Pedro de Gante volvió a la celda de Juan en la catedral.
Hablaron del mulato capón.
—Se va a quedar con nosotros —dijo Juan.
—Puedo comprarlo.
—No está en venta. Ese cantante, pertenece a la
catedral.
Pedro amenazó. Que a Dios no le es grata la esclavitud, dijo,
que tampoco es grato a Dios la relación contra natura entre
un muchacho y un maestro que le ha sido encomendado para su
salvación. Tenga cuidado maestro y un muchacho que es . Mucho
menos si hay quien se aprovecha del esclavo en una relación
No es grato a Dios el sacrificio. Tampoco la relación contra
natura y menos si se da entre el maestro y el muchacho que le
ha sido encomendado para aprender de la fe y la salvación.
—Tenga cuidado con la inquisición —dijo por último.
—Lo tendré —dijo Juan.
Antes de cerrar la puerta de la celda, Pedro preguntó:
—¿Está usted enamorado?
—Sí.
*
Juan y la Minne. No es un enamoramiento normal, es el amor
que se manifiesta contra las alianzas convencionales. Juan
lee historias de caballeros andantes. Hubo en México en ese
tiempo un grupo de conquistadores que leían historias que
sucedían en bosques de Bretaña. Devoraban libros que les
secaban el seso. Libros que hablan de un amor que no se
concreta en el cuerpo nunca. Estar así, mecido por la Minne
es el sentido de la creación. Historias de duques en un reino
que se desploma. Farid, como es árabe, como ha sido castrado,
y vivió en casa de Cornaro, no entiende esa clase de amores.
Para él, el amor es esto: limpiar los zapatos llenos de lodo
que se quitó en el camino para venir a casa de Manuel,
decirle palabras en idiomas indescifrables. Mirarse callados.
Juan habrá de recordar, incluso en el día de su muerte, la
piel, los ojos del muchacho que nunca habrá de tocar. Es
minne y es placentero. No siempre todo se calla en un beso.
La relación así, entre Juan y el alumno que le encomendó
Zumárraga para mayor gloria de Dios, es sólo amor que no sabe
de alianzas. Es la espada que intranquiliza y es tensión.
Entre la realidad y el deseo es el único espacio en el que
Juan, Farid, puede quererte.
Lo miró, lo piensa en soledad. De noche. Lo vio por vez
primera en casa de Estévez. Miró sus movimientos frágiles.
Farid y el canto. Había en su voz la potestad del
Pantócrator, un sonido firme que no se calla días después de
escucharlo. Lo único físico en todo el amor que hubo en Juan
eran sus deshojadas novelas caballerescas. En ellas aprendió
el valor de la lealtad al rey y a la tierra. Al amado que
nunca vas a tocar. Que dios me perdone, dijo Juan. Porque no
hay noche que no piense en él. Dios sabe que no es por miedo
ni a Él ni a la inquisición. Es el placer de imaginar el
sabor del fruto que no se come. Es todo lo leído y el arte de
todo lo escuchado que a veces se manifiesta en el cuerpo que
no hay que tocar. Mejor así. No hay en ellos manifestaciones
de miedo o desesperación. Hay solo piedad. Hubo piedad cuando
Juan miró a Farid lavando la ropa de Estévez Era, ¿cómo
decirlo? Un loco que ha leído demasiado, dispuesto a hacer de
este esclavo castrado el objeto de un afecto que perdura en
cada nota que escribió para Catedral.