Cuando Farid desempacaba, la herida en su ingle volvió a abrirse. Entró al baño y se lavó en la tina. Sangraba profusamente.
Para saber si seguía siendo el esclavo del centurión, Farid decidió hacer caso de la carta de Gabriel. Él vino a Nicosia donde encontró que quienes le hicieron la reservación por Internet le habían engañado. De camino del aeropuerto, el único incidente digno de contar fue que el policía fronterizo miró su pasaporte de Ciudad del Vaticano y se santiguó. Le dijo que esos pasaportes daban buena suerte. Cuando llegó al hotel que había reservado por Internet, leyó: “cerrado por remodelación”. Nadie iba a devolverle sus cincuenta euros, lo sabía. El taxista le presentó a una prima que lo llevó con otra prima que lo condujo hasta una rubia vieja y con cara de malos amigos que le dio un buen precio por una habitación con ventilación y vista a la zona roja de la ciudad. Había venido con dos días de anticipación. Con el tiempo que habían dejado de verse Gabriel y él, creía que dos días era una espera justa. Hacía mucho calor en Nicosia, al día siguiente iría a Famaugusta. Le habían dicho que la iglesia de los templarios se había convertido en un bar. Iría a tomarse unos tragos antes de que llegara Gabriel.
Farid rentó un auto. Adoraba ese país. De camino a Famaugusta recordaba las cosas que le contó Atonatiuh cuando llegaron al fin del mundo. Así se las contó o así las recordaba. Daba igual
En Chipre, le han dicho, nació Afrodita. No lo sabe con certeza. No debería creerlo, ya que no cree en Afrodita, pero a través de sus sucesivos encuentros con Dios, ha aprendido que existen muchos espíritus.
Lo dice el credo y está en lo correcto: “creador de todo lo visible y lo invisible”. Tal vez Afrodita sea uno de esos espíritus. No lo sabe. Lo que sí sabe es que Chipre es un lugar magnífico y adora a su madre en esta vida, pero en su vanidad, hubiera deseado ser un noble genovés.
Tal vez Afrodita sea el alma que impulsa la belleza. No lo sabe con certeza. Sin embargo, está seguro de que Chipre es un lugar magnífico y adora a su madre en esta vida, aunque en su vanidad, anhelaría ser un noble genovés.
En la taberna, el miedo a Hakim lo despierta. Se toma un baño para calmar la ansiedad. Ha sudado toda la noche y por la mañana bebió vino hasta vomitar. Borracho, contempla a San Miguel Arcángel y anhela perderse.
Ya en el Centrum, comienza a desempacar. En ese momento, se percata de que su herida se ha vuelto a abrir, una herida que preocupa mucho a su médico. Sigue sangrando. No mucho, para ser sinceros, pero si no tiene la precaución de usar pantalones y ropa interior negra, su ropa termina en un estado desastroso. En ocasiones, cuando la hemorragia es intensa, puede dejar un charco en el suelo. Esto le ha ocurrido en los momentos más inoportunos.
Ni él ni su médico saben de dónde proviene la hemorragia. Al igual que Anfortas, cada vez que piensa en el sexo, sangra del sexo. Mientras desempaca en el Centrum, se excita al ver su propia imagen reflejada millones de veces en los espejos opuestos y, sobre todo, al observar las imágenes de kouros griegos y desnudos que decoran, con un gusto bastante pobre, las habitaciones del hotel.
Fue al baño, abrió el grifo de agua fría con la consciencia de que aquí, en el mundo de Alicia al otro lado del espejo, todo gira en sentido contrario. Me metí en la tina para que el agua me enfriara y el rojo que me salía del sexo se mezcló con el blanco de la espuma que se hizo con el shampoo que, para ese efecto, dejaron las recamareras del hotel.
Se detuvo la hemorragia, claro, pero supo que iba a volver.