Dentro de sí, Jorge se había jurado que no trataría de matarse. Tenía miedo a Dios y además había escuchado que no era malo este miedo. Al contrario. Era de hombres sabios, de quien es capaz de amarse, pero Jorge no se amaba, al contrario. Se sentía despreciable y todo lo que antes le producía contento ahora le daba dolor. Cerraba los ojos tratando de pensar en otra cosa, pero a decir verdad afuera de la ventana el ruido de los árboles parecía llamarlo. Se levantó para tratar de leer. Se arrodilló en el reclinatorio frente al Cristo y abrió la Biblia. Le sorprendió mirar que las letras adquirían un movimiento propio y sintió un golpe en el estómago cuando leyó “yo no te quiero.” Lo cerró apurado. Volvió a meterse en la cama. Sintió que estaba en un barco y escuchaba gemidos. Había una hermosa mujer que en alguna parte se preocupaba por sus delirios y su salud. Había puertos que nunca había visto. Su vida le parecía tan gris. Hubiese preferido el destino de un esclavo en una plantación y no estar encerrado ahí en este cuarto en el que todo le parecía demasiado pequeño y angosto. A lo lejos escuchó el canto de vísperas. Pronto comenzaría a ser de noche y toda la habitación se llenaría de aquellos seres que poco a poco habían comenzado a cobrar realidad. Prefería los festines de aquellos navegantes que escapaban de Europa y se lanzaban a buscar las tierras al otro lado del mar.
de Dante. Ahí había hecho su refugio, lejos de las habitaciones de los otros esclavos y los sirvientes sucios con los que nunca consiguió congeniar. Le sorprendió encontrarse tan temprano con el dueño del castillo. El Séptimo Señor del Carpio disfrutaba de la mañana leyendo justamente en el sofá de cuero negro que a Farid le gustaba más. El esclavo, sorprendido, bajó los ojos, pero el marqués lo había visto y era inútil darse la vuelta sin parecer grosero o, peor, sospechoso.
—Ven aquí —ordenó el señor.
Farid se aproximó sin atreverse a levantar la cara.
—¿Está bien tu amo?
—Está bien —respondió el esclavo con humildad. Luis Méndez le cogió la barbilla y la levantó para mirarlo directamente a los ojos. Musitó divertido:
—Eres hermoso —Farid sonrió—. Y tu amo tiene que cuidarse—. Soltó la barbilla del muchacho árabe. Se levantó y caminó hacia la ventana—. Bebe demasiado —dijo. Tal vez piensa demasiado, también.