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Uno de los hombres de Tabscoob vino con unas muchachas, entre ellas estaba Marina. Cortés venía con una mujer de Cuba. Pedro Alvarado le permitió a la mujer que tocara el caballo. Suponían claro que el muchacho podía ser un espía. Y en efecto lo era, pero Cortés, interesado en saber todo sobre la expedición de Grijalva y aquella tierra pidió que lo bautizaran. Así se hizo. Le pusieron Marco y en poco tiempo pudo comenzar a hablar del rey de estas tierras.
Por aquellos tiempos, Cortés envió otro barco para buscar las naves que se habían perdido en la tormenta. Montejo sentía que algo muy triste había en aquellas playas grises, pero Cortés fondeó la armada y al día siguiente estaba repuesto. Vinieron piraguas y reconocieron a Marco, Cortés gritó en su propio idioma que lo protegería. Finalmente, Alessio supo por los padres Juan y Bartolomé, que había llegado el sábado de gloria. Atrás se quedaron la cuaresma y el domingo de Pascua, el padre Juan celebró la resurrección.
Fernando Cortés ordenó que Jerónimo de Aguilar se pusiera en contacto con los indígenas de la región. El intérprete y diplomático de Cortés volvió con las noticias de que había un calpulli, rebelde al orden azteca. Eran los hombres del pueblo del mar.
Aguilar hizo con sus hombres una expedición siguiendo el curso del río. Era un paisaje desconocido, espeso, que nunca había visto, una sensación ancestral de estar vivo. Había llegado al principio del mundo.
Cortés comenzó a dialogar con los caciques que venían del norte, de la tierra de Zempoala y unos días más tarde los hombres que se habían perdido. Todo comenzaba a parecer normal. El padre Olmedo hizo las bendiciones, escucharon misa. Alessio le preguntó a Farid que por qué lo miraba así. Estaba sorprendido por lo dorado de su barba. A la mañana siguiente un enorme sol brilló por primera vez en todo ese tiempo y todos los hombres se metieron al mar para bañarse. Todos, excepto Farid quien tenía vergüenza de su condición de eunuco, pero se tendió junto a los hombres en la playa para sentir un poco de aquella fraternidad. Se quedó dormido mirando el cielo y Farid soñó que escuchaba la voz de conquistadores y evangelizadores que venían desde el mar, tienes que peregrinar a la Meca, decía su madre.
Cuando despertaron, el campamento ya estaba levantándose. Farid se aproximó a una fogata en la que habían comenzado a cocinar pescado. , vio que yo estaba cocinando un pescado sobre la playa. Se aproximó para comer junto a los frailes. Antes de que anocheciera habían conseguido levantar un pequeño campamento. Bartolomé le daba trozos de carne blanca a un pequeño gato que había traído con él. Mā šāʾ Allāh, pensaba Farid. Dios así lo quiso, que el esclavo viniera a este lugar a vivir un momento frágil de felicidad que, sin embargo, le pareció tan vistosa como el sol que se escondía detrás de la selva.
En poco tiempo los hombres habían construido una pequeña capilla. En ella Bartolomé enterró al gatito que había venido con él. Sobre el tabernáculo había una imagen que a Alessio le recordó a la Virgen de las Tribulaciones en Santa Sabina. Era una pintura casi despintada
El último de los barcos perdidos llegó con Cortés cuando el campamento ya había crecido lo suficiente como para parecerse a un pequeño poblado.
El 17 de abril de 1519, después de celebrar el Domingo de Ramos en una misa en Santa María de la Victoria, la expedición de Cortés volvió a emprender su camino al oeste.
La primera sorpresa de Atonatiuh aquella noche, la última de libertad, fue que alguien hubiese podido dormir. Todo parecía muy en calma, es cierto, pero él y todos sus compañeros sabían que uno de cada tres volvería a ver a su familia. El cielo estaba lleno de estrellas y una, para su sorpresa, se movió. Era una luciérnaga. Se levantó y se dio cuenta de que estaba rodeado de lucecitas verdes. Atrapó una y se sintió ridículo cuando el pequeño Ilhuítl le preguntó que qué miraba en la palma de su mano con tanto afán. Atonatiuh se la mostró. Junto a los niños, los hombres búho habían clavado las lanzas y los listones azules de su calpulli se agitaban plácidamente, como en espera de un viento de más tenacidad. Escucharon un ruido.
Sonó la caracola. Estaba amaneciendo. Uno a uno, los muchachos saltaron fuera de sus petates y comenzaron a disponerlo todo, sus vestidos y su mente. Tenían el deseo. Para ello habían sido entrenados toda la vida. Estaban listos para ir y hacer prisioneros o entregarse para morir. El Hombre Búho revisó los contingentes. A sus espaldas los sacerdotes del Dios Negro habían comenzado a lanzar incienso a los cuatro puntos cardinales. Las plumas del hombre búho también se agitaban como las hojas de los árboles y los cascabeles en los tobillos de los jóvenes soldados. Era un siseo similar al de las serpientes.
Cuando Atonatiuh despertó aún no amanecía y, aunque se sentía muy bien, le sorprendió que hubiese podido dormir tan bien. Encontró que el cielo sobre el campamento estaba lleno de estrellas de las cuales nunca sabría su nombre. Entonces, una de las estrellas, se movió. Era una luciérnaga. Se levantó. El muchacho que hacía guardia se dio cuenta, pero creyó que iba a orinar y lo dejó seguir aquella luz verde.
La trayectoria duró dos días y en todo aquel tiempo sólo se detuvieron para comer fruta seca y pescado blanco y dormir. Atonatiuh aquellas dos tardes miró que sobre los árboles caía un rojo que, en efecto, parecía sangre, pensó por primera vez que tal vez fuese cierto lo que decía el sacerdote. Se le llenó el pecho de una emoción que no había sentido nunca. Las dudas con respecto a su futuro habían desaparecido y el sacrificio pareció tan natural. ¿Acaso no sacrifican las aves en el campo a los más pequeños de sus hijos para que sobrevivan los más fuertes? ¿Cómo sería un mundo sin sacrificios? Crecía en el joven Atonatiuh la convicción de que la guerra es el corazón de toda la vida: humana y divina, terrestre y celestial. Sus pasos se volvieron marciales y esa noche, cuando hubieron terminado de levantar el campamento se sintió cansado y feliz. Pensó que iba a morir y que en esa muerte encontraría todo el honor que no tenía ese manojo de sangre y vísceras que era su cuerpo. Mañana, pensó, llevaré el estandarte del vencido y desde el cielo veré la felicidad de mi hermano cuando se case con Cipactli.
Por la noche Atonatiuh paseó por los campamentos y revisó que sus compañeros estuviesen preparados para afrontar la noche. Luego se dirigió a su propia tienda en la que habían preparado una cena frugal porque necesitaba despertar ligero y con un poco de hambre para ser más fiero durante la batalla. Se despojó de la ropa militar y se dispuso a dormir cuando escuchó un ruido. Ahí estaba. Allá afuera. El ciervo que había estado viendo todo aquel tiempo. Como era imposible dormir pensando en la batalla que tendría lugar a la mañana siguiente salió para ver si aún estaba esperándolo. En efecto, ahí estaba y en cuanto vio a Atonatiuh dio una coz en el suelo y el muchacho comenzó a seguirlo hasta un claro del bosque. Era un dios que le murmuraba presagios. El ciervo se detuvo. Comió de la rama de un árbol y luego giró para beber de un río. Atonatiuh miró entonces una enorme ciudad muy blanca, llena de pirámides de escaleras rojas con fuego en las plataformas superiores. Estaban orientadas para que el sol de la mañana dividiera el mundo terrestre del celestial. Atonatiuh nunca había visto la ciudad de las garzas blancas.Estaba mirando el cielo y una estrella se movió. Era una luciérnaga. Salió a respirar el aire. Uno estaba cantando. Otros reían. Se sentían en paz. Atonatiuh se encontró rodeado de luciérnagas que se confundían con la noche estrellada sobre el campamentos.
Se sentó en la hierba a una distancia prudente del campamento. A lo lejos estaban llegando los soldados de las tierras de Tabscoob. El venado no había venido a la cita imaginaria que hizo con él. Se preguntó por qué amaba a todos estos muchachos. Era verdad que los amaba tanto como a su madre. En cada uno de ellos había no sólo un trozo de la historia suya, de su pasado y esta inquietante necesidad de consumar por ellos el sacrificio de dar la vida. Pronto se separarían para siempre. El único consuelo era aferrarse a la vida del más allá, al convencimiento de que los dioses hacen volver la vida una y otra vez en un ciclo infinito de muerte sacrificio y amor. Comenzó a llover ligeramente. Sintió nostalgia por no haber sido suficientemente cariñoso ni con su madre ni con su hermano. Incluso, pensó, había sido un poco grosero cuando Ilhuítl le preguntó por Izóatl, el niño que había matado. Le respondió con brusquedad, claro, porque se sintió consternado de que alguien hubiese pensado que se había enfurecido porque era débil. Pensó que lo había hecho enojar el amor que había sentido. Estaba tan metido en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que había comenzad a amanecer.
Con el sol llegaron los mexicas, los sacerdotes del Dios negro, Tezcatlipoca realizaron conjuros y preguntaron a los cuatro puntos cardinales por la guerra. Se mostraron propicios. Clavaron los estandartes, se agitaron los listones de Moctezuma: púrpura, teñido con los pigmentos más finos traídos del mar en que se desangra el sol.
Le costó trabajo levantarse cuando sonaron las caracolas, a pesar de que ya tenía tiempo despierto. Ahí se acababa su vida, su niñez. Su altépetl se encontraría con el del gran Moctezuma en este hermoso valle nebuloso ya próximo a Xochimilco. Así era la tradición y así sería siempre.