01 El Sitio / Los Cuadernos · Conversaciones de Walsh e Isaac
Isaac encontró la pintura recargada contra un muro. Había un televisor apagado en algún lugar de la casa.

Isaac. —No sé si esto es una ciudad o una pared que recuerda una ciudad.
Walsh. —Mira los mosaicos. La geometría todavía intenta mantenerlo todo unido.
Isaac. —Y esos corazones la desobedecen.
Walsh. —La atraviesan. El rojo cae donde el turquesa oxidado parecía haber organizado el espacio.
Isaac. —Has pintado corazones en lugar de explicar qué les ocurre a los niños.
Walsh. —No quiero ponerles un diagnóstico. Ni una historia que los convierta en ilustraciones de mi explicación. Hay imágenes que se vuelven indecentes cuando creen saberlo todo sobre el dolor que muestran.
Isaac. —Sin embargo, el dolor atrae la mirada.
Walsh. —Ese es el riesgo. Puedes pintar una herida y terminar fabricando un adorno para quien no quiere saber nada de ella.
Isaac. —¿Cómo evitas eso?
Walsh. —No tengo una garantía. Intento que la mirada no encuentre descanso demasiado pronto. Que el color no le permita decir qué bello y seguir caminando.
Isaac. —El fondo parece un muro antiguo y una pantalla rota al mismo tiempo.
Walsh. —Quería esa dificultad. La pintura digital puede imitar el pigmento, la humedad y el desgaste. Pero también puede dejar ver la fractura, el fallo de la superficie. Lo nuevo no borra la ruina.
Isaac. —El televisor está muerto.
Walsh. —Está apagado. Tú has decidido lo demás.
Isaac. —Lo pusiste entre pequeños templos.
Walsh. —Hay objetos que sobreviven a su función. No dejan de ocupar espacio porque ya no prometan nada. Un aparato, un edificio, una imagen sagrada. Pueden acabar juntos sin volverse equivalentes.
Isaac. —Y la pared los guarda.
Walsh. —Los reúne. Guardar sería una palabra demasiado pacífica para esta pared.
Isaac. —¿Por eso parece un mural?
Walsh. —El mural hace que una historia ocupe un lugar común. Pero ese lugar también puede venderse como decoración. Me interesa la tensión entre dar testimonio y poner el sufrimiento en circulación.
Isaac. —No puedes decidir cómo van a mirarlo.
Walsh. —No. Puedo hacerme responsable de cómo lo pongo delante de alguien.
Isaac. —Los niños miran hacia fuera.
Walsh. —Y no por eso están disponibles. Una mirada pintada no es una autorización para apropiarse de una vida.
Isaac. —La simetría parecía prometer que todo iba a estar bien.
Walsh. —Por eso la interrumpo. No quiero usar el orden de la composición como una absolución.
Isaac. —¿No hay consuelo?
Walsh. —Hay compañía. No siempre es lo mismo. Puedes quedarte ante una imagen sin exigirle que resuelva aquello que muestra.
Isaac. —Una reliquia que no demuestra nada.
Walsh. —Un resto que obliga a detenerse.
Isaac. —Lo llamaré una pinta del corazón.
Walsh. —Déjale la medida incierta. Que no sepamos si estamos hablando del color, del peso o de lo que todavía sigue latiendo.
Isaac. —Y después abriré otra puerta.
Walsh. —Ábrela sin fingir que esta pared ha dejado de existir.
Ángel Comneno · Banda sonora
Onirikón Codex Chant
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Desde el cuaderno
Laberinto con el niño samurái · I
Verde laberinto de divino espanto, mármol con musgo, arcángel despeinado. El niño samurái sonríe: «nunca entendiste», eco de un río ya sedimentado. Tras él, el ebrio —nácar y pecado— le acaricia el cabello con descuido. Yo cuento mis gatos: siete han huido. El monasterio rezuma su aguardiente helado. Madre-Alzhéimer abre la última puerta, su llave es de cristal, el mundo gime. «Él es lo único», repito, y el aire miente. El cuarto vacío es una oferta: ni Dios ni demonio, pura geometría. La paciencia es polvo que el polvo envía.