Que se parezca a un recuerdo

2001, verano (fecha aproximada). Carretera hacia la Escuela Lenin, La Habana. Mañana (hora aproximada).

Para el casting va con Omar a la Lenin. Por entonces alojan allí a estudiantes de teatro de la Escuela de Instructores de Arte. Busca a dos actores capaces de reconstruir aquella escena sin convertirla en otra cosa. Omar conduce. Él lleva fotografías, unas notas, la cámara.

Durante el trayecto le pregunta qué clase de muchacho necesitan.

La pregunta vuelve a incomodarlo.

—Un actor.

—Ya sé que un actor.

—Entonces.

—¿Cómo tiene que ser?

Mira por la ventana.

Piensa en el chileno.

En él a los doce.

Piensa en Tony sosteniendo la cámara unas horas antes y preguntándole qué vino realmente a filmar.

—No sé —dice.

Omar se ríe.

—Tremendo director.

—Que se parezca a un recuerdo.

—Eso está más difícil todavía.

Siguen.

En 2001 cree que están haciendo un casting.

Muchos años después, cuando intenta reconstruir cómo funcionaba La Virgen de los Peregrinos, recuerda esta escena y se incomoda. Una persona sentada frente a otras, mirando rostros, descartando, acercándose, tratando de encontrar en un desconocido algo que ya lleva previamente en la cabeza.

No es lo mismo.

Lo sabe.

No quiere pensar demasiado. Le gusta escribir así. Más intuición, menos inducción.

Un casting no es una selección criminal. Una cámara no es un arma. Un deseo no es un delito.

Y, sin embargo, quizá por eso entiende tan bien el mecanismo.

Porque toda selección empieza con una imagen previa.

Buscan algo antes de saber quién va a encarnarlo.

La diferencia está en lo que hacen cuando por fin aparece.

Tony había entendido algo antes que él.

Por eso le quitó la cámara.

Antes de decirle quién era, quiso saber quién era el hombre que lo estaba mirando.

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