F0118 · El sol de Famagusta teñía de oro las losas del patio…

El sol de Famagusta teñía de oro las losas del patio, un espejismo de calidez que no alcanzaba a derretir el frío que dominaba el interior de Inés Cornaro. Ella reía, pero su risa era un eco vacío, un sonido mecánico para no traicionar la máscara que llevaba ante sus amigas. Las cartas que sostenía en sus delicadas manos eran apenas un pretexto para soportar la rutina; una más de las pequeñas distracciones que su esposo, con desesperación creciente, le proporcionaba para evitar mirarla de frente y reconocer el vacío entre ellos.

Desde las sombras de una columna, Alberto la observaba. Su mirada, que normalmente era ágil y segura, temblaba cada vez que se posaba en la marquesa. Cuando sus ojos se encontraron, un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, y retrocedió como si hubiese tropezado con un espectro. Dio media vuelta, sus botas resonando con pasos torpes sobre el mármol, y desapareció antes de que la sangre acumulada en su rostro delatara lo que sentía.

Inés bajó la mirada hacia sus cartas y sonrió para sí misma, un gesto sutil que no llegó a sus ojos. Era un suspiro cargado de ironía. Ese joven, Alberto, tan frágil como un ciervo asustado, tenía algo que ella no podía nombrar, pero que de alguna manera había capturado su interés.

Alberto no supo hacia dónde correr, pero terminó en la iglesia. Allí, el Pantocrátor lo observaba desde lo alto, sus ojos severos perforando su alma. No podía huir de aquella mirada. Ni siquiera creía en Dios, pero aquel juicio mudo lo paralizaba, lo enfrentaba con su propia naturaleza. No era solo deseo lo que lo ataba a Inés. No quería simplemente poseerla; quería dominar todo lo que ella representaba. En la profundidad de su ser, comprendió que su atracción no era solo carnal. Era una guerra, una lucha de poder, una obsesión por apropiarse de su espíritu y, al mismo tiempo, destruirlo.

Farid lo habría entendido, aunque su relación con Isaac era distinta, marcada por una ternura que nunca se consumó. Pero Farid no estaba, e Isaac deambulaba por su propia batalla. En un jardín apartado, se refugiaba bajo las ramas de un manzano, donde el tiempo parecía detenerse. Farid le había prometido regresar, pero las horas se habían convertido en siglos. Isaac sentía el peso de su destino como un muro que se cerraba a su alrededor.

Cuando Farid finalmente llegó, lo encontró dormido. Lo despertó tocándole el hombro.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

Isaac levantó la vista con la calma de quien ya no teme a nada. —Te buscaba.

—Vamos —insistió Farid, tendiéndole la mano.

Pero Isaac no se movió. —Vete tú. Quiero que vengan por mí. Que esto termine.

Farid lo miró, desconcertado, pero no discutió. Con pasos rápidos, desapareció entre los senderos, dejando a Isaac solo, aferrado a una espera que parecía infinita.

En otro lugar, junto al mar, Farid caminaba por la playa. Sus pasos dejaban huellas que las olas borraban con suavidad, como si el mundo se negara a reconocer su existencia. El deseo que una vez había sentido por Alonso se había convertido en un odio venenoso. Si no podía poseerlo, destruiría aquello que Alonso más anhelaba: Lucía Cornaro. Pero incluso en su odio, Farid encontraba belleza. Su rostro, reflejado en las aguas, le devolvía una imagen que cultivaba con cuidado. Sabía que su condición de eunuco no era una debilidad, sino un arma.

—Si el pecado ha de ser mi ruta, que sea un pecado que me consuma entero —se dijo, y en sus ojos brillaba la promesa de su venganza.

En Roma, mientras tanto, Alberto se debatía entre el deseo y la culpa. Había creído en Dios alguna vez, pero ahora su fe se reducía a una lucha interna, una batalla entre el placer y el poder. En el jardín del castillo, vio nuevamente a Inés. Su risa era una daga que se clavaba en su pecho. ¿Cómo podía ella estar tan tranquila mientras él se consumía en su tormento?

—He de besar su mano —pensó, con una resolución que ya no admitía dudas—. Aunque eso me cueste todo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes