F0705 · —Estos muchachos se metieron a la cocina y robaron todo el jamón.

Evidentemente, la preocupación de Chávez no era que los hijos de la revolución se enfermaran, sino que no obedecieran sus órdenes. En otra ocasión dijo:

—Estos muchachos se metieron a la cocina y robaron todo el jamón.

—¡A ver! Enséñenme cómo lo hicieron.

Los muchachos, aterrados y fascinados con la corpulencia de un hombre que a los treinta años se había adueñado de Cuba, le mostraron exactamente cómo habían entrado y cómo habían abierto el refrigerador para hacerse con el jamón. El comandante rió:

—¡Mira Chávez! Son mucho más inteligentes que tú.

¿Cómo disciplinaba entonces Fidel a los muchachos del Harvard cubano? Simple: había formado comités de disciplina. Los muchachos con las mejores notas se convertían en sus espías. Todo el mundo podía burlarse de Chávez, que era en realidad un títere puesto ahí para que todos se saltaran sus normas, pero si el director del comité de disciplina informaba al comandante que había uno que no cumplía con las reglas, entonces sí estaba en problemas y podía ser expulsado incluso de las juventudes socialistas, lo cual bloquearía todo su futuro profesional.

Era así. Y Julián nunca había sido parte del comité, pero era amigo de los del comité, por lo que se lo pasaba bien en el Instituto Lenin, burlándose del pobre Chávez, quien era tan ridículo que trataba de imitar a Fidel Castro hasta en la forma de hablar.

El mejor amigo de Julián era en aquel entonces Santiago Álvarez, el hijo del cineasta. Álvarez le llevaba a Julián libros y medicinas prohibidas en Cuba.

—Esto —le dijo un día—, es lo que toma Fidel para ser inmortal.

Le mostró una aspirina que se tragó en el desayuno.

Santiago era un personaje atroz. Tenía aterrorizados a todos en el Liceo. Era intocable. Un día, Chávez se quejó con el comandante porque Santiago había quemado un colchón para demostrar quién sabe qué cosa, y Fidel le dijo:

—Te has vuelto muy quisquilloso, Chávez.

Le dio los consabidos golpecitos en la cabeza y luego le gritó a Santiago:

—¿Sabes manejar?

—¡No, comandante!

—No importa. Quiero ir a comer con tu padre.

Le lanzó las llaves de su jeep y, muerto de risa, con el muchacho aprendiendo a manejar, salió del Instituto Lenin y se fueron a comer con el cineasta más importante de la revolución.

Fue en casa de Santiago Álvarez que Julián aprendió lo que era el arte abstracto. Arte atroz del capitalismo. Pero en sus manchas y sus formas, Julián se sintió liberado. Liberado de verdad. Emancipado de la línea y el color.

En clase de teoría del arte, se enseñaba el libro rojo de Mao y que el arte solo servía para liberar a las masas. Tenía que ser institucionalmente figurativo y él, que en el fondo era un poco rebelde, decidió volcarse hacia el arte abstracto.

Cuando terminó en la Lenin, Cuba ya estaba bajo la influencia del mundo soviético, y Julián se había convertido en un pintor famoso que vendía sus cuadros en La Habana Vieja. Tenía un estudio en El Vedado, donde pasaba las tardes pintando a muchachitos que venían a jugar al fútbol en el parque Zapata.

Pero lo suyo era dejar que la ansiedad saliera frente al lienzo. Suspirar y lanzar de pronto un golpe, un brochazo.

Cuando cayó el muro, Julián estaba harto de la forma y, con el inicio del periodo especial, sintió nostalgia por sus tiempos en la Lenin. Fue así como decidió volver a lo figurativo y fue así como conoció al Archiduque, a Farid y a todos aquellos con los que fundaría, unos años más tarde, La Virgen de los peregrinos.

Julián encontró en La Virgen de los peregrinos un espacio donde la experimentación artística y la libertad creativa se entrelazaban. Junto con sus compañeros, exploraron nuevas formas de expresión, desafiando las normas establecidas y rompiendo con las convenciones artísticas impuestas por la Revolución. A través de sus obras, buscaban transmitir sus inquietudes, emociones y críticas hacia la realidad que los rodeaba.

La Virgen de los peregrinos se convirtió en un movimiento artístico subversivo y provocador, que desafiaba las ideas tradicionales sobre el arte y la sociedad. Sus exposiciones se volvieron eventos controvertidos, pero también despertaron la curiosidad y la admiración de aquellos dispuestos a cuestionar el sistema establecido.

Julián encontró en este nuevo camino una forma de expresarse y resistir, rechazando las limitaciones impuestas por la ideología revolucionaria y abrazando la libertad creativa. Aunque enfrentó críticas y represión por parte del gobierno, se mantuvo firme en su búsqueda de una identidad artística propia y en su deseo de desafiar las normas establecidas.

La historia de Julián y La Virgen de los peregrinos se convirtió en una parte integral del movimiento artístico en Cuba durante aquellos años turbulentos. Su trabajo desafió las expectativas y amplió los límites del arte en un contexto donde la creatividad y la expresión individual eran constantemente vigiladas y controladas.

A través de su pintura, Julián buscó trascender las fronteras impuestas y explorar la verdadera esencia de la libertad artística. Su historia se convirtió en un testimonio de la lucha por la autenticidad y la resistencia creativa en un entorno opresivo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes