F0218 · <$Scr_Ps::0>***

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En Burgos el esclavo y el monje aprendieron castellano y, mientras Isaac pasaba las tardes mirando mapas y discutiendo con aquellos sabios, ellos paseaban por los jardines de la ciudad y por las tardes descubrieron un jardín desde el que podía verse atardecer. Abandonados a sí mismos, sin Dios ni patria, los extasiaba esta enorme bola de fuego que había comenzado a derretir la nieve: el sol que despertaba en ellos una piedad primitiva, un deseo de volver a la naturaleza en el que Alessio y Farid sintieron por primera vez una voz, “te están llamando.” En efecto, los dos lo escucharon, pero no se atrevieron a confesarle al otro para que no fuese a pensar que veía fantasmas y que se estaba volviendo loco. 

Una noche más o menos clara de 1505 (llovía y escampaba a un ritmo impredecible), Farid apareció en la habitación de Alessio quien después de comer se había recostado temprano y leía en la cama. El monje no estaba acostumbrado a recibir a nadie en su habitación y le extrañó sentir cierta curiosidad que consideró malévola en cuanto el esclavo se sentó al borde de su cama. Hojeó el libro que estaba leyendo y que había dejado sobre el taburete, junto a la lámpara. Era tan inquietante lo que había comenzado a sentir que lo único que se le ocurrió fue preguntar: 

—¿Quién eres? 

Farid respondió sonriendo que era el mismo esclavo que había ido por él al monasterio de Santa Sabina. Nada había cambiado. Seguía siendo el mismo.

—El mismo —repitió Alessio— que me intriga siempre. Que me intriga con lo que dice y lo que no dice, con esta cara de niño que no cambia nunca…

Hubiese querido decir más. Hablarle de la expresión de tristeza y de la ternura que él, Alessio, había comenzado a sentir por él. Todo ello estaba allá al interior de esta pregunta, ¿Quién eres? Que pronunciaba como un idiota, como si no reconociera a la persona que todas esas tardes había cenado con él. 

—Quiero decir —corrigió Alessio—. ¿De dónde vienes?

Farid sonrió. Hubiese querido seguir hablando de su infancia. Seguirle contando lo que sucedió ese día en que el mercader de esclavos genovés llegó al oasis. Y él escuchaba de labios de su madre la historia del Rey Serpiente. Pero se dio cuenta de que no podía. No tenía ganas de hablarle del camino de Damasco, el mercado de esclavos en Chipre, la mansión de la familia Cornaro. No tenía ganas de hablarle del puerto ni de la gaviota ni del médico otomano que lo atendió cuando más lo necesitaba. No quería desairar a su amigo entregándole un pasado que aún atesoraba como sólo suyo. Evidentemente Farid se había dado cuenta de lo que Alessio veía en él. Sabía de la curiosidad que sentía por él y no quería desnudarse. No quería rebelarle a este monje un poco tonto que no, que no era joven eternamente porque fuese un alquimista. Que no era inmortal.<!$Scr_Ps::0>

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes