F0917 · Pedro de Gante volvió a la celda de Juan en la catedral.

Pedro de Gante volvió a la celda de Juan en la catedral.

Hablaron del mulato capón.

     —Se va a quedar con nosotros —dijo Juan.

     —Puedo comprarlo.

     —No está en venta. Ese cantante, pertenece a la

catedral.

Pedro amenazó. Que a Dios no le es grata la esclavitud, dijo,

que tampoco es grato a Dios la relación contra natura entre

un muchacho y un maestro que le ha sido encomendado para su

salvación. Tenga cuidado maestro y un muchacho que es . Mucho

menos si hay quien se aprovecha del esclavo en una relación

No es grato a Dios el sacrificio. Tampoco la relación contra

natura y menos si se da entre el maestro y el muchacho que le

ha sido encomendado para aprender de la fe y la salvación.

     —Tenga cuidado con la inquisición —dijo por último.

     —Lo tendré —dijo Juan.

Antes de cerrar la puerta de la celda, Pedro preguntó:

     —¿Está usted enamorado?

     —Sí.

*

Juan y la Minne. No es un enamoramiento normal, es el amor

que se manifiesta contra las alianzas convencionales. Juan

lee historias de caballeros andantes. Hubo en México en ese

tiempo un grupo de conquistadores que leían historias que

sucedían en bosques de Bretaña. Devoraban libros que les

secaban el seso. Libros que hablan de un amor que no se

concreta en el cuerpo nunca. Estar así, mecido por la Minne

es el sentido de la creación. Historias de duques en un reino

que se desploma. Farid, como es árabe, como ha sido castrado,

y vivió en casa de Cornaro, no entiende esa clase de amores.

Para él, el amor es esto: limpiar los zapatos llenos de lodo

que se quitó en el camino para venir a casa de Manuel,

decirle palabras en idiomas indescifrables. Mirarse callados.

Juan habrá de recordar, incluso en el día de su muerte, la

piel, los ojos del muchacho que nunca habrá de tocar. Es

minne y es placentero. No siempre todo se calla en un beso.

La relación así, entre Juan y el alumno que le encomendó

Zumárraga para mayor gloria de Dios, es sólo amor que no sabe

de alianzas. Es la espada que intranquiliza y es tensión.

Entre la realidad y el deseo es el único espacio en el que

Juan, Farid, puede quererte.

     Lo miró, lo piensa en soledad. De noche. Lo vio por vez

primera en casa de Estévez. Miró sus movimientos frágiles.

Farid y el canto. Había en su voz la potestad del

Pantócrator, un sonido firme que no se calla días después de

escucharlo. Lo único físico en todo el amor que hubo en Juan

eran sus deshojadas novelas caballerescas. En ellas aprendió

el valor de la lealtad al rey y a la tierra. Al amado que

nunca vas a tocar. Que dios me perdone, dijo Juan. Porque no

hay noche que no piense en él. Dios sabe que no es por miedo

ni a Él ni a la inquisición. Es el placer de imaginar el

sabor del fruto que no se come. Es todo lo leído y el arte de

todo lo escuchado que a veces se manifiesta en el cuerpo que

no hay que tocar. Mejor así. No hay en ellos manifestaciones

de miedo o desesperación. Hay solo piedad. Hubo piedad cuando

Juan miró a Farid lavando la ropa de Estévez Era, ¿cómo

decirlo? Un loco que ha leído demasiado, dispuesto a hacer de

este esclavo castrado el objeto de un afecto que perdura en

cada nota que escribió para Catedral.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes