe apenas.
Traen agua.
La bebe y empieza a imaginar una crisis diplomática. La embajada mexicana. La cubana. Columbia. La Escuela de Cine. Su madre enterándose por teléfono de que está detenido en La Habana. Su carrera terminada por una estupidez cometida durante su primer paseo nocturno.
El pensamiento corre mucho más rápido que los hechos.
—Venga —dice el hombre.
Salen.
Maikel no está.
Hay policías ordinarios que saludan al investigador con respeto. Él le pide que espere junto a la pared.
—Estamos esperando a la juez.
Ahí sí.
En la madre.
Eso piensa exactamente.
Una juez.
A las tres de la mañana.
La situación ha cruzado una frontera de la que él ni siquiera sabía que estaba cerca.
Esperan.
El edificio permanece despierto de esa forma que sólo tienen los hospitales, las estaciones de policía y los aeropuertos: lugares donde la noche no significa que el día haya terminado.
Finalmente llega una mujer.
Viene apurada.
Hay algo en ella que le produce una ternura absurda porque se nota que estaba durmiendo. Se ha duchado, se ha vestido, se ha peinado y ha adquirido aspecto de juez en quizá cinco minutos, pero todavía queda en su cara una porción de la mujer que hace media hora estaba en cama.
Lo mira.
—¿Es él?
El investigador niega.
—No.
Ella vuelve a mirarlo.
—¿Entonces?
—El muchacho está en los separos.
Pausa.
—Él es el extranjero.
La palabra lo alivia durante medio segundo.
Después deja de aliviarlo.
La juez firma algo. Hace preguntas a los otros policías.
—¿Encontraron algo importante en las bolsas del muchachito?
El investigador responde:
—Condones.
La mujer levanta la cara.
—¡¿Condones?! ¡Mi vida!
Y él piensa:
Ya fue.
Pobre Maikel.
Condones.
Nunca una palabra tan pequeña le había parecido capaz de condenar una vida entera.
Lo regresan a la oficina.
El investigador continúa tratándolo bien. Eso empieza a ser peor que si le gritara. Le pregunta de nuevo qué hace, por qué está en Cuba, cuánto tiempo piensa quedarse, qué enseña. No hace ninguna pregunta directa sobre su orientación sexual. Tampoco sobre lo que hizo con Maikel.
Da vueltas.
Sale.
Regresa.
Se sienta.
Vuelve a salir.
Cuando entra otra vez parece sinceramente cansado de él.
Hace una pregunta que no puede reconstruir palabra por palabra, pero recuerda perfectamente su sentido:
«¿Qué clase de persona es usted para haberse metido —y habernos metido a todos— en semejante problema?»
No sabe responder.
Él tampoco parece saber qué preguntarle ya.
Entonces ocurre algo.
Una iluminación.
No religiosa.
Administrativa.
—Oficial.
Lo mira.
—El muchacho es mayor de edad —afirmo.
El hombre se detiene.
—¿Qué?
Por primera vez está genuinamente interesado en algo que dice.
—Mayor de edad. Estoy seguro.
—¿Cómo está seguro?
—Le pedí su identificación.
El investigador se levanta como un resorte.
—¿Usted le pidió identificación?
—Sí.
Abre un cajón.
Busca.
Saca dos credenciales.
Una rosa.
Una azul.
Las coloca frente a él.
La temperatura de la habitación cambia.
Ahora ya no es amable.
—Muy bien.
Lo mira directamente.
—Aquí hay dos credenciales.
Señala ambas.
—Si usted dice que le pidió su identificación a ese muchacho, me va a decir ahora mismo de qué color era.
No necesita pensar.
—Ésa.
Señala la azul.
El investigador lo observa.
No sabe qué está buscando en su cara.
Toma las dos credenciales y sale.
Esta vez cierra la puerta.
Media hora.
Quizá fueron veinte minutos.
Quizá cuarenta.
Para él sigue siendo media hora.
La media hora más larga de su vida.
Se termina el agua.
Piensa en el ron.
Ahora sí debió aceptar el ron.
Camina.
Se sienta.
Se vuelve a levantar.
Piensa en Maikel.
Piensa que quizá le mintió.
Piensa que quizá la credencial era de otra persona.
Piensa que tal vez confundió el color.
Piensa que todo su futuro acaba de quedar reducido a una cartulina plastificada azul.
Entonces la puerta se abre.
El investigador entra.
Es otro hombre.
No literalmente.
La tensión desapareció de la cara.
—Amigo.
Amigo.
Hace media hora no sabía qué clase de persona era él y ahora es amigo.
—Discúlpenos.
No entiende.
—Todo ha sido un error.
—¿Qué pasó?
—El muchacho no es de La Habana.
Espera.
—Es de Camagüey. No quiso enseñarnos la identificación por eso.
—¿Y?
El hombre suspira.
—Usted no tiene ninguna razón para estar aquí.
No sabe si reírse.
—¿Es mayor?
—Sí.
Después añade, casi con cansancio:
—Tuvimos que desnudarlo completamente. Ahí estaba la credencial.
No pregunta dónde.
No quiere saber.
Salen.
Maikel está afuera.
También la juez.
Y varios policías.
La mujer ya no parece preocupada por Ivan Walsh. Toda su atención se dirige hacia él.
—No te quiero volver a ver jineteando en el Malecón. ¿Entendiste?
Maikel asiente.
No discute.
El investigador le entrega la identificación.
La juez la mira antes.
Azul.
La misma.
—No vamos a levantar ningún reporte por estar de ilegal en La Habana.
Él todavía está procesando la frase cuando ella hace una seña.
Aparece un policía con una cámara.
Polaroid.
Esto es lo que le resulta imposible olvidar.
Una Polaroid.
Él creía que ya no existían.
Maikel vuelve la cara.
—Quieto.
Flash.
El papel blanco sale de la cámara.
La juez lo sostiene por una esquina.
La imagen empieza a aparecer lentamente.
Primero nada.
Después sombras.
Después una cara.
La cara de Maikel.
—Mira.
Se la enseña.
—Aquí estás.
La fotografía continúa revelándose entre sus dedos.
—Te tengo en la mira.
No sabe por qué esa frase le produce más miedo que todo lo anterior.
No habrá expediente.
No habrá procedimiento.
Pero habrá una imagen.
—No vamos a hacerte nada —continúa—. Pero deja de molestar a este profesor.
Lo señala.
—Este señor es un caballero.
Caballero.
Hace una hora podía terminar su carrera en una cárcel cubana.
Ahora es un caballero.
Maikel baja la cabeza.
Él trata de no mirarlo porque le da risa y no es momento de reírse.
—¿Y ahora? —pregunta.
La juez lo mira.
—Ahora nada.
Abre una mano.
—Los dos están libres.
Antes de que salgan vuelve a levantar la Polaroid.
—Ojo con que te vuelva a ver por aquí. Aquí está tu foto.
Salen.
2001, September (approximate date). Havana, Bim-Bom. Night (approximate time).
There is something he has got wrong in the telling.
He does not know how many times.
When the policeman makes them return from the Malecón to the Bim-Bom, he tries to straighten things out. He said before that he hinted at money and the man did not answer. That was not how it happened. He went up to him, lowered his voice, did that embarrassing thing foreigners do when they still believe every system has a side door for anyone carrying dollars.
—Officer, look, if we could work this out somehow…
The man says nothing.
He raises his hand.
With his index finger and thumb he makes a gesture in front of his mouth, as though closing a zipper.
From one side to the other.
He closes it.
Speaking = trouble.
That is what he understands.
He falls silent.
This is one image he has not forgotten.
For years he will remember those two fingers closing his mouth more clearly than the policeman’s face.
They find Maikel.
He does not know where he was. Perhaps he had not gone very far. They take both of them to what everyone calls the Punto. Later someone tells him that the place, or that same site in another configuration, had been receiving criminals for centuries, since Havana was still another city. He does not know whether the story is entirely true. It does not matter to the memory: he has passed it again many years later, and the hair on the back of his neck still stands up before he can tell himself it is only a building.
They separate them.
They take Maikel down a corridor.
They lead him to a surprisingly elegant office.
That unsettles him.
He expected a police station, metal desks, fluorescent lights. Instead there is furniture, a well-kept table, orderly documents. Then a man comes in who is different from the policemen he has seen in the street. An investigator’s uniform. Neatly worn. Clean shoes. A dignity that seems as much a part of the uniform as the insignia.
He invites him to sit down.
—What do you do for a living?
—I’m a film professor.
He looks at him.
—Where?
—At the EICTV. San Antonio de los Baños.
This improves something.
He does not know what.
The man nods.
—Very good.
He sits down across from him.
—Did you drink tonight?
He could say no.
He does not feel like it.
—Yes.
—How much?
—Beer.
—Several?
—Several.
He writes something.
Or pretends to write.
—Would you like something to drink?
He thinks he means water.
—Water would be good.
—I can also offer you rum.
He looks at him.
—No. I think I’ve had enough to drink.
He barely smiles.
They bring water.
He drinks it and begins imagining a diplomatic crisis. The Mexican embassy. The Cuban one. Columbia. The Film School. His mother learning over the telephone that he is being detained in Havana. His career ended by something stupid he did on his first night out.
Thought runs much faster than events.
—Come —the man says.
They go out.
Maikel is not there.
There are regular policemen who greet the investigator respectfully. He asks him to wait by the wall.
—We’re waiting for the judge.
Now, yes.
Holy shit.
That is exactly what he thinks.
A judge.
At three in the morning.
The situation has crossed a border he had not even known he was near.
They wait.
The building stays awake in that way only hospitals, police stations and airports do: places where night does not mean the day has ended.
At last a woman arrives.
She is in a hurry.
There is something about her that stirs an absurd tenderness in him, because it is clear she was asleep. She has showered, dressed, done her hair and acquired the appearance of a judge in perhaps five minutes, but a portion of the woman who was in bed half an hour ago still remains in her face.
She looks at him.
—Is it him?
The investigator shakes his head.
—No.
She looks at him again.
—Then?
—The young man is in the holding cells.
A pause.
—He is the foreigner.
The word reassures him for half a second.
Then it stops reassuring him.
The judge signs something. She asks the other policemen questions.
—Did you find anything important in the young fellow’s pockets?
The investigator answers:
—Condoms.
The woman looks up.
—Condoms?! My dear!
And he thinks:
That’s it.
Poor Maikel.
Condoms.
Never had so small a word seemed capable of condemning an entire life.
They take him back to the office.
The investigator continues treating him well. That is beginning to be worse than if he shouted at him. He asks again what he does, why he is in Cuba, how long he plans to stay, what he teaches. He asks no direct question about his sexual orientation. Nor about what he did with Maikel.
He paces.
He goes out.
He comes back.
He sits down.
He goes out again.
When he comes in again he seems sincerely tired of him.
He asks a question he cannot reconstruct word for word, but whose meaning he remembers perfectly:
“What kind of person are you, to have got yourself—and all of us—into such trouble?”
He does not know how to answer.
He too seems no longer to know what to ask him.
Then something happens.
An illumination.
Not religious.
Administrative.
—Officer.
He looks at him.
—The young man is of legal age —I state.
The man stops.
—What?
For the first time he is genuinely interested in something he says.
—Of legal age. I’m sure.
—How are you sure?
—I asked for his identification.
The investigator springs to his feet.
—You asked him for identification?
—Yes.
He opens a drawer.
He searches.
He takes out two ID cards.
One pink.
One blue.
He places them in front of him.
The temperature in the room changes.
Now he is no longer friendly.
—Very good.
He looks straight at him.
—Here are two ID cards.
He points to both.
—If you say you asked that young man for his identification, you’re going to tell me right now what color it was.
He does not need to think.
—That one.
He points to the blue one.
The investigator watches him.
He does not know what he is looking for in his face.
He takes the two cards and goes out.
This time he closes the door.
Half an hour.
Perhaps it was twenty minutes.
Perhaps forty.
For him it is still half an hour.
The longest half hour of his life.
He finishes the water.
He thinks of the rum.
Now he really should have accepted the rum.
He walks.
He sits down.
He gets up again.
He thinks of Maikel.
He thinks perhaps he lied to him.
He thinks perhaps the ID card belonged to someone else.
He thinks perhaps he got the color wrong.
He thinks his entire future has just been reduced to a piece of blue laminated card.
Then the door opens.
The investigator comes in.
He is another man.
Not literally.
The tension has vanished from his face.
—My friend.
My friend.
Half an hour ago he did not know what kind of person he was, and now he is his friend.
—Forgive us.
He does not understand.
—It has all been a mistake.
—What happened?
—The young man is not from Havana.
He waits.
—He’s from Camagüey. That’s why he didn’t want to show us his identification.
—And?
The man sighs.
—You have no reason to be here.
He does not know whether to laugh.
—Is he of legal age?
—Yes.
Then he adds, almost wearily:
—We had to strip him completely. The ID card was there.
He does not ask where.
He does not want to know.
They go out.
Maikel is outside.
So is the judge.
And several policemen.
The woman no longer seems worried about Ivan Walsh. All her attention is directed toward him.
—I don’t want to see you hustling on the Malecón again. Understood?
Maikel nods.
He does not argue.
The investigator hands him the identification.
The judge looks at it first.
Blue.
The same one.
—We’re not going to file a report for your being in Havana illegally.
He is still processing the sentence when she makes a sign.
A policeman appears with a camera.
Polaroid.
This is what he finds impossible to forget.
A Polaroid.
He thought they no longer existed.
Maikel turns his face away.
—Stay still.
Flash.
The white paper comes out of the camera.
The judge holds it by one corner.
The image slowly begins to appear.
First nothing.
Then shadows.
Then a face.
Maikel’s face.
—Look.
She shows it to him.
—Here you are.
The photograph continues developing between her fingers.
—I’ve got you in my sights.
He does not know why that sentence frightens him more than everything before it.
There will be no file.
There will be no proceedings.
But there will be an image.
—We’re not going to do anything to you —she goes on—. But stop bothering this professor.
She points to him.
—This man is a gentleman.
A gentleman.
An hour ago he could have ended his career in a Cuban prison.
Now he is a gentleman.
Maikel lowers his head.
He tries not to look at him because it makes him laugh, and this is no time to laugh.
—And now? —he asks.
The judge looks at him.
—Now nothing.
She opens one hand.
—You’re both free.
Before they leave she raises the Polaroid again.
—Don’t let me see you around here again. Here’s your photo.
They leave.