Tú haces muchas preguntas

2001, septiembre (fecha aproximada), otro día (fecha relativa). La Habana. Hora incierta.

Vuelve al Bim-Bom.

No por investigar.

Busca a Maikel.

Eso es lo que escribe ahora.

En aquel tiempo seguramente se dice otra cosa: que quiere conocer la ciudad, que le interesa el ambiente, que podría escribir sobre aquello. Uno construye rápidamente coartadas intelectuales alrededor del deseo.

Maikel no está.

Encuentra a Reinaldo.

—¿Has visto a Maikel?

—¿A cuál?

—El de la gorrita.

—Ah.

Esa sílaba contiene información.

—Qué.

—Nada.

—Reinaldo.

—Él viene.

—¿Cuándo?

Se encoge de hombros.

—Cuando viene.

Quiere saber qué ocurrió con la policía.

Reinaldo bebe.

—Nada.

—Se lo llevaron.

—No.

—Yo lo vi.

—Entonces sí.

Se ríe.

Él también.

Cuba empieza a enseñarle esa forma de conversación donde nadie entrega una frase completa si puede evitarlo.

—¿Dónde está?

—Por ahí.

—Muy útil.

—Tú haces muchas preguntas.

Aquí se detiene algo dentro de él.

No porque lo amenace.

No hay amenaza.

La frase simplemente cae de otra manera.

«Tú haces muchas preguntas.»

Piensa en Omar.

Piensa en Senel.

Piensa en la película que vino a hacer.

Piensa que quizá en este país hacer preguntas constituye una profesión distinta.

—Soy profesor —dice.

Reinaldo se ríe.

—Peor.

Pide otra cerveza.

Después señala hacia la puerta.

—Mira.

No es Maikel.

Es una muchacha.

No sabe todavía quién es.

Entra acompañada por otras dos personas y por un momento nadie parece prestarle atención, pero algo alrededor de ella cambia, como cuando una persona entra en una pintura y obliga a reorganizar la composición.

La ve primero de perfil.

Cabello oscuro.

Muy delgada.

Un vestido demasiado sencillo para el lugar.

Después los ojos.

Hay algo raro en ellos. No tristeza. Tampoco miedo.

Una especie de atención permanente.

Como si mientras habla con alguien estuviera observando además otra habitación.

—¿Quién es? —pregunta.

Reinaldo sigue bebiendo.

—Liliana.

La muchacha vuelve la cabeza.

Lo mira.

No como Maikel.

No hay deseo inmediato.

Hay reconocimiento.

Eso piensa ahora.

En 2001 seguramente piensa sólo que es hermosa.

—¿La conoces?

Reinaldo sonríe.

—Todo el mundo conoce a Liliana.

Ella se acerca.

No directamente hacia él.

Hacia Reinaldo.

Lo besa en la mejilla.

Él lo presenta.

—Mexicano.

—Tengo nombre.

Liliana sonríe.

—Todos los mexicanos tienen nombre.

—Isaac.

Ella lo mira un segundo más.

—Liliana.

Y ocurre algo pequeño.

Nada que entonces pudiera considerar importante.

Alguien detrás de ellos silba.

La misma clase de silbido que escuchó aquella noche en el Malecón.

Liliana vuelve inmediatamente la cabeza.

No busca al que silbó.

Busca la puerta.

Luego lo mira otra vez.

—¿Tú estabas aquí cuando se llevaron a Maikel?

Lo sorprende.

—Sí.

—¿Lo conoces?

—Lo acababa de conocer.

Ella asiente.

No dice nada.

—¿Está bien?

Liliana toma su cerveza.

Bebe.

—Depende.

—¿De qué?

Le devuelve la botella.

—De quién pregunte.

Y se va.

Se queda mirándola atravesar el Bim-Bom.

Reinaldo no parece sorprendido.

—¿Qué quiso decir?

—Tú haces muchas preguntas.

Otra vez.

Esta vez no se ríe.

Años después escribe que allí conoció a Liliana.

Eso es cierto.

También escribe que fue casualidad.

Eso ya no lo sabe.

Porque al volver esa noche a San Antonio encuentra algo dentro de su mochila.

No estaba ahí por la mañana.

Una tarjeta.

La misma Virgen.

El niño sobre el brazo izquierdo.

La estrella.

PEREGRINOS.

Le da vuelta.

No hay 3841.

Hay un nombre.

LILIANA.

Y debajo:

Pregúntale por Maikel.

Durante muchos años cree que la guardó.

Ahora no la encuentra.

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