F0704 · Farid volvía a comer shevtaliá, lo cual le recordaba a Jamil…

Farid volvía a comer shevtaliá, lo cual le recordaba a Jamil, su madre. Aunque el sabor no era el mismo y él no idealizaba, recordaba que su madre solía hacerlo con grasa de carnero recién sacrificado. Sin embargo, en ese lugar todo debía ser traído de Berlín.

Narumi, la narradora, relató que cuando era niña, su padre le contó la historia de un pueblo en guerra que estaba a punto de ser destruido. Los atacantes no sabían hacer música, pero cuando el pueblo cantó, los invasores quedaron embelesados, lo que permitió que fueran eliminados uno a uno.

El primer día en la hostería, la herida de Farid se volvió a abrir, provocando que empezara a sangrar. Solicitó agua y se sumergió en ella hasta que la molestia de una operación mal hecha desapareció. El agua se había enfriado tanto que empezó a temblar. Aunque temblaba de frío, su mayor temor era por Hakem y los ángeles que a menudo le anunciaban que tendría un encuentro con Dios. También temía volver a ver a alguien sin saber si debía besarlo o matarlo. Se quedó dormido en el agua fría y soñó con su padre en el campamento hakimita y con una serpiente descomunal en la mezquita de Damasco, así como con las letras recitadas por un niño: “Sólo El Altísimo no morirá”. Desde el piso de abajo llegaba el olor de las leftaliás, un aroma que había extrañado. No extrañaba la comida del Nuevo Mundo ni nada más que el monasterio donde había conocido a alguien.

Farid abrió los ojos a pesar de haber dormido durante mucho tiempo. Fue el maullido de un gato lo que lo despertó. Abrió la ventana y vio una taberna llena de prostitutas justo debajo de su balcón. Parecía escuchar a uno de los borrachos gritar el nombre de Hakim. Durante unos momentos, no estaba seguro si estaba teniendo una visión o despertando. Volvió a soñar con el monasterio mientras cantaba y veía a alguien en el pozo de la Virgen de las Tribulaciones. El pozo se transformaba en el lago de México y algo parecido a un copo de nieve o una pluma de una de las garzas de la ciudad entraba en su boca, sabiendo a dulce de granada. Aunque creyó que la vigilia terminaría la visión, cuando quedó claro que había despertado, encontró a alguien sentado frente a él en la cama: el mensajero. Fue el mensajero quien le ordenó que regresara al monasterio. Aunque debía haber comenzado a preguntar cómo llegar a Hagia Sophia, se encerró a escribir en lugar de hacerlo. Había venido desde Roma y finalmente el Santo Padre le había concedido la libertad. De regreso a la casa donde se hospedaba, vio a un joven moreno que le recordaba a Atonatiuh. Durante los años que había vivido en Roma, apenas había pensado en él un par de veces, pero desde que llegó a Chipre, todo le recordordaba a él. 

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