F0918 · No hay nada que guste más a los indígenas que la música.

No hay nada que guste más a los indígenas que la música.

Es cierto. Don Juan sonríe. Piensa. Maquina.

Nosotros tenemos música, don Miguel.

Con todo respeto, excelencia… hablo porque se me ha pedido…

Se te ha pedido. Que sigas.

Respeto el trabajo de don Rafael y el coro creo que lo está

haciendo muy bien.

Sin cumplidos, Miguel, ¿qué sugieres?

Antes de cualquier cosa, su excelencia, quisiera pedirle que

me acompañara el próximo domino a la misa de doce en san

Francisco.

Me cae bien este hombre, piensa fray Juan. No me tiene miedo.

Tampoco tiene miedo de Pedro de Gante, de su fama de santo,

de milagrero.

Así lo haremos. Secretario quiero que desaparezca todo lo

dicho en este cabildo. Comience de nuevo.

El escribano rompió la hoja y volvió a comenzar.

Este domingo voy con don Miguel a misa con don Pedro,

mientras tanto quiero que cada uno de ustedes piense

claramente qué podemos hacer para traer a los indígenas a

misa en su catedral. ¿Cuál es el punto que sigue?

El escribano leyó:

El padre Santa María.

¿Sigue mal?

No fue grave, sólo un desmayo —dijo don Rafael —es el aire de

la laguna. A todos nos hace mal, pero al pobre Santa María,

mucho más.

Ahora mismo, antes de vísperas paso a hacerle una visita,

¿qué mas?

Pues eso, que como está enfermo, el doctor ha pensado la

fábrica podría proporcionarle un sirviente.

Un sirviente.

Qué gente. Si con estos voy a conquistar las almas del Nuevo.

     — Esta bien, Rafael, encárgate de conseguir un sirviente

para Santa María.

¿Algo más?

Oficialmente es todo su excelencia.

Tenemos que hablar en privado.

Su excelencia reverendísima tronó la campana. Todos se

levantaron, rezaron un Ave María y salieron a disfrutar un

poco del tiempo libre que tenían antes de volver para rezar

vísperas.

Su madre todavía lo baña. Le besa la cara en un río cerca del

campamento del hombre que por las noches grita:

—No hagas eso con tu hijo que lo vas a volver maricón.

Por las noches, cuando su madre iba con el hombre.  Farid

soñaba sus abrazos. Pensaba en Hakem.

No había razón para dudar de él. Creía todo lo que decía el maestro. Tanto, que algunas de las cosas que le dijo, todavía las sigue creyendo. Todavía tiene esperanza, por ejemplo, en que Jamil, su madre, haya renacido como el perro que mataron los niños. Que haya renacido la muchacha que lo bañaba ya grande en el río. Ojalá que Hakem olvide nuestros pecados, piensa Farid en la ciudad de México. Y espera que a Jamil le gusten todavía los pasteles con polvo blanco. Le gustaría volverlos a comer con ella, tendido a sus pies como si fuera una mascota, el monito verde que animaba a la pálida señora genovesa.

Farid sigue pensando esas cosas. Imágenes de Dimashq: el

sabor de los pasteles con la almendra al centro, el crujido

de la masa que se desmorona bajo los dientes y se pega al

paladar. La lengua que se enciende de sensaciones, una detrás

de otra, piensa Farid: almendra, sal, miel, muerte, polvo,

perro, piedra, primer orgasmo y castración.

     La memoria de Farid es un responsorio. A una imagen

responden otras. Voces que en contrapunto se mezclan y se

contestan, de atrás para adelante, de adelante para atrás.

Música que dibuja el jardín del paraíso que todavía más

chico, a Farid le contaba su mamá.

     Dimascq, piensa y adentro explotan tantas otras palabras

que parecen luciérnagas.

     —Y si quiero decirlas —murmura Farid— el sabor se va.

Las imágenes que me trajeron aquí se disuelven como el pastel

de polvos blancos que comieron, Jamil y tú el día que vieron

al encantador de serpientes.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes