El aire en el castillo de Famagusta era denso, impregnado de perfumes que trataban de ocultar el hastío que pesaba sobre cada rincón. Inés Cornaro observaba desde la galería los jardines bañados por la luz del atardecer, sin ver realmente nada. Sus ojos parecían buscar algo más allá del horizonte, algo que nunca encontraba. Había una quietud en ella, una ausencia que consumía incluso los momentos más banales. Desde hacía tiempo, una serie de preguntas insidiosas se repetían en su mente: ¿Para qué vivo? ¿Para qué sueño? ¿Para qué amar?
Su esposo, el último Cornaro, se debatía entre la devoción y la desesperación. Era un hombre de gestos grandilocuentes: le había traído sedas persas, joyas trabajadas por las mejores manos de Venecia, y hasta un pequeño mono verde que Inés había adorado durante una semana antes de olvidarlo por completo. Nada lograba arrancarla de su indiferencia, ni siquiera su mirada obsesiva que la devoraba en silencio cada noche.
—¿Qué debo hacer para complacerla? —preguntó una tarde a Fabricio, quien estaba reclinado en un diván con una copa de vino en la mano, como si la pregunta no lo tocara en lo más mínimo.
Fabricio sonrió, pero no con maldad, sino con esa serenidad que irrita a quienes sufren. —Tal vez está demasiado consentida.
—¿Qué puedo hacer? —insistió Cornaro, con un temblor en la voz.
—Llévala de viaje. Recorre con ella el mundo. Muéstrale algo que no pueda ignorar.
Cornaro agitó la cabeza, exasperado. —No quiere nada. Nada le da placer.
Fabricio guardó silencio, observándolo con una calma que parecía estudiada. Había algo en su mirada que indicaba que sabía más de lo que estaba dispuesto a decir.
En otro rincón del castillo, Alberto deambulaba por los corredores con la mente llena de pensamientos oscuros. Su paso lo llevó, casi sin darse cuenta, a la iglesia. Allí, bajo la mirada implacable del Pantocrátor, sintió que lo atravesaba un juicio que no comprendía del todo. ¿Qué es lo que ves? ¿Qué es lo que sabes? se preguntaba en silencio, mientras su pecho ardía con una mezcla de deseo y culpa.
Deseaba a Inés, pero no era solo su cuerpo lo que lo atraía. No se trataba de la curva de su cuello o la dulzura de su sonrisa, sino de todo lo que ella representaba. Su gracia, su inaccesibilidad, su mundo entero. Bajo los ojos severos de aquel Cristo del ábside, Alberto comprendió que no era un deseo ordinario, sino una batalla. Conquistarla sería su victoria, poseerla significaría destruir todo lo que ella era, y en esa destrucción encontraría quizás una redención que ni siquiera sabía si buscaba.
Cuando salió de la iglesia, con la mente consumida por esa idea, recordó a Farid. Había algo en su antiguo compañero que evocaba un tipo diferente de deseo, algo tierno, cálido y libre de complicaciones. Si hubiera tenido el valor de besarlo en el hammam aquella tarde lejana, tal vez no estaría ahora preso de esta obsesión. Pero ese momento había pasado, y lo que sentía por Inés era un torbellino que lo arrastraba a un abismo desconocido.
Horas después, mientras paseaba por los jardines, la vio. Inés, rodeada de mujeres que reían junto a ella, iluminada por el sol poniente. Había una ligereza en sus gestos, una despreocupación que lo enloquecía. Sus labios formaban una sonrisa que, para Alberto, era la más cruel de las ofensas.
¿De qué se ríe? pensó, sintiendo el peso de la frustración en cada músculo de su cuerpo. ¿De mí? No, evidentemente no. Inés reía porque era feliz, y esa felicidad, en su indiferencia absoluta hacia él, lo despojaba de todo. Mientras él trazaba estrategias para conquistarla, mientras cada noche se desvelaba imaginando su rostro, ella vivía ajena a todo.
En ese instante, Alberto supo que estaba dispuesto a todo. Perderlo todo, incluso su alma, si eso significaba poseerla. Cruzar la barrera invisible que los separaba, besar su mano con una devoción que sabía destructiva, y llevarse consigo cada fragmento de lo que ella era, aunque eso lo destruyera también.