Jorge se interesó en la conversación. Quería ser inmortal como él. Indiscutiblemente Jorge parecía cada día más joven. Lo mostraba el modo en que se había aparecido en el jardín, con una frescura casi de muchacho. También había comenzado a sospechar que Farid, el favorito había probado de aquel elixir. No sólo se sentía espiado, se imaginaba que vivía en una casa de inmortales en la cual él era el único que no participaba de un secreto fabuloso.
por comentar un volumen,
neoplatónicos, banqueros florentinos, idólatras del oro que habían corrompido la democracia de sus repúblicas y la educación de sus hijos. Pensó en las tertulias de poetas frívolos que leían a Petrarca; en Nápoles y Génova, Ferrara y Venecia ciudades que el hombre nuevo había convertido en un lupanar, Pisa, pensó Florián, se ha vuelto pagana y en Génova los Doria, los Fieschi y los Fregoso se asesinan por la espalda, se envenenan como se envenenan en Florencia los Medici y los Pazzi. Roma le pareció que fingía. No estaba dormida. Se estaban encumbrando familias de asesinos con el beneplácito de un Borgia. ¿Acaso era culpable Jorge de ser como todos estos hombres que aman el poder y no simplicidad? En una generación Italia había pasado de los señoríos a los principados. Pronto, pensaba, querrán un reino para llevar sus ideas torcidas a todos los confines de un mundo que crece y encuentra con islas nuevas, nativos de costumbres extravagantes, monstruos en el fondo del mar. Los hombres de esta generación, pensó Florián, no son ya como los caballeros de sus libros albiguenses. No creen en el arte de la guerra sino en la traición de los mercenarios. ¿Cuánto vale una vida en esta Roma? Lo que cobra un condotiero. Porque Roma, a pesar de la imagen nueva con la que quiere vestirse, está podrida. Y sus marineros, pensó Florián son quienes están trayendo del otro lado del mundo la suciedad.
* Un domingo vinieron diez familias, luego veinte. Finalmente treinta y cinco familias se volvieron regulares de las misas en el Aventino. Y Jorge era tan vanidoso que comenzó a pensar que era yo quien engalanaba el prodigio del Dios hecho pan. Era al revés, pero no había llegado el momento de mi conversión de modo que aún mi arrogancia de aquel entonces sirve hoy para ensalzar la majestad de Cristo.
ES AMBIGUO FARID. SE DESCUBRE QUE ES CRISTIANO CUANDO SE LO DICE A Jorge EN LA FIESTA. Y BEBE. Jorge PREGUNTA, BEBEN LOS MUSULMANES? ÉL DICE, SOY CRISTIANO.