No hay nada que guste más a los indígenas que la música.
Es cierto. Don Juan sonríe. Piensa. Maquina.
Nosotros tenemos música, don Miguel.
Con todo respeto, excelencia… hablo porque se me ha pedido…
Se te ha pedido. Que sigas.
Respeto el trabajo de don Rafael y el coro creo que lo está
haciendo muy bien.
Sin cumplidos, Miguel, ¿qué sugieres?
Antes de cualquier cosa, su excelencia, quisiera pedirle que
me acompañara el próximo domino a la misa de doce en san
Francisco.
Me cae bien este hombre, piensa fray Juan. No me tiene miedo.
Tampoco tiene miedo de Pedro de Gante, de su fama de santo,
de milagrero.
Así lo haremos. Secretario quiero que desaparezca todo lo
dicho en este cabildo. Comience de nuevo.
El escribano rompió la hoja y volvió a comenzar.
Este domingo voy con don Miguel a misa con don Pedro,
mientras tanto quiero que cada uno de ustedes piense
claramente qué podemos hacer para traer a los indígenas a
misa en su catedral. ¿Cuál es el punto que sigue?
El escribano leyó:
El padre Santa María.
¿Sigue mal?
No fue grave, sólo un desmayo —dijo don Rafael —es el aire de
la laguna. A todos nos hace mal, pero al pobre Santa María,
mucho más.
Ahora mismo, antes de vísperas paso a hacerle una visita,
¿qué mas?
Pues eso, que como está enfermo, el doctor ha pensado la
fábrica podría proporcionarle un sirviente.
Un sirviente.
Qué gente. Si con estos voy a conquistar las almas del Nuevo.
— Esta bien, Rafael, encárgate de conseguir un sirviente
para Santa María.
¿Algo más?
Oficialmente es todo su excelencia.
Tenemos que hablar en privado.
Su excelencia reverendísima tronó la campana. Todos se
levantaron, rezaron un Ave María y salieron a disfrutar un
poco del tiempo libre que tenían antes de volver para rezar
vísperas.
Su madre todavía lo baña. Le besa la cara en un río cerca del
campamento del hombre que por las noches grita:
—No hagas eso con tu hijo que lo vas a volver maricón.
Por las noches, cuando su madre iba con el hombre. Farid
soñaba sus abrazos. Pensaba en Hakem.
No había razón para dudar de él. Creía todo lo que decía el maestro. Tanto, que algunas de las cosas que le dijo, todavía las sigue creyendo. Todavía tiene esperanza, por ejemplo, en que Jamil, su madre, haya renacido como el perro que mataron los niños. Que haya renacido la muchacha que lo bañaba ya grande en el río. Ojalá que Hakem olvide nuestros pecados, piensa Farid en la ciudad de México. Y espera que a Jamil le gusten todavía los pasteles con polvo blanco. Le gustaría volverlos a comer con ella, tendido a sus pies como si fuera una mascota, el monito verde que animaba a la pálida señora genovesa.
Farid sigue pensando esas cosas. Imágenes de Dimashq: el
sabor de los pasteles con la almendra al centro, el crujido
de la masa que se desmorona bajo los dientes y se pega al
paladar. La lengua que se enciende de sensaciones, una detrás
de otra, piensa Farid: almendra, sal, miel, muerte, polvo,
perro, piedra, primer orgasmo y castración.
La memoria de Farid es un responsorio. A una imagen
responden otras. Voces que en contrapunto se mezclan y se
contestan, de atrás para adelante, de adelante para atrás.
Música que dibuja el jardín del paraíso que todavía más
chico, a Farid le contaba su mamá.
Dimascq, piensa y adentro explotan tantas otras palabras
que parecen luciérnagas.
—Y si quiero decirlas —murmura Farid— el sabor se va.
Las imágenes que me trajeron aquí se disuelven como el pastel
de polvos blancos que comieron, Jamil y tú el día que vieron
al encantador de serpientes.